Shaina sonrió con gracia al ponerse la vestimenta que el soldado le había dado hace varios días. Era extraña la tela, de hecho le picaba en toda la piel, pero más en la herida abierta que tenía sobre el hombro. Así es, ella no había resistido el impulso de rascarse, y por la intensidad en que lo hacía, ya le sangraba. Las uñas le quedaban sucias con restos de piel muerta y sangre. El vestido era insípido y tan desgastado como la vestimenta de una sirvienta de bajo rango del palacio. Sin embargo, era lo único que le podía servir, pues a diferencia del vestido de corte, este si le era funcional. En silencio se puso de pie a orillas del tragaluz pequeñísimo de la celda y desde allí miró hacia afuera. No había nada interesante, pues solo vio los zapatos de los guardias que hacían turno en

