Un árbol

1591 Palabras
“Cada poro de su piel era de él, el espacio entre sus nalgas se quemaba con ese fuego intenso que solo, un ardiente falo es capaz de producir, estaba listo. Un hombre canoso, maduro, de espalda ancha y ojos lujuriosos, atormentaba al joven después de haberle lamido las bolas. Luchando una guerra que ya había perdido, que lo hacía resistirse, entre el placer que la lengua del anciano le daba, y lo moralmente correcto, pensando… ¿Que estoy haciendo aquí?, quiero que esté dentro de mi” Leyó una y otra vez estas últimas líneas, el capítulo de Ryker, le causaba más que sólo intriga, una perturbadora sensación de placer y de repudio al mismo tiempo, y a pesar de lo que implicaba que él estuviera dentro de un taxi rumbo al Pent-house de Nicholas, la sensación que la lectura le había dado no dejaba de atormentarlo. ¿Cómo?, ¿qué haría para seguir involucrado con el manuscrito de Ryker? ¿Porque le apasionaba tanto aquello que sus ojos no se cansaban de leer? Y sobre todo. ¿Quién era Nicholas? Conocía el trabajo del hombre, más no sabía nada acerca de su apariencia, le intrigaba descubrir, qué tipo de sujeto estaba detrás de aquellas hojas, a las que se aferraba con fuerza, casi de forma inconsciente. El taxi se detuvo, Índigo pagó el viaje, puso los pies en el suelo, sus piernas flaquearon y algo parecido a aquello que se siente cuando pisas terrenos fangosos, fue experimentado por Índigo, levantó la mirada, la lentitud con la que lo hacía, se sujetaba al asombro por ver lo que sus ojos reflejaban, “Ryker Foundation”, un enorme letrero posaba frente a los ventanales de un enorme edificio de al menos treinta pisos. ¿Esto debe ser una broma? Índigo tragó saliva con dificultad, creyó que, al respirar profundo, se sentiría mejor, y estaba muy alejado de lo que en verdad ocurría, a pesar de ello, estrujó los papeles entre sus dedos, y dio el primer paso. —Si tan solo, lo hubiera pensado un poco más—. El elevador lo condujo hasta el piso veintiocho, después de haberse anunciado con un policía de aspecto amable, este lo acompañó hasta el sitio, las puertas se abrieron y por un instante, todo fue distinto. No era un piso común, el pasillo era amplio, no había ventanas, sólo plantas y luces que se encendían a su paso, casi al final, cuando Índigo se acercó a la puerta, el sonido del elevador atrajo su mirada, las puertas de este se cerraron y el silencio se apoderó del sitio. En ese instante supo que el tipo al que estaba a punto de conocer no era alguien convencional, su apellido estaba en el edificio, el piso entero estaba dispuesto para un Ryker, pensó incluso en los ojos del hombre que lo había atendido, con sorpresa, o con temor, ya era tarde para saberlo. Índigo tocó un par de veces, pero no tuvo respuesta, ansioso, intentó de nuevo y el resultado no fue distinto. Tomó su teléfono, marcó y esperó impaciente. —Victoria estoy en el… en la casa de Ryker, pero no hay nadie —quiso preguntar ¿qué debería hacer?, pero de inmediato creyó que eso, solo significaría su derrota. —Él debe estar ahí, te espera, y por favor no me llames, solo hazlo si son buenas noticias —Victoria respondió tajante, y colgó. Índigo miró aquella enorme puerta negra, miró para ambos lados, apretó los labios y los puños. Vengo hasta aquí y recibo esto, hoy seguro que estoy de suerte. Tocó una vez más, como si de alguna manera creyera que sería distinto, sintió como el silencio comenzó a ensordecerlo, incluso creyó que el aire se acababa con rapidez. Para Índigo aquel escrito significaba su pase a lo que siempre había soñado, habían pasado dos días, tan solo dos con las letras que Ryker había escrito, y sentía como suyo un texto que ahora se escurría entre sus manos. Dar la vuelta parecía ser la peor de las opciones, pero no había alternativa, nadie había contestado, la puerta no se abría. Y la esperanza de publicar su primera novela, se esfumaba con rapidez. Cerró los ojos por un segundo, bajó la mirada y dio la vuelta, sus pies se movieron, y entonces la puerta se abrió, después de escuchar un par de cerrojos que le dieron el tiempo para girar de nuevo. —Si —. —Qué frase más corta y ambigua, tan simple y tan poderosa en los labios correctos—. Índigo se quedó pasmado, no pudo decir nada, sus ojos parecían tan grandes como las luces sobre su cabeza, sus labios se secaron, su cuerpo se tensó, cada músculo del joven se hizo tan rígido, que sólo el movimiento de respirar lo hizo sentir que aún tenía vida. Lo