No me dejaré vencer

1258 Palabras
Llegó a “Almaría” encendió el ordenador y comenzó con los pendientes; correcciones, lecturas y una taza más de café, miró por una de las grandes ventanas, el sol había salido y entonces se dio cuenta del tiempo. Sin moverse algunos segundos, parecía que incluso había olvidado respirar. —Cariño, así no vas a terminar nada de lo que sea que estés haciendo —la voz de Victoria despertó a Índigo del trance, ella tenía cierto talento para ordenar sin ser brusca. Como si fuera tan sencillo. —Si, lo sé, solo… olvídalo, ¿qué te trae al área de los mortales? —La pregunta sonó como una bienvenida, la sonrisa blanca de Índigo contagió a Victoria. —Bueno, pensé que en verdad necesitas más tiempo para digerir a nuestro hombre del momento, así que a partir de hoy ella se encargará del resto, y tú te dedicarás en cuerpo y alma a ese manuscrito —las órdenes de Victoria seguían teniendo esa gracia particular. Índigo miro a la joven, que, aunque tímida, intentaba mantener una sonrisa en sus labios. Delgada, con pechos firmes y escondidos en un sutil abrigo n***o, la nueva asistente de Victoria hacía de todo a su alcance para no pasar despreciada en su primer día de trabajo. —Hola, soy Gabriel —soltó esta con una voz dulce y refinada. Índigo la miró y contestó a su saludo, se puso de pie, y ambas mujeres lo miraron hacia arriba, de un metro ochenta y con el cuerpo atlético que solo la natación le puede dar a un hombre de veintitrés años, toda su presencia y musculatura se hizo presente. Gabriel, tragó saliva, ciertamente no tenía muchas expectativas, creyó incluso que, en ese sitio, todos serian regordetes, calvos y con ropas roídas por las polillas, pero ese solo era el estereotipo que la facultad de letras le había impregnado en el pensamiento con los años. Extendió la mano y cuando rozó los dedos de Índigo supo que no importaría que su primer día se convirtiera en un tormento, no, si Índigo podía ser ese hombre al que sus ojos pudieran mirar. —Te sentarás aquí, Alexander ya no necesita esa silla —musitó Victoria, y Gabriel celebró en su pensamiento. Índigo, no tuvo que decir mucho, Gabriel fue explícita, agradeció la oportunidad y rogó por ponerse a trabajar enseguida, para ella, las letras, ya no eran su única motivación; virginal, atractiva, de cabello n***o, piel blanca y de labios tan rojizos como el abrigo de Victoria. Gabriel deseó con algo más que entusiasmo, ser parte de “Almaría”. Para desgracia de la chica nueva, la vista hermosa que tenía justo enfrente no duró mucho, después de la introducción que Índigo le ofreció, Victoria tenía otros planes. —Victoria, me vas a matar, tengo a la chica nueva aprendiendo a usar el software, un manuscrito que no he comenzado y hambre… En serio, ¿querías un co-editor o un esclavo? —dijo Índigo, con fastidio, esto era evidente, en sus ojos. Unos tan verdes y expresivos, que dejaban muy poco a la imaginación. —Tengo un problema —resolvió Victoria, poco le importó lo que Índigo decía y no es que hubiera querido hacerlo, al menos no de forma voluntaria. —¿Todo está bien? —preguntó Índigo, mientras se sentaba en un sillón n***o que daba la oportunidad de admirar los rascacielos vecinos. —Nicholas es un hombre brillante, pero, mierda es tan difícil—las palabras de Victoria no eran difíciles de interpretar, y aunque hasta ese punto Índigo no entendía cuál era el verdadero problema, y no necesitaba hacerlo, si Victoria lo había llamado, estaba claro que lo sabría en segundos. —Nicholas me acaba de llamar, quiere saber, como voy con su manuscrito, le he tenido que decir la verdad, que hay alguien más a cargo de eso y… —Victoria guardó silencio, solo por un momento peinó su cabello con sus dedos, y vociferó un par de maldiciones. —Nicholas, no quiere saber más del proyecto —resopló, mientras recargaba su cuerpo en el escritorio de madera importada. —¿Qué?, ¿es una broma, no es así? —Esto no me puede estar pasando. Índigo sintió algo extraño, no estaba seguro en ese momento de lo que era, su boca seca, y los puños apretados, solo mostraban lo vulnerable que se sentía en ese preciso instante, un ligero sudor frio y las palabras lejos de salir de su boca, lo estaban atormentando. Acababa de conseguir una oportunidad, una que muy pocas veces se le da a alguien, a pesar de tener talento, y en ese instante se desvanecía frente a sus ojos. Había pasado un día entero leyendo aquel primer capítulo en letra cursiva, que con cierto esfuerzo descifró por completo en su segunda lectura. Su mente estaba enfrascada no solo en lo que tenían en aquellas hojas, sino que había ido mucho más lejos. Una sombra, un idealismo extraño, y los deseos absolutos de conocer al hombre detrás de la pluma, le habían otorgado a Índigo, algo que ni él mismo era capaz de reconocer. La sensación de conocer alma de su escritor que ahora mismo era su favorito. —Lo convencí de darme una oportunidad, se molestó, me maldijo y me amenazó con dejar el proyecto, odia la simple idea de que alguien más que no sea yo, lea su manuscrito, antes de que este, esté publicado —respondió Victoria su desesperación, la ocultaba muy bien debajo de aquella voz serena, aunque si Índigo hubiera sido, solo un poco más perspicaz seguro habría descubierto que Victoria, estaba a punto de colapsar. —¿Y ahora? —dijo Índigo sin ánimos, se daba cuenta de que esa reunión no era para afinar detalles, ni mucho menos se trataba de una junta que implicase felicitaciones y metas de trabajo. Gabriel, la chica linda lo acababa de suplir, y él estaba perdiendo el único trabajo que le había devuelto el deseo de seguir en “Almaría” y en un segundo lo estaba perdiendo. —Hay una oportunidad, es la única que tendremos, y para eso necesitas salir ahora mismo —Victoria, miró a Índigo de arriba a abajo, este no estaba mal vestido, pero ciertamente, el costo de aquellas telas no era precisamente lo que sugería estar vestido con algo de clase. —Vestirlo con algo más costoso, hubiera sido algo brillante—. —¿A dónde? —Índigo se puso de pie, su instinto lo había movilizado del sillón. —A buscar esa oportunidad —con la mirada fría y los nervios de punta, Victoria ordenó. . —¿Te vas?, es casi la hora de la comida —dijo Gabriel, con la mirada de un conejo asustado. —Debo hacerlo, dime ¿cómo me veo? —la pregunta simplona de Índigo tuvo un efecto más que soberbio en Gabriel. ¿Porque le preguntaba acerca de su apariencia?, ¿Acaso ese era un truco que había obtenido con el tiempo? ¿O ella era una tonta que se ilusionaba con cualquier bobería?, más aún, ¿Cuál era la respuesta correcta? —Te ves increíble —. Que estúpida. —Perfecto gracias —dijo con prisa, sin mirarla a los ojos. Y mientras Índigo iba en busca de su oportunidad. Gabriel, perdía la dignidad, y ganaba al mismo tiempo, algo más. Un amor platónico. Índigo bajó de aquel edificio, con las esperanzas puestas en una sola cosa, su suerte. Nicholas Ryker, no me dejaré vencer.
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