Shaina regresó custodiada por los soldados del rey. La capucha de la capa se le había corrido y sus mejillas secas estaban rojas por el frío. La nieve se extendía en la lejanía, iluminando sus ojos con ferocidad. Cuando regresó al interior del campamento, los soldados que estaban alrededor de las tiendas empezaron a observarla con curiosidad mientras ella avanzaba hasta internarse en la tienda principal del campamento, la cual pertenecía al rey. Los hombres la obligaron a sentarse en una de las almohadillas ubicadas al frente del asiento principal del lugar. Allí donde estaba sentado el rey. —Déjame ir —ordenó apenas Rashid se sentó frente a ella. —Si te dejo ir, creo que no seré capaz de encontrarte otra vez. —Estás siendo egoísta. —Quizá tengas razón, pero no me importa. Desde q

