Entramos en la gran mansión y no pude evitar sorprenderme ante el lujo. Estaba completamente segura de que se trata de mafiosos. Mi papá me había vendido a un mafioso.
Ya me habían soltado las manos pero aún dolían demasiado y hace bastante rato que había perdido mis zapatos. Me sentía destrozada. Además, el viaje había sido muy largo y tenso. Nunca antes había estado tan asustada en mi vida.
—Voy a llevarte a tu pieza para que te des un baño y te cambies —murmuró Alexis.
Yo asentí despacio, ya que mi cabeza estaba a punto de estallar. No había podido para de llorar en todo el vuelo, y tampoco había dormido en lo absoluto.
Comenzó a caminar y yo lo seguí. Todo en el lugar era de apariencia lujosa. Cada objeto que había en la casa me confirmaba mi hipótesis de los mafiosos. Además, al llegar había notado toda la seguridad con armas que había.
—Aquí vas a dormir —murmuró cuando entramos en la pieza.
Mire alrededor y suspiré. Al menos era linda y no tenía un colchón de espuma que es lo que por un momento pensé. Recordar ese lugar me dio nauseas. Aún tenía impregnado en mi nariz ese olor tan repugnante.
—Voy a venir por ti cuando la cena esté lista —dicho esto salió. Escuche como cerraba con llave la puerta, cosa que confirmé cuando intenté abrirla y no pude.
Opté por inspeccionar la pieza para pasar el rato sin volverme loca.
Era una pieza enorme. Todo en ella era blanco e impecable. Cuando llegué a una puerta doble la abrí sin pensarlo. Era un armario gigantesco, donde podía suponer cabrían cientos de prendas y zapatos, pero estaba casi vacío. Solo habían un par chaquetas colgadas y algo de ropa en los compartimientos.
Me acerqué a la ropa y vi que era de mi talla. Me acerqué a unas lindas botas que habían y para mi sorpresa también eran de mi talla. Esto estaba planeado desde hace tiempo. Si hasta había tenido tiempo de conseguir cosas de mi talla.
Seleccioné un jeans, un sweater y un conjunto de lencería y me metí en el espectacular baño. Me tomé mi tiempo para darme una ducha reparadora y luego fui a la cama. No parecían ser más de las cinco de la tarde, pero mi cuerpo no daba más. Aún temblaba de vez en cuando. Esto era demasiado para procesar.
Me arropé bien y me dormí. Necesitaba descansar un poco. Me sentía molida por todo lo que había pasado en solo unas horas. Aún no asimilaba nada.
POV ALEXIS
Tiré lejos el celular y me bebí de un solo sorbo lo que me quedaba de whisky.
—Que tipo tan despreciable —murmuré con los dientes apretados.
No sé en qué había estado pensando cuando había accedido a hacerle el préstamo a Miguel Ross, ni mucho menos al haber comprado a su hija.
¿Qué haría con ella ahora?
Me serví un nuevo vaso de whisky y me senté frente al fuego de la chimenea pensando en el futuro de Megan Ross. Se veía que era una mujer de personalidad fuerte, y yo no tenía paciencia para nada.
POV MEGAN
Abrí los ojos y me fijé en el gran ventanal que había. Solo podía ver las luces que se repartían por todo el gran jardín y la piscina. Ya era de noche.
Intenté abrir la ventana que daba al pequeño balcón, pero estaba bloqueada.
—Así será mi nueva vida... Como una prisionera—murmuré sintiendo que las lágrimas se me comenzaban a acumular en los ojos.
Me sobresalté cuando la puerta se abrió y apareció Alexis.
—Vamos. La cena está lista.
Asentí y me puse unas zapatillas deportivas que había encontrado en el closet. Alexis salió de la pieza y yo lo seguí temerosa. El pasillo era largo y habían muchas puertas. Quizás cada una era la pieza de uno de sus tipos mafiosos.
—¿Por qué no me amarraste? ¿Qué te hace pensar que no intentaré huir?
Me miró de reojo y sonrió, sin dejar de caminar.
—Que tengo decenas de hombres vigilando la casa y tienen armas, y que si quisieras huir, tendrías que caminar los cinco kilómetros que separan la ciudad de esta casa.
Me mordí el labio y me callé. Era obvio. Claro que me tendría vigilada.
Nos sentamos en silencio a la mesa y comenzamos a comer.
—Cuéntame sobre ti... —murmuró Alexis.
Levanté la vista hacia él y me encogí de hombros.
—¿Qué puedo contarte que ya no sepas? Estoy segura de que te encargaste de investigar muy bien a tu nueva adquisición —mi voz era a penas un murmullo.
Sonrió sin ganas y bebió de su copa de agua.
—Eres una chica lista.
Me encogí de hombros y alejé mi plato. Ya se me había quitado el apetito.
—¿No piensas seguir comiendo?
