Capítulo 1
No podía estar pasándome a mi. Me iban a matar.
—No me hagan nada —rogué desesperada intentando alejarme más de ellos, pero era imposible. Mi espalda ya estaba aplastada contra una superficie dura.
No podía ver nada, solo escuchaba como los hombres conversaban algo que no podía entender. Dentro de mi desesperación logré darme cuenta que era alemán.
—Cállate, perra —me gritó un hombre y luego me golpeo el brazo muy fuerte.
Apreté mis labios e intenté controlar mi llanto, cosa que no logré ya que mi crisis de angustia se había desencadenado. Hacía años que no me daba una, pero dada la situación en la que me encontraba, era obvia.
La camioneta en la que íbamos se detuvo y luego me hicieron bajar de ella.
—Camina —gritó la misma voz que había escuchado en todo momento, al parecer la del líder. Me tomó del brazo y comenzó a empujarme. Me caí un par de veces dado a que tenía puesto los tacos gigantes con los que trabajaba, pero nada detuvo los empujones.
¿Dónde estaba? ¿Qué me iban a hacer? ¿Por qué yo? ¿Quién estaba al mando de esto? Si tan solo le hubiera hecho caso a Macarena y me hubiera ido a casa con ella. Pero no, yo como nunca antes, había preferido quedarme a ordenar un poco.
De pronto las palabras que mi padre me había dicho hace unas horas se vinieron a mi cabeza.
—Pronto vas a pagar todo lo que has hecho, muy pronto... Más pronto de lo que crees...
Él. Él tenia que ver en todo esto, y estaba completamente segura de que de esta no iba a salir. Por fin se había deshecho de mi, como siempre había querido.
Sentí un fuerte empujón y luego caí sobre un tipo de colchón que por lo delgado podía suponer que era de espuma. Olía muy mal, como a una mezcla entre encierro y humedad.
—Vas a esperar aquí y no grites, que ya me tienes la cabeza a punto de reventar.
Me quitaron la capucha de la cabeza y se fueron.
Miré su espalda fijamente hasta que cerró la puerta y quedé sola. Me habían dejado en una pieza apenas alumbrada por una pequeña lampara con luz tenue que colgaba del techo. Todo estaba sucio, asqueroso y no había ninguna ventana. Pensé que esto solo pasaba en las películas, pero ahora me estaba pasando a mi.
—Mamá por favor ayúdame, te lo suplico —rogué silenciosamente a mi madre, en el cielo.
Intenté soltar mis manos, pero terminé haciendo que me dolieran más ya que los lazos estaban muy apretados. No podría salir de esta. Lo único que rogaba es que si me iban a matar, que fuera rápido. Un tiro en la cabeza y todo habría acabado. No quería sufrir, solo un tiro y estaría con mi mamá.
De pronto la puerta se abrió y entró un hombre. No lo podía ver bien ya que la luz detrás de él era más fuerte y hacía que sólo viera su silueta.
—Hola, perrita. Veo que me hiciste caso y te callaste.
Se acercó más hasta que quedó a sólo unos metros de distancia.
—No me hagas nada, te lo suplico—murmuré temerosa. No tenía buen aspecto para nada. Parecía completamente un hombre con ganas de hacer mal.
El hombre me miró fijamente mientras se pasaba la lengua por los labios. Era asquerosa la manera en que me miraba y cómo me hacía sentir.
Cuando la puerta se cerró detrás de él, supe instantáneamente lo que se me venía. Era demasiado predecible y el miedo más profundo se apoderó de mi.
—Eres bastante guapa —susurró.
Cerré los ojos e intenté alejarme, pero no podía moverme mucho ya que tenía las manos amarradas detrás de la espalda.
—Si quieres matarme hazlo, pero por favor no te me acerques.
Él se rió como si le hubieran contado el chiste más gracioso del mundo. Tenía una risa terrorífica. Me gritó que lo mirara y no tuve el valor de desobedecer.
—¿Te crees valiente, verdad?—gritó divertido.
Sacó una pistola de su pantalón y me apuntó. Lo único que tendí a hacer fue a cerrar los ojos nuevamente y rezar en silencio.
