Shaina ingresó al calabozo a tientas. La oscuridad la envolvió como paquete envuelto en telas de seda, la bruma desesperante del ambiente húmedo y ahogado la invadió sin siquiera darse cuenta del momento exacto en que lo hizo. Las paredes ásperas y corroídas de la celda le dieron la bienvenida. El ladrillo estaba tan gastado que Shaina visualizaba la posibilidad de un derrumbe. En aquella penumbra sintió la soledad y solo allí, en medio de la miseria pensó en lo que sería su futuro. Estaba acabada, con el agua hasta el cuello y a punto de ahogarse. Su situación no podía estar peor, pues ya había tocado el fondo con las manos y los pies. ¿Cuánto tiempo pasaría encerrada allí perdiendo su vida? ¿Dos, diez o una vida entera? Shaina no se atrevía a ser demasiado negativa, pero intuía que