observó por un instante, fue el instante más extraño, y al mismo tiempo el más revelador. Imaginó a Nicholas de mil formas, pero ninguna parecía acercarse a la realidad. Un viejo sucio no es, en realidad es todo lo contrario. Escaneó cada centímetro de Ryker, bajo la mirada tan de prisa, que lo que primero que notó fueron los zapatos de corte italiano, negros brillantes, el pantalón ajustado de Ryker que dejaba entrever los músculos a los que se ceñía con fervor la tela negra. Un saco del mismo color que el pantalón y una camisa negra, que hacía juego a la perfección con el resto de sus ropas. Era claro que Ryker tenía un exquisito gusto para vestir, arriesgado y con clase. No todos los hombres son capaces de vestir absolutamente de n***o y hacerlo lucir tan bien. Ryker levantó una ceja, su mirada clara del color de la miel, sus cabellos ondulados que caían con gracia, en sus sienes, la barba perfectamente alineada, a sus mandíbulas, de quijadas, anchas que solo lo mostraban como un hombre de experiencia, labios rojizos, carnosos e hidratados, y una nariz tan perfecta que rayaba en un insulto, dejaron sin palabras a Índigo. Ryker no solo era un hombre atractivo, no solo parecía un Dios Griego perdido en esa ciudad, era imponente, con un aura tan intensa que perturbaba a cualquiera, su entrecejo torcido, y el desafío de la pregunta que no había hecho, pero que el simple “Si” le estaba otorgando, miraba fijamente a Índigo. —¿Sabes hablar? —preguntó con soberbia, su tono fuerte y aguardentoso, solo retumbó en los oídos de Índigo. —Señor, si… —Las escasas palabras de Índigo causaron lo que jamás hubiera imaginado, una torcida sonrisa, que de inmediato se escondió debajo de un rostro duro e implacable. Ver al hombre que hasta minutos atrás lo intrigaba, no hizo más que incrementar el deseo de hablar con él, de lo que fuera, quizá solo escuchar su voz. Nicholas dio la vuelta, dejó la puerta abierta y siguió de largo, Índigo tuvo que pensarlo un momento, tomó el valor debajo de las suelas de sus zapatos, y al fin entró. Sus ojos no dejaban de ser intensos, su boca estaba a punto de caer al suelo. Pisos de mármol blanco, muros en tonos blanco humo, ventanales enormes que tonos desde los pisos, una amplia sala de estar en grises, con enormes plantas, en algunas esquinas, candelabros enormes colgaban del techo todos estos apagados, la luz entraba por cada rincón de aquel sitio, un pasillo, un muro y luego otro, lo único que se apreciaba era ese sitio, de lo demás; las habitaciones, la cocina, el comedor, el despacho, y una biblioteca personal, nada podía siquiera imaginarse. Sobre una mesa, negra rectangular de dos o tres niveles, una botella de whisky, un vaso de cristal cortado y cientos de hojas distribuidas o lanzadas con intención sobre el piso. Todo era realmente elegante, no había nada en aquel sitio, que no tuviera un propósito; decoración, o funcionalidad. Y cerca de una de las ventanas, en un extremo, un árbol navideño, verde y frondoso, esferas, luces, guirnaldas, moños rojos y dorados, que curiosamente conseguían el propósito de la distracción. Nicholas, miraba hacia el balcón, Índigo caminaba despacio, asombrado y maravillado al mismo tiempo. Este sitio es de esperarse, pero ¿un árbol?, él. Todo lo demás Después de saber que el edificio pertenecía al apellido del escritor, la ardua labor para conseguir entrar, y la forma tan exprés de presentarse, le dejaban algo muy claro. Todo sería más difícil, de lo que habría imaginado —Señor Ryker —dijo Índigo, con su voz algo quebradiza, impertinente. Con las manos en los bolsillos, como si aquel joven no existiera en el mismo espacio, Nicholas miraba aún el sol que comenzaba a ocultarse. —Acércate, desde esa distancia jamás tendrás mi atención —. Su respiración fue más rápida. Y su corazón se detuvo. Índigo no era alguien temeroso, tampoco tenía el porte de un tipo sumiso, a decir verdad, era tan alto, como el otro. Se acercó, se puso a un costado, arrugó las hojas entre sus dedos. —Señor, deme la oportunidad de ser su editor, haré lo que usted quiera —. Ryker miró de reojo —, ¿estás seguro? —preguntó. —Completamente —dijo casi ahogado. No tendría otro momento, y de haberlo tenido, seguramente hubiera arruinado su propio discurso, perdiendo cualquier oportunidad. Fue abrupto, pero quizá era preciso hacerlo. —Quítate la ropa —soltó Nicholas. Es una broma, no puede hablar en serio. —¿Señor? —.
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