Las primeras semanas con Mateo fueron simultáneamente las más hermosas y agotadoras de sus vidas. Valeria había leído todos los libros sobre bebés, había tomado clases, había hablado con su madre. Pero nada la preparó para la realidad de tener un recién nacido. Mateo lloraba. Mucho. A todas horas. Especialmente entre las dos y las cuatro de la mañana. —¿Por qué llora? —preguntó Alexander a las tres de la madrugada, meciendo al bebé mientras Valeria intentaba desesperadamente dormir algo. —Porque es un bebé. Eso es lo que hacen. —Pero ya lo alimentamos, le cambiamos el pañal, está limpio y seco... —A veces solo quieren llorar. —Eso no tiene sentido. —Bienvenido a la paternidad. Alexander caminaba en círculos por la habitación, Mateo contra su pecho, tarareando canciones que apenas

