CARTA CXXXV LA PRESIDENTA DE TOURVEL A LA SEÑORA DE ROSEMONDE Procuro escribirle, y no sé si podré conseguirlo. ¡Ah, cuando pienso en que mi carta anterior expresaba el colmo de la alegría! Es el colmo de la desesperación el que ahora me agobia; el que no me deja fuerzas para sentir mis dolores, y que impide expresarlos. Valmont… Valmont no me ama; no me ha amado nunca. El amor no desaparece así. Me engaña me vende y me ultraja. Todos cuantos infortunios y humillaciones pueden sufrirse me hieren hoy, ¡y todos vienen de él! No crea usted que es una simple suposición; estoy lejos de sospechar nada. No tengo la dicha de poder dudar. Lo he visto; ¿qué podría decirme para justificarse?… Pero nada le importa; no lo intentará siquiera… ¡Desgraciada! Inútiles eran mis lágrimas y mis reproches;

