—¿Ya bajó mi madre? —pregunté, cuando me levanté esa mañana. Todavía no podía creer que ella estuviera ahí y que hubiese estado tan rota la noche la anterior, cuando la vi después de siete años. Apenas y pudo hablarme de tanto que lloraba y se había quedado dormida, agotada y sollozante en cuanto la llevé a una habitación y se acomodó en la cama. —No, señora —me respondió Marlene, nuestra ama de llaves—. ¿Quiere que le sirvan el desayuno o esperará a su madre? —No, no, tal vez duerma hasta tarde —respondí. Eran las nueve, pero no esperaba que se levantara después de lo terriblemente mal que se encontraba por la noche. Desayuné sola, porque Charles se había ido a las ocho y luego, me fui a mi despacho a trabajar. Estuve concentrada en unos planos hasta que escuché los golpecitos tímido