Su risa se volvió a escuchar con más ganas.
—De valiente no tienes nada, perra —escuché cómo se acercaba hasta que lo sentí al lado mío.
Corrí la cara con asco cuando se acercó a mí y traté de esconderme con el pelo, como si con eso fuera a servir de algo.
—Hueles bien...
Solo sentía repugnancia. Lo único que quería era que me matara rápido, pero él tenía otras intenciones. Acercó mucho su cara a la mía y yo intenté moverme pero tenía la movilidad reducida.
—No me toques —grité cuando comenzó a acariciar mi muslo— Déjame, por favor.
El hombre se reía y seguía pasando su mano por mi pierna, cada vez más cerca de mi entrepiernas.
—No —chillé cuando se abalanzó sobre mi.
Su peso sobre mi era demasiado y la desesperación de no poder moverme me agobió demasiado.
—Suéltala —se escuchó una voz tranquila.
Él hombre me soltó al instante y se alejó con la cabeza baja. Por mi miedo o quizás mis gritos, no había escuchado la puerta cuando el otro hombre entró.
—¿Qué crees que estabas haciendo? —preguntó la voz tranquila.
Era una voz tan grave que hasta su tono tranquilo se sentía con demasiada autoridad, sobre todo en el silencio.
—Solo quería divertirme un momento, señor.
Cerré los ojos y me hice un ovillo. No podía controlar los espasmos de mi cuerpo y mi vista estaba muy nublada por las lágrimas.
—Largo de aquí —murmuró.
El hombre salió casi corriendo de la pieza y cerró la puerta. Sentí aún más miedo de quedarme sola con él. ¿Por qué el otro hombre le tenía tanto miedo?
—Hola, Megan —saludó.
Lo miré asustada. Él se mantenía tranquilo pero serio. ¿Por qué sabía mi nombre?
—Soy Alexis Kingstone. Tu dueñ
o.
Cerré los ojos y comencé a llorar nuevamente. Ahora entendía todo. Mi padre me había vendido, como si el tráfico de personas estuviera bien.
—Mátame, por favor —supliqué.
—¿Por qué te mataría? ¿Por qué habría de deshacerme que algo que acabo de conseguir?
Comencé a negar con la cabeza con desesperación.
—Por favor —supliqué nuevamente.
Alexis negó con la cabeza y se acercó a mi.
—Me siento orgulloso de mi compra. Eres preciosa... —comentó mientras se acercaba a mi.
Lo miré fijamente, observando cada paso que daba. Nunca antes había tenido tanto miedo en mi vida.
—No voy a hacerte nada —murmuró con su mano extendida hacia mi.
Se agachó, puso mi pelo detrás de mi oreja y suspiró. A penas me tocó mi cuerpo reaccionó con un espasmo que me hizo saltar.
Que se aleje de mi, por favor.
—Me encantaría soltarte, pero estoy seguro que intentarás escapar...
Miré hacia abajo y me mordí el labio. Por supuesto que lo haría, y de pasada intentaría golpearlo o algo.
—Tenemos que irnos —murmuró y me tomó en brazos.
Ya no tenía fuerza para nada, ni siquiera para gritar o intentar zafarme de él. Solo cerré los ojos y me relajé. Ya no había nada que hacer, y aunque me doliera, sabía que quisiera o no, estaría con él para siempre o moriría en el intento de resistirme a eso.
Alexis salió de la pieza e inmediatamente los hombres que me habían secuestrado se pararon de sus asientos.
—¿Está todo listo?
—Si, señor —contestaron al unísono.
—Bien —contestó Alexis y siguió caminando hasta una camioneta negra. Me subió a mi y él se subió a mi lado.
—¿A dónde me llevas? —pregunté casi sin fuerza.
—Vamos al aeródromo.
¿Qué? ¿Íbamos a viajar?
—¿A dónde vamos? —pregunté asustada de la respuesta.
—Luxemburgo.
Cerré los ojos y apoyé mi frente en el reposa-cabezas del asiento delantero. Definitivamente estaba muy jodida.