Negué con la cabeza. Quizás sería buena idea morir de hambre.
—¿Por qué me compraste? — pregunté nerviosa. Mi corazón estaba acelerado.
Alexis se llevó un pedazo de pan a la boca y masticó lentamente. Me estaba torturando.
—Tu padre me debía dinero y no tenía cómo pagarme. No quise matarlo porque era una pérdida de tiempo, así que cuando me enteré que tenía una linda hija, me pagué —se encogió de hombros.
Sabía que mi padre tenía vicios, pero ¿pedir dinero para saciarlos? ¿tanto dinero era que tuvo que cobrarse con un ser humano?
—¿Eres un asesino?—pregunté sin pensarlo.
Me miró cuidadosamente y se encogió de hombros.
—Cuando tengo ganas... Cuando no, tengo a personas que lo son por mi.
El estómago se me revolvió y un escalofrío me recorrió el cuerpo. Ahora era propiedad de un asesino. Dios, esto no podía ser peor.
—A ti no te haré nada... Por el momento.
Puso su mano sobre mi pierna y la subió por mi muslo, deteniéndose a centímetros de mi entrepierna.
Cerré los ojos presa del pánico. No podía hacer nada. Este hombre era un asesino.
—Mañana saldré temprano. Puedes hacer lo que quieras aquí. Si quieres salir siempre lo harás con guardaespaldas, y te advierto... Ten cuidado con lo que haces —quitó su mano de mi pierna y salió del salón.
Yo no pude moverme durante un buen rato. Tenía miedo. Tenía pánico. Su última advertencia me había dejado demasiado nerviosa.
Cuando estuve un poco más calmada, me puse de pie y salí a la terraza. Hacía mucho frío, pero era una noche hermosa. Me senté en una hamaca y comencé a mecerme.
Ya no pensaba en nada. No tenía nada en que pensar. No tenía ni siquiera que planear un escape, ya que sería inútil. En el horizonte no podía ver nada más que oscuridad y siluetas de árboles.
Cerré los ojos y comencé a tararear para calmarme un poco. No sé cuánto tiempo estuve ahí, solo se que pasé mucho tiempo inmóvil mirando el hermoso cielo estrellado.
—Te vas a congelar ahí.
Levanté la vista sobresalta y vi a un hombre mirándome.
—Morir congelada no sería una mala idea. Después de unas horas mi corazón fallaría y así no los acusarían de asesinato.
El chico puso los ojos en blanco y me tiró su abrigo encima.
—No seas tonta. No vas a morir congelada. Y aunque te metieran un tiro en medio de los ojos, nadie nos acusaría de asesinato.
Miré el abrigo dudosa pero no resistí y me lo puse. Su respuesta no me había asustado, quizás porque su tono de voz no era amenazante.
—Gracias —murmuré.
El chico asintió y se sentó a mi lado. No puedo decir que no tenía miedo, pero dentro de todo, él no me asustaba tanto.
—Soy Mike —me tendió la mano.
—Megan —le estreché la mano y volví a meterla en el bolsillo. El abrigo estaba temperado.
Nos quedamos en silencio mirando las estrellas.
—¿Tú estabas hoy cuando me secuestraron?
—Secuestraron suena feo... Pero si. Yo estaba cuando te tomamos prestada —respondió triste.
A pesar de la mala broma sonreí.
—¿Quién era el hombre que gritaba?
Mike me miró fijamente.
—Es Gustavo... Ten cuidado con él, es peligroso.
Lo miré y asentí.
—Gracias por el consejo, pero ya lo tenía claro. Todos ustedes son peligrosos.
Como si no me hubiera dado cuenta que el hombre que trató de violarme fuera peligroso.
Él asintió.
—Creo que ya hay que entrar —sugerí mientras me ponía de pie.
Mike asintió y se puso de pie también. Juntos entramos en la casa. Cuando entramos en el salón nos encontramos de frente con Alexis.
—¿Dónde estabas? —me miró de pies a cabeza y luego miró a Mike.
—En la terraza... —respondí nuevamente con miedo.
Se quedó mirando fijo a Mike, no con muy buena cara.
—Yo me retiro... —anunció Mike y comenzó a caminar.
—Hey —lo llamó Alexis.
—¿Señor? —se paró en la puerta.
—Olvidas tu abrigo... —murmuró y me miró.
Lo miré a él y luego a Mike, nerviosa. Al parecer se había metido en problemas por ser amable conmigo. Me quite de inmediato el abrigo y se lo entregué con una sonrisa de agradecimiento.
—Permiso —murmuró al recibirlo y salió de la sala.
Alexis no se movía. Estaba serio y me miraba fijamente.
—Yo también me iré...—murmuré, pero Alexis me detuvo justo cuando pasaba por su lado.
—Eres mía —murmuró mirándome fijamente.
