Lo que una mujer como Berenice pudiera hacer o decir me tenía sin cuidado. Sabía qué era lo que pasaba por su mente sin que tuviera que abrir la boca. Le disgustaba que Cecilia estuviera tan cerca y que no fuera ella la que estaba en su lugar. Se encontró con mi mirada y rápidamente cambió el gesto por uno de coquetería, me lanzó un beso, se dio la vuelta y se fue. Me colmaba la paciencia que estuviera tan encaprichada conmigo, si después de lo que pasó con Marco, mi desprecio por ella estaba más que claro. Le resté importancia al verla irse, pero lo que había pasado me ayudó a despejar mi mente de la bruma erótica que se había creado alrededor mío y de la señorita Di Battista. La vi a ella otra vez, dispuesto a apartarme de una vez por todas. Seguía moviéndose sensualmente, con los

