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1152 Palabras
Miércoles: Abrí los ojos mirando el techo de mi habitación con aire ausente. Se supondría que a esta hora del día el televisor en la sala sonaría por lo bajo mientras la casa mantiene su olor a café recién preparado y mamá tarareaba una melodía pegajosa mientras preparaba algo de desayunar para que no llegara tan tarde a donde sea que fuese. Aparté las sábanas de mi cuerpo con un poco de dolor. No era del todo un dolor físico, era algo más bien mental, me dolía el alma, el corazón y lo más profundo de mi ser. Me puse lo primero que encontré, pants y una sudadera ancha. Las zapatillas deportivas no podían faltar, las situaciones de la vida me habían llevado a comprender que nunca estaba de más un calzado cómodo bien sea para estar a gusto, o para huir. Parece gracioso viéndolo en retrospectiva, antes de saberlo ya me preparaba para correr lejos. Salí de mi habitación pensando en lo bueno que sería comer algo. Para acabar con mi hambre sólo hizo falta que consiguiera a dos hombres sentados en la pequeña mesa de comedor que mi madre consiguió en un basurero. Hablando de basuras, mi padrastro también estaba ahí y tenía una mueca de molestia en su boca. Mueca que aumentó cuando sus ojos se posaron en los míos. –¿Qué diablos quieres? –preguntó de forma hostil. Alcé ambas manos señalando la paz y con el dedo índice apunté hacia el refrigerador el cual era casi cubierto por uno de los mastodontes que se sentaba en aquellas frágiles y desgastadas sillas plásticas. –Sólo vine por algo de comer– dije con obviedad. –Lárgate de aquí, Paulette– ordenó y ambos hombres me miraron con diversión y algo más oscuro en sus ojos. –Pero mira nada más– dijo uno de ellos con un tono de voz asqueroso y sus ojos puestos en mi cuerpo cubierto– Vaya muñequita te dejó tu mujer– halaga el hombre y su compañero soltó una carcajada. Gaspar me miró con odio. Me sentía paralizada. –Tú concéntrate en lo que hablamos, Kiko– dijo con fastidio y el otro sujeto, el más fornido de todos, se puso de pie mirándome como observamos a un animal enjaulado. Ese animal era yo– Te dije que te fueras– me repitió y estaba lista para obedecerle. –Espera– dijo el enorme hombre y mis ojos se abrieron con miedo– ¿No quieres presentarnos a la muñequita, Gaspar? –preguntó a mi padrastro– ¿O es que te la quieres quedar para ti? – El simple pensamiento me llenó de repulsión, sentí ganas de vomitar ante lo que sugería aquel tipo y estaba ansiosa por responderle con ganas pero por alguna razón de mi boca no salía ningún sonido. Estaba aterrada de esos hombres. –No estoy para tus chistecitos, Ricky– dijo Gaspar y miró de nuevo al otro hombre, ese tal Kiko– ¿Vamos a hablar de negocios o no?-- el hombre sonrió. –Pero claro, relájate un poco, hermano– miró a su compañero– Ricky sólo está jugando. Es un poco juguetón, ¿No es así? – Kiko me miró y cuando guiñó uno de sus ojos en mi dirección, me sentí lista para alejarme de ahí. No esperé aviso y salí no sólo de esa cocina, salí de la casa ahora sin un poco de hambre. Esa escena había hecho de mis nervios un asco. El parque de los dioses era un lugar lleno de estatuas de yeso que tenían cierta relación con la antigua Grecia. Era un sitio precioso y poco apreciado de la ciudad, me gustaba y me relajaba en ese sitio desde que tengo memoria. Mamá me llevaba ahí cuando era pequeña y aunque nunca teníamos dinero para comprar en aquellos bazares del lugar, siempre terminaba feliz por el hecho de haber ido. Sentada en una banca mirando a la nada, logré parpadear un par de veces sintiendo algo extraño, mis ojos revolotearon, analizando el alrededor. Un corredor distraído utilizaba shorts cortos y audífonos deportivos. Una madre empujaba la carriola de su pequeña, lo sé por el excesivo uso del rosa, mientras le sonreía a su retoño con cariño. Un anciano caminaba con quien se supone sería su nieto porque se veía demasiado joven para ser su hijo. Alguien me observaba y no me daba cuenta de dónde venía, eso me hizo tragar grueso y meter las manos más a fondo en los bolsillos de mi pantalón. Caminé decidida a salir de ahí, no sabía quién me seguía y al recordar el encuentro con los tipos de la mañana en mi cocina, el corazón me latió con más fuerza que antes. Miraba alrededor luciendo algo enloquecida y por tal motivo, sin quererlo, choqué con alguien. –Lo lamento mucho– me disculpé con la mujer que venía distraída con su celular. “Cálmate, Paulette, o al próximo que te tropieces será un policía preguntándote qué carajos te pasa” me regañé mentalmente y tomando aliento empecé a caminar con más tranquilidad. La casa en la que vivía estaba algo alejada, era una zona muy distinta a la pobreza que rodeaba mi hogar de siempre y mientras me acercaba a un cruce el cielo tronó. Un tono gris oscuro pintaba las nubes y solté una maldición entre dientes odiando aquel cambiante clima que me obligaría a correr si no quería terminar empapada. No lo conseguí y unos minutos después las gotas empezaron a humedecer mi cabello. La calle empezaba a vaciarse, la gente buscaba refugio y éramos pocos los atrevidos que le tenían demasiada confianza a los medicamentos antigripales, caminé con paso acelerado y en una esquina algo solitaria miré a los lados para cruzar. En ese momento una camioneta gris plomo se detuvo con brusquedad delante de mí y paré en seco asustada. Estaba lista para correr cuando me di cuenta de que era un servicio de transporte privado. Llevé una mano a mi pecho, necesitaba llegar a casa ya antes de que un infarto parta mi corazón a la mitad. Eran alrededor de las cuatro de la tarde y para mi suerte no se veía a Gaspar por ningún lado. Me quité los zapatos mojados junto a la entrada y sacudí mi cabeza con fuerza dejando gotas pequeñas derramarse por todos lados. Suspiré con tranquilidad caminando hacia la nevera, con un suspiro de tristeza me di cuenta de que había menguado de forma drástica la cantidad de alimentos y me apresuré a comer como una mendiga calmando a la fiera que se formaba en mi estómago. Poco o nada me importaba la ropa mojada, quizás no estaría tan mal enfermarme, lo realmente primordial para mi era comer hasta hartarme aunque eso significara pelear con Gaspar en un par de horas cuando llegara de donde sea que estuviera.
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