Yo lo miré sorprendida. Más que sus palabras, fue su tono el que me asustó.
—¿Qué?
—Lo que escuchaste... Me perteneces.
Me tomó la mano y me dio tirones todo el camino hasta que llegamos a la que era mi pieza.
—¿Qué vas a hacer? —pregunté nerviosa cuando cerró la puerta.
—Voy a hacer que te quede claro que eres mía.
Lo miré con pánico.
Alexis se acercó a mi y me besó. Me besó con rabia y a la fuerza. Era un beso demasiado violento.
—Por favor, para —chillé cuando me tiró a la cama y se subió encima de mi.
—Mía —gruñó de nuevo con rabia.
Metió la mano por mi sweater y comenzó a tocarme. Contra su fuerza no podía hacer nada. Pesaba mucho y con una sola mano pudo inmovilizar mis manos por completo encima de mi cabeza.
Cerré los ojos y acepté con repulsión lo que iba a hacerme. Me quito la ropa y solo me dejó en ropa interior.
—Eres preciosa —murmuró mirando mi cuerpo.
—Alexis, por favor, no lo hagas... —susurré pero no me hizo caso.
Me quitó la ropa interior y comenzó a tocarme.
Intenté resistirme un poco, pero estaba siendo inútil. Sus caricias violentas me estaban haciendo daño.
Repentinamente se alejó. Se paró a los pies de la cama y me miró de pies a cabeza mientras se pasaba el pulgar por el labio inferior. Su cara era sin expresión e incluso tenía un poco de asco en su expresión. Me miró unos segundos más y salió de la pieza en silencio.
Estuve unos minutos llorando, aún en shock por lo que había pasado. Luego de un rato, me metí a la bañera sintiéndome completamente vulnerada.
Me senté en la bañera y dejé que el agua me cubriera. Ojalá el agua pudiera arrancar las sensaciones que tenía sobre mi piel. Mis muñecas estaban moradas y las marcas de las amarras dolían bastante.
Después de mi largo baño me metí en la cama y me dormí rápidamente. A la mañana siguiente me desperté con los golpes que daban a la puerta. Me cubrí con las mantas y autoricé a que entraran.
—Buenos días, señorita —saludó una joven.
—Buenos días —respondí nerviosa.
—Le traigo el desayuno, espero que lo disfrute —dejó la bandeja a los pies de la cama y se fue.
Me acerqué entusiasmada a la bandeja, ya que tenía mucha hambre. Devoré en menos de cinco minutos el sandwich y la ensalada de frutas, y con mucho gusto me bebí el café.
Veinte minutos después me encontraba duchada y vestida, tomando el ligero sol que apenas calentaba en la misma hamaca en la que me había recostado anoche. Me dolía el cuerpo y mi ánimo no podía estar peor.
—Buenos días, señorita —saludó Mike.
—No me digas señorita —me arropé más con la manta.
—Disculpe por lo sucedido anoche, no debí tomarme tanta confianza con usted.
Lo miré confundida. Me estaba hablando demasiado distante, e indiferente de lo que me había causado hablar con él, no quería que dejase de hablarme.
—Mike, ¿por qué me tratas así?
Él bajó la mirada cuando yo lo miré.
—No hagas eso, por favor. Eres la única persona que no me asusta aquí.
Levantó la mirada con cautela.
—Al señor no le gustó nuestra repentina confianza...
Ya sabía.
—No me importa lo que diga El Señor —murmuré con repulsión.
Nos miramos y sonreímos.
—¿Puedes llevarme a dar una vuelta? —pregunté nerviosa. Necesitaba distraerme.
Mike me miró un momento y luego miró su reloj.
—¿Quieres ir de compras?
—¿Compras? —pregunté confundida.
Él asintió.
—El señor Kingstone dejó una de sus tarjetas para que la uses sin restricción. Dijo que te compraras todo lo que fuera necesario.
Lo miré sorprendida y asentí. Me iba a servir para salir de aquí un rato.
—Suena bien...—cualquier cosa para salir de aquí.
Como no tenía nada de mi propiedad, no tuve que buscar nada antes de correr al auto para ir a hacer compras. El día se me hizo muy corto haciendo compras. Había gastado miles y miles de euros, pero no me importaba ya que la tarjeta no la pagaría yo.
Me había comprado mucha ropa, bolsos, zapatos, joyas, accesorios y maquillajes de las mejores y más exclusivas marcas. Tanto así que en la camioneta ya casi no cabía ni una aguja. Muchas de esas cosas no las necesitaba, pero de todas maneras las había comprado. Más del noventa por ciento de las cosas no las necesitaba, y estaba segura que solo iba a usar un par de pantalones y unas camisetas, pero me había gustado mucho comprar tanto. Aunque el restaurante en el que trabajaba era caro y las propinas eran buenas, nunca en la vida podría haberme permitido algo así.
