Tres meses con Mateo habían transformado completamente sus vidas. El bebé ya no era ese recién nacido frágil y dormilón. Ahora estaba alerta, curioso, y fascinado por todo lo que lo rodeaba. Seguía objetos con la mirada, se reía cuando le hacían cosquillas, y había comenzado a balbucear sonidos que Alexander juraba que eran palabras. —Dijo "papá" —insistió Alexander una mañana. —Dijo "baba" —corrigió Valeria—. No es lo mismo. —Estaba cerca. Cuenta. —No cuenta. —Eres una aguafiestas. Valeria también había cambiado. Su cuerpo se estaba recuperando del embarazo, aunque todavía no se sentía completamente ella misma. Había comenzado a hacer ejercicio ligero, más por su salud mental que física. —Necesito salir de esta casa —le dijo a Alexander una tarde—. Te amo. Amo a Mateo. Pero si veo

