Poderosas palabras

1550 Palabras
—¿Señor? —. El vello en su cuerpo se erizó, sus labios perdieron color, y la manzana de adán en su cuello se movió de arriba a abajo un par de veces, Índigo había sido claro en su oferta, pero en ese instante, ¿valía la pena retractarse? Nicholas metió sus manos en los bolsillos, caminó haciendo un círculo sobre sí mismo, y penetró la mirada de Índigo, este quería apartarla, pero era imposible, se sentía en una especie de trance, el hombre que hasta hace poco no tenía rostro, al que admiraba, lo veía fijamente. Y ciertamente no lo hacía de una forma simple. El aire a su alrededor se espesó, cada segundo parecía más lento de lo habitual. Pensó en apartarse; disimular una sonrisa, bajar la cabeza, decir alguna palabra, algo que lo ayudara a contrarrestar la sensación de impotencia, pero no pudo hacer nada. —¿Leíste mi primer capítulo? —preguntó Nicholas, y no esperaba una respuesta. Índigo siguió inmóvil. Lo leí cien veces —Las palabras son poderosas, y lo son escritas y lo son habladas, ¿sabes cuál es la diferencia entre ellas? —nuevamente hizo una pregunta, Índigo quiso ladear la cabeza de un lado a otro. —Las palabras escritas, se interpretan de acuerdo a quien las lee, las palabras dichas, necesitan de un oyente, de un ademán, un gesto, un tono en la voz, el ímpetu del hablante, pero sobre todo de la sinceridad —con una de sus manos tomó las hojas que Índigo aún sostenía entre sus dedos, casi tuvo que arrebatarlas del pecho de joven —, haré lo que usted quiera… eso dijiste —Nicholas dijo esto último con cierta melodía, una tenebrosa. “El joven delgado, tragó saliva, abrió la boca, dejó que el anciano, metiera su pedazo de carne sin pensar en el tamaño del hueco redondo, que lograba hacer el chico con la mirada brillante” —Que porquería, palabras sin alma —dijo Nicholas, lanzó las hojas al suelo, estas se mezclaron con las que ya estaban sobre el mármol. —Señor —. —Muchacho, no tengo más tiempo… ve con Victoria, explícale que me propusiste ayudar, pero al final te retractaste —dijo, metió de nuevo su mano en el bolsillo, y le dio la espalda a Índigo. Esto es todo, hasta aquí llegué. Este estaba mas que asustado, sentía todo y al mismo tiempo no reconocía, lo que esas sensaciones significaban. Dio un paso atrás, y en silencio dio media vuelta, caminó un par de pasos y algo lo detuvo, la misma impotencia de su fracaso, o el morbo genuino que de alguna manera, Nicholas había generado en él. Índigo estaba ahí por un objetivo, uno que no había cumplido. Volvería a la editorial, con menos de lo que había llegado, el manuscrito estaba en el suelo, y en ese instante ese realmente era el menos de sus problemas. Pero ¿qué podía esperar?, después de todo un completo desconocido, le pedía algo fuera no solo de lo común, descabellado. Nicholas, parecía inmune a los titubeos de Índigo, seguía firme con las manos en los bolsillos, el sol se metía dejando una pequeña estela, que apenas se percibía en las antenas de los rascacielos. Todo se oscurecía, y con ello también la mirada de Índigo. —Muchacho, vete de una vez —ordenó, y esa voz lúgubre, se convirtió en una imponente. Índigo respiró profundo, llenó sus pulmones de aire y su cuerpo de valentía. Se despojó del saco, este cayó al suelo, y ese sonido casi imperceptible, tomó la atención de Nicholas. Miro a Índigo con el rabillo del ojo, no podía creer lo que Índigo estaba haciendo, y no es que no lo deseara, es que simplemente no lo había creído capaz. Tal parece que te juzgue mal. De espalda ancha y cabellos ondulados y oscuros, la silueta de Índigo sobresalía entre las sombras que los últimos rayos de luz reflejaban en aquel sitio. Sin mirar, desabotonó cada ojal de su camisa blanca, y cuando el último al fin fue liberado. Los hombros de Índigo se descubrieron, redondeados y musculosos, se mostraron ante los ojos de Nicholas. Este seguía con las manos en los bolsillos, pero de alguna manera, sus dedos comenzaron a juguetear entre sí. No pudo negar, en su pensamiento, que la espalda de Índigo era amplia, de un color blanco, exquisito, con bordes finos que definían cada músculo, después de todo, la natación durante años hacía bien su trabajo. Índigo hizo una pausa, en ese momento no pensaba mucho, quizá de alguna manera seguía en el trance que la mirada de Nicholas le había generado, sin darse cuenta estaba a