Capítulo 1
Mi nacimiento fue obra de un milagro divino, eso decían mis padres, porque no podían tener hijos, pero rezaron y rezaron y gracias a ese milagro de Dios, nací yo.
Y fue por eso que le prometieron a Dios, que en agradecimiento, me entregarían a Él y me convertiría en monja.
Esa era la historia que crecí escuchando desde muy pequeña, al mismo tiempo que aprendí a ponerme de rodillas, a juntar mis manitos y a elevar la mirada al crucifijo que había sobre mi camita.
Mis padres me enseñaron a rezar y a agradecer a Dios por mi nacimiento día a día al despertar y noche tras noche al dormir.
Me enseñaron que yo estaba destinada a ser una mujer de Dios y lo creí firmemente, hasta que lo conocí a él y conocí el pecado.
Tenía dieciséis años cuando conocí a Charles Allen, un pianista muy reconocido y aclamado dentro de la música orquestal y un amigo muy cercano de mi padre.
Solo lo miré una vez aquel domingo que mi padre, uno de los más grandes productores de la industria de la música, lo llevó a casa para organizar un proyecto musical.
Yo era una chiquilla de cuerpo menudo y carita angelical, a la que él ni siquiera le echó un vistazo cuando mis padres me presentaron con orgullo.
Pero yo quedé perdidamente enamorada de él.
Todavía recordaba la forma en que se veía esa tarde, con una camisa blanca desabrochada hasta el tercer botón, que dejaba ver parte de su pecho fuerte y bronceado, vaqueros que remarcaban sus piernas gruesas y con las mangas recogidas hasta los codos y ceñidas a sus esculpidos brazos.
No era el típico pianista encorvado y delgaducho, de dedos largos y cabezones que cualquier persona se podía imaginar. No, era un hombre fuerte, alto, macizo e increíblemente atractivo, con un rostro absolutamente varonil, mandíbula marcada y unos ojos azules de mirada triste, que me flechó al instante.
Esa tarde, cuando volví de saludar a las visitas cordialmente y regresé a mi habitación, mi cuerpo fue abrasado por las llamas del infierno, desatando un fervor ardiente en mi vientre y un deseo irrefrenable en mi sexo, que había sido ajeno a mí hasta ese entonces.
Era el pecado… y también, que era lo mismo, el placer.
Desde ese día le había escrito las más románticas cartas de amor, donde le juraba amor eterno. Y el diablo me había susurrado cada noche cosas en mi oído, haciéndome crear escenas fantasiosas en mi mente, en las que siempre estaba en los brazos de Charles, y terminaba sacudida por el más salvaje y adictivo placer.
Charles se convirtió en mi tentación, en mi fruto prohibido y en el más grande anhelo de mi vida.
El problema principal era que ese tipo de pensamientos y sentimientos pecaminosos no estaban permitidos para una mujer de Dios. Y el otro problema principal, era que Charles estaba más cerca de la edad de mi padre, que de la mía.
Nunca lo volví a ver, pero eso no significó que lo hubiera olvidado. Y transcurrieron tres largos años, en los que me convertí en una mujer de diecinueve años, de cuerpo menudo y carita angelical.
Todo el mundo en la iglesia decía que yo sería una monja perfecta, con esa apariencia que parecía la de un ángel, y que Dios me había escogido especialmente para eso. Siempre bien portada, siempre bien recatada, juiciosa, obediente y devota. Delicada, pulcra y virginal.
Pero solo yo sabía que dentro de mí ardía el fuego infernal del deseo carnal y que me había dejado vencer por el pecado. Y nadie notaba que de esa niña recatada, bien portada y obediente en apariencia, apenas quedaba nada en el interior de mi ser.
Había caído en tentación una y otra vez, siempre pensado en Charles y en sus fuertes manos tocando mi cuerpo.
No quería ser monja, ni ir al noviciado en seis meses, quería ser una chica normal, inscribirme en la universidad y planear un futuro que no estuviera limitado a las paredes de un convento, o de una catedral. Porque hacía tiempo que había sucumbido al diablo, pero nadie lo sabía, porque no podía defraudar a mis padres.
Y ese día, tres años después, volvería a ver a Charles Allen, porque la hermanita Cecilia Di Battista tenía que aprender a tocar el piano y ser la mejor en ello, para sobresalir entre todas las demás novicias.
Éramos una familia muy muy rica, así que podíamos pagar al mejor pianista del país para que yo pudiera aprender.
