Mis razones parte 2

2039 Palabras
Ella sonrió y me besó la frente con ternura, y me susurró: ──Nunca hijito, nunca en su vida se le ocurra levantarle la mano a una mujer, eso no está bien. Asentí con vehemencia, y en ese momento llegaron mis hermanos menores y nos fundimos en un abrazo que aún mi cuerpo adulto lo presiente. Hannah Hidalgo. La muy agraciada Hannah era la mejor amiga de mi madre. Rubia de pelo ondulado, ojos cafés, alta, delgada y extrovertida. Siempre me hacía reír, era la tía más cómica que hubiera conocido. Papá la odiaba porque no tenía pelos en la lengua para decirle sus verdades o defender a mamá, ella si tenía agallas. Claudia la adoraba, decía que cuando fuera adulta quería ser como ella, y para mí, ella fue mi amor platónico, ese amor de niño que vez a lo lejos porque no tienes la edad adecuada para pretenderla. Hannah no era muy estable en sus relaciones, y se había armado una coraza impresionante para no dolerle cada ruptura que tenía. Siempre nos visitaba y le rogaba a mamá que nos fuéramos a vivir con ella. Yo feliz de convivir con mi amor platónico, más mi madre siempre se negaba, hasta que… una mala discusión le obligo a marcharse. Ese día papá la golpeó, y le pidió que se largase. Y todo comenzó porque ella le revisó el celular y descubrió a su amante. ¡Fue horrible! Y traumático tanto para mí y mis hermanos. Me encontraba furioso con papá. Y evité sus visitas y rechacé todos sus regalos y eso le dolió. Y su corazón no pudo más cuando me preguntó: ──Si me llegará a divorciar, ¿te quedaría conmigo? Meneé la cabeza de un lado a otro, Claudia y Alex hicieron lo mismo, y eso provocó que pensara mejor el asunto. A pesar de todo, Roger Freeman nos quería, nos amaba, y éramos todo para él. Frederic Freeman era mi tío, el hermano menor de mi padre. Un hombre esbelto, de pelo n***o, ojos verdes, labios carnosos, y de buen parecer y excelente semblante, siempre alegre. El ejercía el sacerdocio de la iglesia, y toda la comunidad lo respetaba, incluso mi padre. Sin embargo, el tío Frederic ocultaba un secreto que conocía perfectamente. Era un hombre bueno pero sediento de pasiones y deseos, que trataba de cohibir por respeto a su religión. Aquel pecado era cuestionable para una sociedad que enaltecía a los sacerdotes como si fueran dioses. La realidad del tío Frederic era su enamoramiento por Hannah, y es que los dos tortolos derrochaban amor al verse, y según lo que mi propio pariente me había contado; ambos se habían conocido en la escuela de señoritas en California. Confesó haber cometido lo más atroces pecados allí, en la oscuridad de su habitación. En verdad, amaba a mi tío, era buen amigo, consejero, y fiel compañero, puedo decir que muchas cosas lo aprendí de él. Cuando nos fuimos a vivir con Hannah, el tío visitaba muy seguido y le daba consejos a mamá, y a los pocos meses papá regresó con supuesto arrepentimiento. Comenzó a enamorarla, a endulzarla con promesas que jamás cumpliría y que, hasta el sol de hoy, jamás las cumplió. Es necesario mencionar que mamá creyó en cada uno de sus manjares de palabras, y sus susurros en el oído, así poco a poco hubo una reconciliación. En ese entonces, me encontraba feliz, volver a vivir con los dos seres que más amaba, era hermoso para un niño de 11 años y para mis hermanos. Hasta… ese día, el día en que toda nuestra vida se fue a la basura. Era el compromiso de Hannah. Sabía perfectamente que el tío Frederic se encontraba en un animo terrible. Por lo tanto, quise quedarme esa noche con él. Efectivamente, mis padres me dejaron allí y después de ver algunas películas y charlar un poco, finalmente, como niño me cansé y me quedé dormido. Esa noche tuve una pesadilla horrible, y soñé que mi madre y mi padre tenían