Índigo después de todo no logró mantenerse despierto, el cansancio venció sus temores y al mismo tiempo sus deseos. Habían pasado rigurosas cinco horas, eran casi las dos de la tarde y Kal tocó a la puerta, —Señor la comida estará lista en unos minutos, el señor Ryker lo espera —Kal cerró la puerta. Bien Índigo llegó el momento. Se puso de pie, se cambió la playera, y como una costumbre sutil, aspiró el aroma que había impregnado sobre la tela de la anterior; una camisa blanca, un pantalón azul, y la misma chaqueta de cuero. Bajó la escalera, después de varios pasillos, y en el último peldaño se detuvo, la mansión era un sueño, detalles rústicos, mezclados con el buen gusto, cuadros al oleo, plantas en las esquinas, una o dos mesas con fotos enmarcadas, que aunque la curiosidad lo in