—Gracias por acompañarme, fue un gran día —murmuré mientras terminaba mi café. Estabamos en una preciosa cafetería en el centro de Luxemburgo.
Mike asintió y suspiró.
—Fue agradable, gracias a ti... Pero ahora hay que volver.
Mi alegría se cambió por desagrado y asentí. Mike pagó la cuenta y nos fuimos de vuelta a la mansión de Kingstone.
—Vaya, creo que lo pasaste bien... —murmuró Alexis cuando entré acompañada de tres guardaespaldas que cargaban mis bolsas.
—Crees bien —murmuré y subí las escaleras.
—Gracias, chicos —murmuré cuando dejaron las bolsas dentro del armario.
Ellos se despidieron y salieron. Los dos chicos que ayudaron a Mike me habían tratado con mucho respeto también.
—Es ahora o nunca —murmuré antes de comenzar a ordenar todo.
Comencé con los zapatos y seguí con los bolsos. Creo haber pasado al menos dos horas cuando por fin terminé de ordenar todo.
—Quedó muy bien.
Me giré sobresaltada al escuchar la voz de Alexis y me alejé instantáneamente.
—¿Vamos a cenar? —preguntó.
Negué con la cabeza.
—No tengo hambre...
Me giré para seguir acomodando los zapatos, pero me congelé cuando sentí su respiración en mi cuello.
—Por favor, vamos a comer...—repitió más duramente.
Me escabullí de él y atravesé el armario.
—No tengo hambre —repetí mientras me escabullía hasta el otro extremo del armario.
Alexis me miró confundido y asintió.
—Cuando tengas hambre puedes bajar —murmuró y se fue.
Yo quedé nerviosa unos minutos pero poco a poco me fui calmando. Hasta que mi estómago gruñó. Tenía mucha hambre pero no quería cenar con Alexis. Me puse mis zapatillas y bajé a la cocina.
Cuando entré suspiré aliviada ya que no había nadie. Inspeccioné libremente el refrigerador y saqué el jugo. Vi la olla con comida encima del mesón, por lo que me serví un plato y subí lo más rápido que pude a la pieza, sin ser descubierta.
Me acomodé en la cama y prendí la televisión. Estaba empezando Orgullo y Prejuicio, por lo que la dejé y comencé a comer. Cuando la película terminó decidí ponerme traje de baño y bajar a nadar.
Cuando llegué a la piscina interior caminé directamente hasta el reproductor de música y lo encendí. Inmediatamente comenzó a sonar Beauty And A Beat.
Me saqué el vestido y me metí en la piscina temperada. Si duda era lo que necesitaba para relajarme. Pasar tiempo sola y lejos de ese matón y abusador de Kingstone.
—Te estaba buscando.
Puse los ojos en blanco y dejé de nadar.
—Por lo que veo no puedes vivir sin mí —murmuré. No sé de dónde había sacado el coraje para hablarle así. Creo que después de anoche ya no le tenía nada de respeto y tampoco miedo.
Escuché su risa y luego la disminución del volumen de la música.
—¿Por qué no sales y conversamos?
Me giré y lo miré seriamente.
—Estoy muy bien aquí, gracias —nadé a la orilla y me crucé de brazos.
Alexis se puso serio y repitió que saliera del agua. Su mirada me intimidó, por lo que obedecí.
Tomé la toalla y me tapé. Escondiendo mi cuerpo de su mirada.
—¿Por qué te avergüenzas de tu cuerpo?
Lo miré seria.
—No lo hago.
— Si lo haces... Lo noto por la manera en que te tapas. Te acomplejas.
—Mentira —insistí. ¿Quién era él para decir eso?
—Tienes un trasero increíble y una cintura envidiable. Eres perfecta.
—Cállate.
—Que tus pechos sean pequeños no es inconveniente para mi. Me gustas de todas maneras...
—¡Cállate! —grité furiosa—No eres nadie para opinar sobre mi. Métete en tu vida maldito abusador.
Las lágrimas corrían por mis mejillas con furia. Apreté el agarre de la toalla y salí corriendo. No me explico cómo pude recordar el camino de vuelta con tanta facilidad, pero en cosa de minutos ya me encontraba dentro de la ducha.
—¿Quién mierda se cree? —escupí.
No podía controlar los sollozos. Había estado presa de mis inseguridades durante años y ahora venía un idiota que no me conocía y me sacaba en cara todo. Era un imbécil, pero a pesar de todo tenía razón.
La puerta del baño se abrió y yo me abracé con más fuerza las piernas.
—Mañana tienes hora con el doctor a las dos de la tarde —murmuró amargamente y salió.
¿A qué se refería? ¿Qué doctor me iba a ver? ¿Otro psicólogo más a la lista? ¿O es que quería llevarme a un ginecólogo para violarme de manera segura?