La música que había programado empezó a sonar justo en ese momento, sobresaltándola y demostrándome cuán agudizados tenía sus sentidos, al tener los ojos vendados. Pero era perfecta. Perfecta como nunca pude haberlo imaginado y eso me asustaba más a mí de lo que pretendía hacerlo con ella. Se veía magnífica ahí, abandonada al placer, atada de manos en esa cruz, con sus respiraciones agitadas por la expectación de no saber lo que venía, con la seda envolviendo delicadamente sus ojos, y su rostro, surcado por la entrega y la excitación, tan sublime que sentí ganas de adorarlo. Me tenía alucinado con su cuerpo, con su postura, su expresión, y la forma en que tembló, ansiosa porque la acariciara. Solo le daba importancia a su propio deseo y eso también me volvía loco. Loco de deseo y lo

