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1123 Palabras
–Los restos están disponibles a partir de mañana– dijo el otro policía que hasta el momento no había abierto la boca y que hubiese preferido se mantuviera de ese modo. –Gracias, oficiales– dijo Gaspar secando su cara con la mano y sorbiendo su nariz. –Quiero verla ahora mismo– exigí y ambos oficiales se negaron. –No se puede, lo lamento– dijo el más comunicativo– Mañana en la funeraria puede… Pueden despedirse de los restos– cerré los ojos completamente quebrada. Mi mundo se había deshecho, me había quedado sin Norte para siempre. Martes: –Debes comer– miré a Gaspar con odio y él bufó– Vamos, no me mires así. Cómete eso que nos vamos al cementerio– me apresuró señalando el tazón de avenas mal hechas que había dejado frente a mí. –¿Cómo puedes tener el corazón tan frío? –le pregunté viendo su tranquila actitud– ¡Fue mi madre quién murió! Golpeó con fuerza la mesa haciéndome chillar de sorpresa. –¡Porque tengo otras cosas de las que ocuparme! –me miró con los ojos como platos –¡Y no es mi maldita culpa que tu estúpida madre no mirara a los lados al estar en la calle! –me puse de pie, horrorizada ante su actitud, pero estaba mal de mi parte esperar algo positivo de un ser tan mezquino como lo era ese hombre al que mi madre amaba. Me levanté cuando se marchó a atender una llamada y sin dudarlo boté el plato entero sin siquiera tocarlo. Ni loca comería o recibiría nada de ese hombre, sólo Dios sabe lo que tenía realmente. Las mangas de encaje n***o de el vestido quedaron a mi vista y con tristeza sentí una vez más aquel conocido nudo en la garganta formarse. ¿Cómo viviría sin mi mami? ¿Cómo saldría todos los días adelante? ¿Cómo siquiera me levantaría de la cama? Escuché el claxon sonar de forma repetitiva y con odio caminé hacia la puerta principal. –¡Muévete, Paulette, si no quieres que vaya por ti! –Ya voy– murmuré mientras cerraba la casa y arrastrando los pies subí a su asqueroso automóvil. Arrancó antes de que terminara de cerrar la puerta. –Estuve pensando en que nos mudemos de aquí– comentó y lo miré de reojo. –¿Y es que tú piensas? –murmuré. –No te hagas la lista– ordenó– Sabes de lo que hablo, a ambos nos caería bien un cambio de ambiente. –Gaspar, aún ni siquiera entierran a mi madre– dije con amargura– ¿Y tú ya estás pensando en huir? Podrías hacer un poco más de esfuerzo por verte humano, sino nadie te va a comprar el teatro– aseguré y con un gesto de su mano le restó importancia a mis palabras mientras limpiaba mis mejillas debido a las lágrimas que derramé sin querer. . . . Simplemente tuve que salir de ahí. Fue un error, no lo puedo creer…. No puede estar pasando de verdad. No lo resistí, el verla dentro de esa caja de madera lo hacía todo demasiado real. ¿Por qué, Dios? ¿Por qué ella tenía que morir así? Me senté detrás de las salas velatorias, en donde las cámaras de seguridad no alcanzaban y las bolsas de basura se amontonaban. Era lo contrario al lado bonito que ubicaban a los muertos y a sus familiares. No debí venir, fue lo primero que pensé metiendo la cabeza entre mis rodillas mientras sentía un intenso malestar recorrerme. -¿Paulette?¿Estás bien?- abrí los ojos y sequé mi rostro pudiendo así ver a mi interlocutor. Se trataba de Andie, me puse de pie y abracé a mi vieja conocida de la escuela dejando que mis penas se drenaran a modo de llanto sobre su hombro. Ni siquiera éramos muy cercanas, no hace mucho al menos, quizás cuando aún el rosa y las tiaras eran lo más genial de el universo, pero Andie me consoló como ningún familiar podría haberlo hecho, supongo que fue una bendición porque de seguir sola quién sabe la locura que habría hecho. –¡Paulette, te he buscado por todos lados! – sorbí los mocos mientras abría los ojos y veía a Gaspar quien lucía agitado. O quizás sólo era molesto. Andie y yo estábamos sentadas junto a un viejo contenedor cerrado, yo recostaba la cabeza en su rodilla mientras pensaba en toda la maravillosa vida que pude tener junto a mi madre si en lugar de ella hubiese sido su marido el que saliera ese día por el mercado y de ese modo habían transcurrido quizás demasiado minutos– Tenemos que irnos, es hora de llegar a el cementerio. –Yo paso– aseguré y frunció el ceño. –Paulette, no es momento de tu rebeldía, niña tonta– me reclamó entre dientes, si no fuese por mi amiga su actitud sería muy diferente. -- Vente conmigo ahora mismo, que tus tíos no dejan de preguntar cosas que creo que puedes responder mejor que yo. Le sonreí con tristeza. –Mueve un poco el trasero para ellos, seguro que les atraerás de inmediato– me burlé y me miró enfurecido haciendo un apretado círculo con los labios– Nos vemos en la casa, Gaspar. No voy a despedir a mi madre porque no quiero ver cómo cubren con tierra su cuerpo vacío. –Es ridículo, todo lo que dices es una estupidez. Un entierro es lo que se hace cuando alguien muere, eso es todo y esto también es todo lo que hablaremos– se acercó a mí y de inmediato me puse alerta– ¡Te vienes conmigo ahora mismo! –¡Señor, ella dijo que no!- Andie intervino y siendo algo corpulenta y mucho más alta que yo hizo con su tono de voz que mi padrastro pensara muy bien en cómo continuar, si seguir acercándose a mí para arrastrarme ante todos y develar su verdadera identidad o sólo partir como el entendedor hombre viudo que ahora lidiará con su hijastra nunca querida por cuestiones de una moral que no entiende. Gaspar me miró con una clara amenaza en sus ojos. No me importaba y mientras le veía marchar de nuevo a las salas miré a Andie con una sonrisa triste en los labios. –Gracias. No debe ser lo más genial de el mundo venir a un velorio, consolar a una perra que no ha hablado contigo desde la primaria, salvarle de un controlador y terminar llena de moco, pero de verdad… Gracias por estar aquí– dije con honestidad y ella me sonrió con cariño genuino.
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