Ya resignada a quedarme en esa casa, más cárcel que casa…Lleve mi despojo humano a la habitación subiendo las escaleras a paso lento, con un dolor insoportable en la cabeza, arrastrando los pies en cada paso cuesta arriba.
Llevaba arrastrando tras de mi un enorme peso, el peso de mi alma lastimada como un saco lleno de piedras atado a mi cuerpo con una soga que casi no me dejaba avanzar.
Era peor que el dolor del cuerpo herido.
Pensé en acabar con mi triste vida cortando mis muñecas con la cuchilla más grande y afilada de la cocina, pero estaba segura de que habría otra salida donde yo pudiese salir bien.
Llegué al baño de la habitación muy dolorida despejando de mi mente la idea de acabar con mi vida. ¿Porqué haría eso si yo estoy segura de que no hice nada malo?
Abrí la ducha y me metí debajo sintiendo correr el agua por mi cabeza hasta los pies. Mirando hacia abajo veía el agua llevarse mi sangre por el drenaje, limpiando mi desdicha.
Con mucho cuidado lave mi cabeza herida donde encontré pequeños trozos de vidrio enredados en mi cabello y pegados al casco con la sangre casi seca.
Limpié la sangre y noté que también tenía algunas mordidas en la espalda y en los brazos. Sus dientes estaban marcados en mi piel con un color rojo casi morado.
Las lágrimas salían incontrolables de mis ojos hinchados por los golpes y de tanto llorar.
> pensé, pero no sabía cómo.