—No —respondí, porque me molestaba que quisiera que hiciera lo que él quería—. Voy a quedarme. Ya escuchaste que me invitaron, así que me quedaré. —No sea terca —insistió, empezando otra vez la discusión—. Hablaremos afuera. —¿Y qué es lo que tenemos que hablar? —me crucé de brazos—. No entiendo. Apretó los dientes, pero en sus ojos noté la impotencia que sentía. ¿Qué le sucedía? Se quedó callado por unos segundos, tal vez tomando la decisión de darse por vencido conmigo, pero luego, de un momento a otro, me vi rodeada por sus brazos nuevamente y suspendida en el aire, para acabar otra vez sobre su hombro. —Grite y voy a darle un par de azotes en el culo —me dijo y comenzó a caminar escaleras arriba conmigo a cuestas. No supe qué hacer, si gritar o romper en carcajadas, pero decidí co

