Aproveché para darme un baño intentando de algún modo relajar mi cuerpo de el inmenso estrés abismal que estuve viviendo a lo largo del día. No podía sacar de mi sistema el estado de alerta en el que mantenía mi cuerpo quisiera o no.
Fruncí el ceño cuando escuché la puerta principal ser golpeada, como si alguien acabara de entrar. Cerré la llave del agua con velocidad y sujeté la toalla entre mis manos mientras afinaba el oído para que mi cerebro confirmara que se trataba de el pesado de Gaspar. En ese momento preferiría su presencia a la de un extraño invitado no deseado.
Pasos retumbaron por el pasillo. Mi corazón golpeaba con fuerza y miré la ropa que acababa de quitarme y que seguía empapada en una esquina del baño, no tomé nada limpio porque esperaba llegar a mi habitación antes, pero aquí estaba la desgracia, esa perversa compañía que nunca me desamparaba.
Empecé a vestirme con terror antes incluso de oír aquella petulante voz.
–Paulette, querida– decía con voz cantarina un hombre. Mis ojos picaron con miedo. Era esa voz. Kiko. –Sabemos que estás aquí, bonita, así que mejor vente con nosotros con tranquilidad.
–Claro, mija, vámonos que el carro está encendido y la gasolina está cara– bromeó alguien más, en ese momento me calzaba las mojadas zapatillas.
–Paulita, sal de donde estás, que no me gusta jugar al escondite, niña– repitió Kiko con una voz un poco más agitada. Empezaba a perder la paciencia, podía percibirlo. Un intenso desespero me cubrió, necesitaba salir de ese baño donde en cualquier momento me atraparían.
–Busquenla por todos lados, las moscas dijeron que la vieron entrar– con terror miré la pequeña ventana de el baño, estaba muy sucia y sobre el inodoro, no lo pensé mucho, si abría la puerta no me daría el chance de correr hacia la salida sin ser atrapada, en especial porque hablaban de moscas que avisaron mi llegada y estaba claro para mí: Me habían entregado con esos tipos.
La pregunta tenebrosa era para qué.
Quité tres de los cinco cristales horizontales y me subí sobre el inodoro intentando salir de ahí, lo que no hice fue medir y terminé cayendo al suelo desparramada, soltando un grito que incluso a mí me aterró, el hombro recibió todo el impacto y lo más seguro es que me lo haya fracturado. Era imposible ahora para mí salvarme de lo que sea que esos hombres buscaran de mi y mientras las lágrimas fluían de mis ojos intenté como pude levantarme. El aire me faltaba debido al golpe y la cabeza me zumbaba.
–¡Hey! ¡Está aquí! –gritó alguien pero intenté alejarme sin mirar atrás, cojeando un poco y el dolor de mi hombro izquierdo se sentía como un látigo, para complementar fui tacleada y en ese preciso instante perdí la conciencia por completo.
Parpadeé sin saber dónde me encontraba. Todo se veía sucio y el techo tenía parches hechos de tela gruesa en medio de láminas viejas que no aguantarían una buena lluvia. Mi brazo no dolía tanto como antes, eso era un plus para mí, quizás el único.
–Avísenle a Kiko que ya la bella durmiente se despertó– miré a todos lados intentando enfocar los ojos, la garganta me dolía, se sentía bastante reseca y aunque sentía el movimiento a mi alrededor, no sabía con exactitud cuántas personas estaban ahí.
Intenté moverme sin conseguirlo como esperaba, mis manos estaban atadas y lo que sea que las sujetaba empezaba a encajarse en la sensible piel de mis muñecas.
–¿Qué carajos quieren de mí?-- pregunté con voz ronca. ¿Había sido yo quien acababa de hablar?
Una puerta se abrió y cerró cuando repetí la pregunta con desesperación, no tenía muchas fuerzas pero sí muchas ganas de salir de ahí.
–Relájate, fiera salvaje– Era Kiko, podía diferenciar su figura en aquella oscuridad– Carajo, alguien prenda la luz– dijo con voz enojada y en ese momento apreté los ojos con fuerza, un bombillo encendido me cegó por completo debido a la adaptación de mis ojos a la oscuridad– Así sí, ya te veo– se rió, su mueca de diversión no abandonaba esa cara feroz que parecía haber participado en más de una docena de peleas poco éticas– Vaya, te ves bastante fea, cariño, ¿Qué te pasó? – El imbécil se rió de aquel mal chiste suyo. Era el único que lo hizo en ese preciso momento.
–¿Por qué estoy aquí? – pregunté sin querer que mi voz se quebrara y me hiciera quedar como una niñita asustadiza.
El hombre se puso en cuclillas, seguro intentaba ponerse a mi nivel aunque lo único que sentí fue que me intimidó aún más estando cara a cara conmigo.