Y estaba emocionada por hacerlo, aunque no me interesara el piano en lo más mínimo. Yo solo quería verlo a él y tener la oportunidad de obtener lo que siempre había soñado en mis noches más febriles, antes de entregarme a Dios por completo.
En esos seis meses yo deseaba probar la vida, cosa que no había hecho siendo la hija única y sobreprotegida de mis estrictos y religiosos padres, ni siendo la alumna más brillante de la Escuela de Señoritas de la Divina Gracia.
Lo había planeado todo hacía tres días, cuando me gradué de la secundaria y mis padres me inscribieron en un curso virtual intensivo de latín avanzado y me dijeron que debía aprender a tocar el piano.
Cuando me informaron quién sería mi maestro, supe lo que tenía que hacer.
Iba a comerme el mundo, iba a probar la vida y lo haría con Charles Allen, lo juraba, aunque luego me tocara que rezar toda mi vida en penitencia.
¿Qué podía ponerme para nuestro reencuentro?
Estaba en mi enorme vestidor, desbaratando todo, tratando de encontrar el atuendo perfecto. Pero había un problema, y era que yo no tenía ni una sola prenda que sirviera para la seducción.
Todo empezaba mal, porque no había ni siquiera una falda corta o un top con escote, y estaba molesta, porque quedaban menos de veinte minutos para verlo, así que tomé el primer pantalón que encontré y el primer suéter.
Entonces se me ocurrió una idea. Tal vez si no usaba sostén…
Me puse el pantalón de lino verde lima de tiro alto y el suéter blanco que tenía el cuello un poco grande y se me resbalaba por el hombro. Solo debía colocarlo bien y…
Me vi en el espejo e inmediatamente me sentí abrumada por la desesperación. ¡Lo que daría por tener una minifalda como mis primas!
Pero ya no tenía tiempo, así que me puse las zapatillas, peiné mi cabello dejándolo suelto, me puse perfume y bajé corriendo al salón, pero justo antes de entrar me recompuse y entré caminando como lo haría una señorita bien educada, recatada y con clase.
Mi madre me vio y de inmediato regresó sus ojos a la revista de la parroquia que estaba leyendo. Me senté frente a ella y traté de disimular lo nerviosa y emocionada que estaba.
¿Cómo se vería esa vez?
¿Me miraría ahora que ya no era una niña?
Escuché el sonido suave del motor de un auto y me contuve para no levantarme y mirar por la ventana. Un par de minutos después, la voz del ama de llaves de nuestra casa se escuchó, dando la bienvenida a nuestra visita.
Fue cuando el señor Gustav Di Battista, mi padre, hizo entrada al salón y cuando mi madre cerró su revista y la colocó en el lugar exacto donde iban las revistas en la mesita de al lado.
Casi podía ser capaz de comerme las uñas, pero eso no era algo atractivo en una mujer.
—El señor Allen ha llegado —anunció nuestra empleada, ingresando a la sala. Mi madre se puso de pie y yo también.
Y entonces lo vi…
Mi padre avanzó primero para saludarlo, pero yo me quedé sin aliento.
¿Cómo podía ser que pareciera que esos tres años no hubieran transcurrido en absoluto?
Al menos no lo habían hecho para él, porque se veía exactamente igual de magnífico y con ese mismo porte gloriosamente masculino del que yo no podía olvidarme.
Estaba vestido de forma similar a aquel día, pero esa vez con una camisa negra. Sentí que las piernas me temblaban y que ese mismo fuego que me había hecho arder la primera vez, me calentaba por completo al ver sus antebrazos marcarse al estrechar la mano de mi padre con fuerza.
Era el calor del deseo y del pecado.
Él era, definitivamente, el ejemplar de hombre más sexy y masculino en la faz de la tierra, y que Cristo me perdonara por todos los pensamientos pecaminosos que estaba teniendo en ese mismo instante.
—Nuestra hija, Cecilia —escuché que decía mi padre y sonreí, desviando a tiempo la mirada de sus bíceps—. Es un prodigio en todo… ya verás.
Mis ojos se encontraron con los suyos y la sonrisa se borró de mi rostro, porque parecía que habían atravesado miles de tormentas por eones y eso me llenó de curiosidad. Sin embargo, en cuanto sus ojos se fijaron en los míos, apartó la mirada con indiferencia.
Bueno… apenas nos reencontrábamos…
—Señorita Di Battista… —dijo sin verme.
Yo iba a decirle que podía llamarme Cecilia, pero mi madre habló antes.
—Hija, muéstrale al señor Allen dónde está el piano…