Con los deseos de lo implican tener entre manos algo nuevo, Índigo caminó hasta su cubículo, con una taza de té de lavanda, manzanas y algo de miel, daban al lugar un aroma dulce, tan apasionado por las manzanas como por la lectura ante sus ojos, Índigo devoraba cada letra, de aquel manuscrito en sus manos, en sus dedos sentía un cosquilleo que lo aferraba al papel, mientras tragaba con esfuerzo.
“Sientes el calor que produce mi piel, sobre tus nalgas”
Cada frase lo hacía sentir en extremo perturbado.
—Índigo, oye ya tienes las correcciones de Kepner —escucho a lo lejos, Alexander lo miraba con esas gafas de pasta, que Índigo juraba estaban torcidas. Estúpido.
—Toma —soltó las hojas ya impresas, sintió fastidio porque de alguna forma, Alexander lo había apartado de esa sumersión en la que las letras de Nicholas lo tenían atrapado.
Vio partir al tipo que detestaba, mientras este susurraba maldiciones en un tono casi imperceptible, y sintió un ligero alivio, miro de nuevo el manuscrito, y lo guardo dentro de una carpeta de color n***o.
Todo el día se había sumergido en la lectura, y al paso que iba consideró que no tenía sentido seguir sentado en su cubículo; imaginó una cerveza y rosetas de maíz, su departamento, y el silencio que este le brindaría. Esto debo leerlo de nuevo, a solas.
Índigo llegó por fin a su departamento, aunque pequeño, era un lugar sumamente acogedor, con una vista maravillosa. Una habitación, una sala de estar, una cocina y un cuarto de lavado. Un balcón al fondo, que le daba aire fresco cuando abría las puertas de cristal de su recámara, y el frío incesante de la ciudad. No tenía nada más que pedir, con paredes blancas y pisos de madera, terminados elegantes y al mismo tiempo minimalistas Índigo soltó el abrigo en un perchero postrado detrás de la puerta, se quitó los zapatos y con un gesto de alivio, bufo porque al fin sentía libertad en sus dedos, caminó hasta el baño.
Después de dejar su laptop y la carpeta sobre la cama, se desabrochó el pantalón y expulsó el té de lavanda. Miro su pené y lo sacudió un par de veces, y sin quererlo, o no necesariamente de forma voluntaria, el roce de sus dedos sobre la piel blanca de su m*****o hizo que Índigo pensará en aquel párrafo que había leído con tanto fervor, antes de salir de “Almaría”. Nicholas Ryker es un tipo muy perturbado, ¿será un viejo ansioso?
Ciertamente Índigo no conocía al escritor, pese a que ahora trabajaba para él, en realidad su imagen era un misterio, lejos de los reflectores, entrevistas seductoras que nunca mostraban su imagen, y miles de publicaciones que siempre dejaban al aire una pregunta, “¿cuál es el rostro del escritor?”
Nicholas, apreciaba todo lo que el mundo de la escritura era capaz de darle, a excepción de la vinculación de su imagen con las letras de sus libros. Y no necesariamente era alguien desconocido, en aquella ciudad era un tipo muy importante, las mejores familias eran parte de su círculo más íntimo, ¿Quién era Nicholas Ryker? De alguna forma su nombre estaba en la mesa, pero nadie, al menos ninguno tan astuto, vinculaba al filántropo, “Playboy” y magnate millonario, con el escritor oscuro.
Índigo, cansado y hasta cierto punto fastidiado del trabajo del día, se quitó la ropa, abrió la ducha y de inmediato todo el mármol se impregnó de humedad, el vapor del agua casi al punto de hervor enrojeció su piel; enjabonó su cuerpo y después de algunos minutos, con una toalla blanca cubrió su cintura.
Sus huesudos pies golpearon el tapete blanco que de prisa absorbió la humedad, Índigo sacudió su cabello y con movimientos a tientas salió de la ducha, se paró frente al espejo y no pudo evitar admirar su cuerpo, sus verdes ojos se posaron sobre el espejo. Índigo era un joven bien parecido, de espalda ancha, y brazos firmes, tan recios como el acero, de músculos alargados, con la textura tersa similar a la piel de los duraznos más jugosos.
Índigo notó cada línea que se formaba en su abdomen, y con las yemas de los dedos, acarició el espacio infinito que se formaba desde su ombligo hasta la base de su pene, sus oblicuos simulaban un triángulo que más que solo partir su cadera, parecían indicar el camino en una flecha perfecta.
Se quitó la toalla, dejándola sobre el suelo, giró su cuerpo en busca de un bóxer en la encimera detrás del espejo. Sus nalgas redondas, firmes y blancas, rebotaban con gracias mientras luchaba por cubrir su cuerpo levantando sus piernas de vez en vez, mientras cubría su sexo, el vapor en sus hombros redondeados, salía como si el cuerpo de Índigo, fuera más que solo piel ardiente.
Tomó un cigarrillo, acostumbraba a fumar uno o dos antes de dormir, lo encendió de prisa dio un par de caladas y caminó con el cigarrillo entre sus rojizos y carnosos labios hasta la cocina, abrió el frigorífico, tomó un par de cerveza y descalzo y con solo el bóxer blanco cubriendo su cuerpo se dirigió hasta las puertas de cristal, las abrió de par en par, y el frío abrazo su cuerpo, con mucha velocidad, como si ansiara someterlo a su inclemencia. Sus pezones se hincharon, y pequeños círculos se tornaron en toda su piel, erizando el vello de su cuerpo por completo
Tomó el escrito de Nicholas, aún con el cigarrillo en la boca, se sentó en el balcón, levantó los pies desnudos sobre una mesa cuadrada, y destapó una cerveza, dio un trago largo y eso que imaginó sentado en el cubículo de su oficina, fue tan superficial comparado con la realidad de la que ahora disfrutaba.
El frío en su piel, el humo del tabaco en sus pulmones y el sabor amargo de la cerveza, inundaron de inquietud, el espíritu de Índigo, y con cada palabra que sus ojos leían, supo que ganar el concurso habría sido lo peor que le podía haber pasado.
La siguiente hora, Índigo se dedicó a leer una y otra vez las letras de Nicholas, encontrando en ellas un mundo del que en realidad no sabía nada, uno que solo había imaginado, pero que, por alguna razón, nunca había experimentado.
Letras llenas de lujuria y deseos, con escenas explícitas que lo sucumbían en imágenes de placer, borrosas todas, inciertas la mayoría, pero que sentía suyas.
El último trago fue el indicador de Índigo. Es hora de dormir.
Con el manuscrito en sus manos, las botellas vacías en el balcón y tumbado boca abajo sobre la cama cubierta con sábanas blancas, Índigo cerró los ojos. Deseando conocer al hombre detrás de aquella sensación que no reconocía, la lujuria.
¿Cómo serás Nicholas Ryker?