un accidente de lo más fatal que me dejaban solo; y no hay peor miedo para un infante que quedarse solo. Extrañé a mi madre más que nunca y sus abrazos, pero ella no estaba, quizás si tío Frederic me prestara su teléfono, podría llamarla y cerciorarme de que estuviera bien. Coloqué mis pies en el suelo frio de la pequeña casa que se encontraba en un lugar de la iglesia. Y caminé por un pasillo lúgubre llenos de cruces que daban miedo. Y fue cuando los vi… parecían estar discutiendo, y un poco alterados. Hannah lloraba y Frederic le acarició el rostro. Tuve mucha curiosidad y seguí observando la escena. La rubia llevaba un despampanante vestido rojo, su cabello estaba suelto ondulado, y sus labios pintando de un carmesí. El sacerdote la miró y sus ojos se entendían, era como si se movieran en una misma plataforma, o en sintonía. Y el presbítero no aguantó más a la mujer que tenía frente a él, y con deseo se sucumbió en sus labios, y los devoraba severamente como si nunca más en la vida lo volviera hacer. Sus manos recorrían su delgado cuerpo como pulpo desperado. Con total eficacia acarició sus muslos, y se dio la oportunidad de explorar los sabores de su cuello, y senos. Ella, ardiente, devorándolo, gruñendo como leona en celo; lo despojaba de su vestidura sacerdotal y se entregaba a los exquisitos placeres que su amor le ofrecía. Me alejé de la escena, no quería interrumpir a tío Frederic, ni que él se diera de cuenta que lo espiaba. Volví a la cama, pensando y meditando con mis ojos fijos en el techo de madera. No sé en que momento me quedé dormido, hasta que desperté nuevamente. Hice un recorrido minucioso, esperando encontrar a Hannah en los pasillos desnuda, no obstante, la chica no estaba, solo Frederic sentado en su escritorio. Me relajé un poco y me incorporé a donde él se encontraba. El sacerdote se sorprendió al verme, sus ojos estaban hinchados, y unas ojeras dejaba al descubierto que no había dormido absolutamente nada. ── ¡Campeón!, ¿no puedes dormir? ──dijo carraspeando. ──No ──susurré estrujándome los ojos. ── Tranquilo, te llevaré a la cama ──me tomó de la mano y se levantó hasta que tocaron la puerta. Se le quedó mirando por un largo rato y cuando volvió a escuchar el ruido, me miró confundido ──. Espera, voy abrir la puerta ── así lo hizo, e ingresó un uniformado obeso, con bigotes espesos, peludas cejas, y ojos claros. ── ¿Usted es el hermano del señor Roger Freeman? ──preguntó el policía lanzándonos una mirada misteriosa a ambos. ── Sí señor ──respondió Frederic confuso. ── Debo decirles que… ──pausó un poco y luego me miró ──. La señora Lena Freeman, esta muerta, lo siento mucho. Mis ojos se llenaron de lágrimas, y Frederic me tomó de los hombros. ── ¿Cómo? ── Su hermano, Roger la asesinó. El sacerdote retrocedió, y se llevó la mano al corazón. ── ¡Jesucristo!, mi hermano no es un asesino. ── Lo es señor Freeman, quería golpearla y en ese desenlace la asesino. Quedé helado, asustado y me sentí desprotegido. Por suerte el tío Frederic y Hannah se encargaron de mi y mis hermanos. Así acabo su historia de amor, mamá muerta y papá preso. No hubo nunca una denuncia, ni nada, hasta que perdió la vida. Mi dulce madre, mi primer amor, mi estrella, mi cielo, mi todo. Si pudiera verte por última vez, te juro que te abrazaría y nunca te soltaría, y te susurraría al oído lo mucho que te he extrañado. Sin darme cuenta, mientras conducía, una lágrima se había desplazado por mi mejilla. Aunque el tiempo se encargó de esas heridas, a veces, siguen doliendo. Al llegar al hospital, agarré de la mano a David que se encontraba más calmado pero asustado. Nos embutimos en los largos pasillos y sin preguntar fue cuando vi a Vincent sentado en una sala de espera. ── ¿Qué