disposición de aquella petición. Dejó caer la camisa, sobre el blanco mármol, y por fin Nicholas, pudo ver la silueta del joven aspirante a escritor. Una cintura, delgada y bien formada, con un par de hoyuelos en el final de la cadera, que limitaban muy bien el inicio de sus nalgas, estás aún seguían cubiertas. pechos firmes, y vello en el pecho, solo el suficiente para mostrar una masculinidad natural, de oblicuos definidos, y un diminuto ombligo que se escondía debajo de un surco de vello que avanzaba hasta su pelvis. —Que esperas —dijo Nicholas, y claramente fue una orden. Índigo desabrochó el pantalón. y en un movimiento torpe, pero efectivo, este descubrió el resto de su cuerpo, Nicholas se acercó, tan lento, que pudo notar la respiración agitada de Índigo. Sus hombros hacían pequeños movimientos que dibujaban diminutas siluetas ovaladas. Sus pezones se endurecieron. Nicholas se acercó, con cautela, sus manos dibujaron la silueta de índigo, pero no lo tocó, un bóxer blanco, cubría aún el cuerpo de Índigo, y al mismo tiempo, resguardaba la poca dignidad que se aferraba al joven. Con las yemas de los dedos, rozó los hombros de Índigo, este cerró los ojos al tacto de Nicholas, sus manos temblaban como el resto de su cuerpo, y el sudor en sus pliegues, exudaba un olor frutal dulce, Nicolas fue más allá, y su nariz, rozó la piel de Índigo, de haber podido este se hubiera movido, pero no tenía control sobre su cuerpo, era como si la cercanía de Nicholas fuera suficiente para perder autonomía sobre sí mismo. Nicholas aspiró profundo, como si en la piel de Índigo hubiera líneas enteras de polvo blanco. —Leche fresca, a eso hueles —. —Qué palabras más melosas, o sucias —. En ese instante cualquiera que hubiera sido la frase, hubiera conseguido la misma respuesta de Índigo. —Señor —. Índigo era un hombre sumamente atractivo, tan alto como Ryker, pero definitivamente más delgado, su cuerpo era fresco, musculoso y terso, a la mirada de Ryker y de cualquiera que hubiera tomado dos segundos, en admirar a Índigo, la juventud de su piel, lo cerrado de sus poros, y el hermoso brillo que desprendía, sólo significaban, el delito de cualquier lujurioso. Ryker. Índigo, parecía, ansioso y al mismo tiempo y de forma extraña, se comportaba como alguien complacido, temblaba de miedo, si, eso era un hecho, pero sentirse admirado, sentirse deseado, le provocaba una sensación de valentía, una que lo hacía querer seguir ahí. Nicholas, tomó la cintura de Índigo, y con su nariz, rozó el canal en la espalda del joven, y la piel de Índigo despertó. Nicholas posó sus rodillas sobre el suelo, su nariz quedó tan cerca del final su espalda, que los carnosos labios de Nicholas evitaron a toda costa, cumplir su deseo, morder las nalgas redondas del tipo que respiraba con dificultad. Índigo, experimentaba lo más excitante que alguna vez hubiera imaginado, para él, no importaba si era un hombre, no estaba preocupado, por su posición, el movimiento de Nicholas, la crudeza con la que le había ordenado y lo que todo eso significaba, era absurdo y pequeño en comparación con la sensación que Nicholas estaba despertando él. La v***a de Índigo se puso firme, tanto como el mástil de una bandera, tan gruesa y tan larga, que su bóxer apenas podía contenerla. Si ya estoy aquí. Índigo dio la vuelta, con todo firme, su bóxer parecía una segunda piel. —Ponte la ropa y lárgate —Nicholas se puso de pie. Índigo no supo qué decir, no creyó lo que estaba ocurriendo. De un momento a otro, todo era de nuevo difícil de creer. ¿Lo habría ofendido?, ¿qué estaba pasando? Sin decir nada buscó sus ropas, aquello que segundos atrás había estado firme, ahora se escondía, y solo la vergüenza en sus mejillas era evidente. Sin colocarse la ropa. Salió de prisa, la voz de Nicholas, la forma tan grotesca de ordenarle, quizá al final eran la señal que Índigo necesitaba y que no sabía que pedía a gritos, para escapar del tipo que ahora creía un maldito loco. La puerta se cerró, Índigo tenía el pantalón cubriendo sus nalgas su camisa y su saco, estaban es una de sus manos y su corazón, en la otra. La puerta del elevador se abrió. Miró por un instante, y una joven, una tan bella y delgada salió del elevador, lo miró a los ojos, y el silencio en el pasillo terminó con el orgullo de Índigo. Maldito Ryker.
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