Alexander no había dormido en tres días. Valeria lo observaba desde la puerta de su oficina en la penthouse, viendo cómo revisaba documentos bajo la luz de la lámpara de escritorio. Eran las cuatro de la mañana. Otra vez. —Ven a la cama —dijo ella suavemente, una mano en su vientre de cuatro meses. —En un momento. —Eso dijiste hace seis horas. Alexander levantó la vista, sus ojos grises inyectados de sangre. —Tiene que haber algo. Alguna inconsistencia en su historia, algún error en los documentos... —¿Y si no hay nada? ¿Y si todo es exactamente lo que parece? —Entonces pierdo la mitad de todo. Valeria se acercó, quitándole suavemente los papeles de las manos. —No pierdes nada que realmente importe. —Fácil decirlo cuando no es tu legado el que está en juego. Las palabras salier

