Valeria se sintió extraña toda la semana. No enferma exactamente, pero tampoco bien. Cansada más allá de lo normal, aunque con un bebé de cuatro meses, el cansancio era parte de la vida diaria. Pero esto era diferente. Las náuseas comenzaron un martes por la mañana. Sutiles al principio, luego más fuertes. El olor del café, que normalmente amaba, la hacía querer vomitar. —¿Estás bien? —preguntó Alexander, notando su palidez durante el desayuno. —Estoy bien. Solo cansada. —¿Segura? Te ves un poco verde. —Gracias por el cumplido. —Sabes a qué me refiero. Valeria se obligó a sonreír. —Estoy bien. De verdad. Probablemente solo necesito más sueño. Pero en el fondo, una sospecha comenzaba a formarse. Una que la aterraba y emocionaba en partes iguales. El miércoles, las náuseas empeora

