Me apresure a tomar unas cuantas hojas de la planta por la ventana, estaba un poco más lejos de los que pensé, me estire lo más que pude entre las rejas y logré tomar 3 o 4 hojas, eso sería suficiente por ahora.
Las lave para sacar el polvo de ellas y luego las guardé en un cajón ya secas entre las servilletas de tela.
Iba a ir al baño pero la euforia era tanta que nos aguanté mis ansias y voltee nuevamente hacia la mesada, abrí el cajón y saque 1 hoja de las que había guardado.
Tomé la tabla de picar carne y con una cuchilla corté en pequeños pedazos la hoja, parecía laurel, no daba sensación alguna de que esa pequeña hoja que se veía tan inofensiva fuera mi salvación.
Mezcle los pequeños trozos con un poco de perejil y ajo rehogados en aceite y lo dejé a un lado del plato sobre la mesa.
Él sólo se serviría y llevaría a la boca su final.
Apagué el horno pues el pollo ya estaba listo y dejé la puerta del mismo apenas abierta para que el calor no siguiera cocinando.
Ahora sí, con una pequeña sonrisa comenzando a dibujarse en mi rostro fuí al baño de arriba, subiendo cada escalón con entusiasmo, un entusiasmo oscuro, perverso pero liberador.