—Acérquense—, Eric dijo imponente—. ¿Saben qué es esto? Es su vida. Sus calificaciones. Si están debajo de la línea roja al final de la primera etapa: están fuera.
Se acercó lenta y silenciosamente al tablero. En cuanto los otros iniciados la vieron cerca, se alejaron llenos de miedo -todos habían visto lo que le había pasado a chica con la que había luchado, y sí, le tenían miedo.
Y no es que ella tuviera la cara llena de cicatrices o fuera grande e imponente. Al contrario, era un poco alta, sí, cabello castaño largo, piel curiosamente pálida y bañada en pecas y lunares, y un fleco cubría su frente hasta sus cejas; para nada aterradora, es más, tenía un aspecto casi infantil, casi adorable. Casi.
—Mira, estás sobre la línea—, sintió un toque en su hombro y antes de mirar al tablero, miró al dueño de la voz. Al.
Y efectivamente su nombre estaba sobre la línea. Estaba un puesto sobre Uriah.
—Wow...
( . . . )
—Si me sacan yo creo que mis padres me aceptarían—, habló Al desde su cama.
—No funciona así—, Will le recordó.
—Hiciste tu elección, si no estás hecho para Osadía: lo mejor es resignarse. Quedarás abandonado y ninguna facción te aceptará de regreso. Así funciona—, soltó cansada ya de la conversación.
No sabía qué la molestaba más, si la conversación en sí y la insistencia en que sus familias los aceptarían de regreso, o el hecho de que si llegara a fallar ella no tendría familia a la cual regresar -incluso siendo esto imposible. Lo había perdido todo el día que su madre había muerto.
Se levantó y caminó a la puerta sin decir palabra alguna, antes de salir logró escuchar a Christina mencionar tatuarse.
No era mala idea. Es decir, ya no era Cordial, era Osada y quería verse como tal. Planeaba mostrar en su exterior cómo se veía a sí misma en el interior.
Es un asco aquí adentro. Debería haber un día de limpieza. Se burló de sí misma.
Caminado por los pasillos escuchó la inconfundible risa de Uriah y no pudo evitar acercarse a hablar con él.
—Hey...
—Hey—, se saludaron alegremente, al llegar a su lado Uriah pasó uno de sus brazos sobre los hombros de la chica, pues era mucho más alto que ella. Desordenó su cabello un poco con una sonrisa pegada a la cara—. Me sorprendes, pecas. ¡Cuarto lugar! No celebres todavía, te voy pisando los talones.
El pequeño grupo de osados rió, siguiendo con las bromas que acostumbraban.
—Hey—, llamó la atención de Uriah, cuidando que nadie los escuchara. No es que fuera un secreto de estado pero tampoco quería que fuera público algo tan simple como sus deseo de un tatuaje—. Te iba a preguntar si tu me podrías acompañar a... bueno...
—¿Qué cosa?
—Quiero hacerme un tatuaje.
El muchacho rió, enternecido por la chica a su lado, desordenó su pelo y con un movimiento de cabeza empezó a caminar: —Vamos.
Dio un brinco de alegría y siguió al muchacho de cerca.
( . . . )
—¿Cuál quieres?
—La verdad no quiero algo que alguien más tenga—, miró las plantillas y luego a su amigo. Explicándole—. Quiero algo mío, sabes.
—Mmm... te entiendo—, el muchacho pensó unos segundos, pareció tener una idea pues la arrastró hacia una silla vacía, frente a ésta estaba sentado un chico listo para realizar un tatuaje.
—¿Qué tienes en mente?—, dijeron ambos, el tatuador y Valentine a la vez; ella a Uriah y el tatuador a ella.
—Una medusa—, Uriah sonrió orgulloso.
—Suena bien—, otra vez, tanto el tatuador como ella, hablaron al unísono.
El Osado que la tatuaría empezó a acomodar las cosas para el tatuaje.
—¿Y... por qué sería una medusa?
—Recuerdo que una vez uno de esos cerebritos dijo algo de las medusas. Algo sobre del veneno. Y... bueno, las medusas son preciosas, llenas de gracia. Ya sabes, son muy... ellas. Pero a la vez son letales. Creo que te representan, pecas.
—Qué dulce—, sonrió en dirección a su amigo y le tendió una mano, él la tomó y apretó un poco. Mostrando que no se iría.
No se irá. Él no.
—¿En dónde te lo vas a hacer?—, el chico ya tenía la máquina en sus manos y estaba listo para empezar.
Aprovechando que usaba pantalón corto, señaló la parte externa de su pierna: —De aquí, hasta aquí.
Con sus dedos tocó el costado de su rodilla y luego el inicio de su tobillo.
—Eso es mucha tinta—, Uriah rió nervioso.
—¿Miedo, iniciado?—, fue su turno de reír.
—Para nada.
( . . . )
—No pensé que tomara tanto tiempo.
—Bueno, es grande, no sé qué esperabas.
—Lo sé pero... Son las once. Debería estar dormido.
—No seas llorón. Quédate cinco minutos más—, insistió a su amigo, pues aún faltaban unos detalles y no quería quedarse sola.
—Bien, pero solo cinco minutos—, accedió el muchacho.
( . . . )
—Nos vemos luego, pecas.
—Descansa, traidor—, rió, aún recostada en la silla.
—Hey, dije cinco minutos y me quedé veinte. Cumplí. Tengo sueño. Y un buen presentimiento de que esta semana habrá pastel.
—¿Pastel? ¿Por qué te emociona tanto un pastel?
—Eso dices ahora que no has probado el pastel de chocolate de Osadía. Sabe a... es como... solamente es...—, soltó un gruñido extasiado—. Increíble.
Lo miró extraño, con una mueca en su cara, conteniendo una carcajada que estaba a punto de salir.
—Seguro. Ve a dormir, Uriah, la falta de sueño afecta tu cerebro.
El chico rió y se fue caminando hacia su dormitorio. Ahora sólo quedaban ella, el tatuador y un silencio que solo era interrumpido por la máquina perforando su piel.
"—¿p**i?
—Ay, nena. ¿Qué te hiciste?
—Yo no fui—, limpió las lágrimas de sus mejillas salpicadas en pecas, con el borde de su sudadera color rojo—. Fueron ellos, dijeron que era rara, y me... y me empujaron, había una roca. Me raspé las rodillas.
—Entra. Mamá se hará cargo de tus heridas.
—Pero... ¿Qué pasará con ellos?
—¿Cómo?
—Ellos me empujaron y me lastimé—, limpió su nariz con sus manitas bañadas en lodo y sangre—. Así que yo los empujé para que vieran cómo me sentía...
El señor Reds contuvo la ira y solo miró a su hija diciéndole dulcemente, mientras la llevaba adentro de la casa: —Es lo que es."
—Y... terminamos—, el muchacho apagó la máquina, dando por terminada su nueva obra de arte.
—Oye, una última cosa.
( . . . )
Se recostó en su cama con sumo cuidado pues el segundo tatuaje que se hizo, de los tres, le dolía montones y lo que menos quería era que las punzadas en sus costillas aumentaran.
La medusa en su pierna; "Es lo que es" junto a uno de sus pechos, justo en una costilla, escrita en una prolija letra cursiva y en otro idioma; y "libre", también escrito en otro idioma, en su pelvis, más arriba de a ingle.
-V