haces aquí hijo de perra? ──se levantó agresivo, dispuesto a darme otro puñetazo. ── ¿Estas bien? ──le consulté preocupado. ── Lárgate de aquí. Entrégame a mi hijo ──con un gesto llamó a David y confuso vaciló en irse con él, sin embargo, lo hizo. ── Siento todo lo que pasó, las cosas no son como te las imaginas. ── ¿Cómo son entonces? ── Nunca me acosté con tú mujer ──expliqué. ── Mentiroso de mierda ──vociferó, y se colocó en posición de pelea. ── ¡Disculpa! ──exclamó una enfermera que se acercaba lentamente ──. Aquí no se puede discutir, ni pelear, si son tan amables caballeros. Además, hay un niño aquí ──señaló a David. La enfermera miró su carpeta que tenía en las manos y continuó. ── Su esposa tuvo un parto muy difícil, lamento la pérdida de su bebé. ── ¿Bebé? ──se sorprendió Vincent, y yo quedé del mismo modo. ── Si, el golpe en el estomago fue muy fuerte que lo perdió. Ya ella mismo expulso al niño. ── Ella está bien ──pregunté asombrado. ── No, no ha parado de llorar ──contestó ella, con un mohín en sus labios se retiró. Vincent tardó unos segundos en procesar la noticia. ── Mejor ──musitó y ese comentario me enfureció. ── ¡Es tu hijo! ──exclamé exasperado, mirándolo con ira. ── ¿O el tuyo? Preparé mi puño, y vi que David me miraba asustado, por lo tanto, no accedí a sus provocaciones. Ojalá fuera mío ese hijo, sería el hombre más feliz del mundo. ── Ah ya sé, eres estéril, no puedes tener hijo ──se burló Vincent con una sonrisa socarrona. Le miré con frialdad, pero dolido por sus palabras, él tenía razón, no podía tener hijos, y eso me ardía en el corazón como un fuego. El ultimo tratamiento que me había hecho costaba una fortuna, y garantizaba el 50% de probabilidad de engendrar, de todas formas, había perdido las esperanza y toda ilusión, lo más seguro era que el tratamiento no funcionara. Me mordí el labio y mis ojos se pusieron llorosos, y me cohibir de darle el gusto de verme destruido. ── Vete Elliot, no tienes nada que hacer aquí ──murmuró Vincent. En ese momento llegó una mujer pelirroja, con un abrigo n***o, alta, ojos verdes, era realmente hermosa. Vincent frunció el ceño, y se enojó al verla. ── ¿Qué haces aquí? ── Me enteré de lo sucedido ──se abalanzó entre sus brazos y lo abrazo con ternura, y Vincent con ira la agarró del codo y se distancio de nosotros. David se acercó asustado, y con sus ojos llenos de lágrimas. Me coloqué a su nivel. ── ¿Te vas? ── Tengo que hacerlo. ── Puedo ir contigo mientras mamá se recupera. Meneé la cabeza de un lado a otro. Una lágrima a surgió en la mejilla de David y eso me partió el corazón. Le limpié la mejilla y lo abracé. ── Tranquilo, todo saldrá bien. ── Quiero irme contigo, no quiero quedarme con papá. Él me trata mal y golpea a mamá. ── Ya no será así. ── Quiero irme a vivir contigo ── Y te irás. ── ¿Cuándo? ── Cuando tu mama mejore. Una sonrisa se formó en su angelical rostro. ── Por ahora, te quedarás con tu padre ──le dije, saqué de mi billetera 5 dólares y se lo di. ── ¿Para qué?, es mucho para mi ──se asombro al ver el dinero ── Por si necesitas algo, recíbelo ──le besé la frente, y el niño guardó el dinero en su jersey azul. Como fantasma, apareció Vincent receloso y jaló abruptamente a David de la mano. ── Es mi hijo, no el tuyo ──gruñó con posesión, se rio y me observó con suficiencia. ── Como puede gustarte Stella, si te acuesta con mujeres hermosa. Stella es tan poca cosa, tan nada ──murmuró arrogante. ── Adiós David ──me despedí, y con dolor en mi alma me fui, dejando al niño con ese hombre, con su padre. Me arrepentí de haberlo dejado allí, pero Vincent tenia razón, yo no era su padre. *** Mis amores, otro capítulo... Los amo. Leo sus comentarios.
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