–Tú vas a trabajar para mí de ahora en adelante, nena.
Fruncí el ceño sin comprender, sin duda no necesitaba pensar mucho para darme cuenta que el hombre era un delincuente pero me preocupaba su seguridad, eso y saber que Gaspar tenía algo que ver.
–Me quiero ir de aquí, por favor– lo miré a los ojos sin querer que Kiko se diera cuenta que le temía, quizás no lo oculté muy bien porque me sonrió con malicia.
– Bueno, si no quieres estar aquí, bonita– lamió su labio inferior y sentí repulsión cuando su mano acarició mi muslo derecho, aunque la ropa fuese gruesa, sentía su mano caliente como si quemara mi piel– Tienes otra manera de trabajar para mí, incluye un baño caliente y la mitad de una cama sólo para ti.
Una carcajada colectiva me hizo sentir aún más incómoda que la cercanía de ese sujeto, me quedó bastante claro que habían más de tres personas en esa habitación asquerosa y ya no tan oscura. Aparté mi pierna de su roce alzando la barbilla dejándole saber, aunque fuese mentira, que no sentía miedo por él.
–No– me negué rotundamente y volvió a escucharse aquel odioso coro de risas, una sonrisa se dibujó en ese rostro deforme– ¿Qué es lo que quieres que haga para que me liberen?
–Podrías hacer muchas cosas para mí– dijo una vez más burlandose– Pero como te veo muy testaruda y no me gusta ensuciar mis manos forzando a putas– se levantó cruzando sus brazos sobre el pecho, con repulsión me di cuenta de lo cerca que estaba su entrepierna de mi cara– Entonces vas a hacerme entregas.
Fruncí el ceño.
–¿Entregas? -repetí- ¿Qué tipo de entregas?
El bufó y se estiró en mi dirección, sujetando mis mejillas con una mano y sentí un dolor intenso cuando me sostuvo.
–No eres quien hace las preguntas, Paulette, sino quien las acata. No eres estúpida, te he estudiado y sé que sabrás qué hacer– sus ojos enfocados en los míos no me permitían ni parpadear– Si estás aquí no es porque yo así lo quise, sino porque tu padre es tan idiota que ni para cumplir sus apuestas funciona.
Contesté por impulso.
–Ese idiota no es mi padre– lo miré con frialdad– Bien, trabajaré para ti– él se rió.
–No te di opción– me recordó pero decidí ignorar su comentario mientras un plan se trazaba en mi mente.
–Voy a trabajar para ti, pero tengo una sola condición– dije con tranquilidad y Kiko pareció interesado, me miró por un par de segundos, parecía medirme como a un igual.
-Salgan– ordenó a mis espaldas y escuché una vez más aquella puerta abrirse, unos cuantos pasos se oyeron antes de que volviera a ser cerrada. Kiko relajó un poco su postura alejándose aún más de mi– ¿Y bien? Te escucho sólo porque me diviertes mucho– avisó mientras salía de mi campo de visión.
Di una respiración profunda ordenando mis ideas.
–Quiero… Quiero que Gaspar desaparezca. Que no se vuelva a saber nada de él. Nadie va a extrañarlo, no tiene familia que lo quiera, mi madre era la única idiota capaz de amarlo y ella ya no está, no hay nada que deseé más en este mundo que ver muerto al hombre que hizo de su vida una total y absoluta miseria con falsas promesas de que cambiaría y una actitud asquerosa y repulsi´va llena de una violencia que ella no se merecía.
Aunque pensé que Kiko se burlaría de mi sentimentalismo, para mi sorpresa volví a verlo, acercaba un vaso de lo que supuse era agua a mi boca. A estas alturas cualquier líquido le vendría bien a mi desgastado cuerpo.
–Yo también tuve que ver como mi padre molía a golpes a mamá– sonrió con tristeza, mis ojos estaban enfocados en él mientras tragaba aquel líquido que parecía recargarme de forma inmediata– La última paliza que le dió, cuando yo tenía quince años, acabó luego de que le clavara ocho puñaladas en la espalda– parecía recordar aquel momento porque sus ojos se fueron a un punto muerto– Me sentí muy feliz porque por fin la había defendido, al fin me había atrevido- tragó grueso antes de bajar el vaso vació al suelo– Pero fue demasiado tarde, él había hundido su cabeza de una forma que nadie pudo hacer nada, terminó muerta el mismo día que su esposo– respiró hondo y yo no supe qué decir, ni si debía decir algo– Está bien, no suelo complacer a nadie, pero contigo haré una excepción, Paulette. No volverás a ver a Gaspar, nunca más- prometió y por primera vez en todo el día, no, no sólo eso. Por primera vez en mucho tiempo yo…
…Yo sentí alivio.