Sin pena ni gloria, así habían pasado los días para Índigo, sumergido en letras propias y también de Nicholas, con una revisión precisa casi sobre cada palabra de su escrito, varias cajetillas de cigarrillos, latas de cerveza barata, y el impetuoso invierno que mantenía a la ciudad en una calma sutil, solo lo suficiente. Y a pesar de ello como cada fecha llega a cumplirse la navidad no era la excepción. Veintitrés de diciembre, y la víspera tan cerca, sumieron a Índigo en un mar de pensamientos poco agradables, quizá la nostalgia de los años antes de ese día, los recuerdos sublimes invadieron su espíritu. —Ma, ¿cómo estás? —preguntó a través del teléfono. —Hijo, atrapada en Londres, no hay vuelos ni esperanzas de volver pronto —escuchó mientras tragaba saliva. —Ya es noche buena al

