Vesta levantó la mano con un poco de timidez y acarició el cabello del Conde. Y ahora, al sentir aquel rostro oculto contra su seno, experimentó una desconocida, inusitada sensación. Este era su hombre, un hombre que le pertenecía y que necesitaba de su amor, de sus cuidados y su protección. Quería velar por él, mantenerlo a salvo de todos los peligros, apocarlo en todo. En aquel momento, pensaba en él casi como si fuera su hijo y no su amado. f Entonces él levantó la cabeza y preguntó con voz vacilante. f—¿Quieres realmente decirme, mi cielo, que me amas lo suficiente para renunciar a todo lo demás? —Ahora sé que no puedo… vivir sin… ti— contestó Vesta. Él bajó la mirada hacia ella. —Juro ante Dios que dedicaré toda mi vida a servirte y a hacerte feliz. Era un voto, que el Conde s

