Se despertó temprano, una vieja costumbre que había adquirido en Cordialidad. Ya que después de la muerte de su madre, el ser la única mujer en la casa le había caído como un balde de agua helada. Antes tenía que cocinar para ambos, limpiar la casa en donde dormían y recoger los desastres de su alcoholizado padre.
Qué suerte haber escogido Osadía. Mejor aún pasar este día en su nueva facción.
Pero, el hecho de levantarse temprano, era realmente muy temprano. Aparte de tener que cocinar, a veces debía ir a las cosechas temprano en la madrugada. Su reloj biológico ya estaba programado y sería muy difícil arreglarlo.
Se levantó de su cama, sabiendo que por más que lo intentara no lograría volver a dormirse. Cambió su ropa, se puso otro pantalón corto y una camiseta bastante grande, de modo que parecía que sólo usaba la camiseta a modo de vestido. Y sobre ésta se puso la chaqueta de Uriah.
Salió del dormitorio con las botas en sus manos para evitar hacer ruido, estando en el pasillo se las puso y empezó a caminar hacia el comedor. Se tomó su tiempo para llegar allí pues este día en especial la ponía un poco... melancólica.
Y no pudo ignorar el delicioso olor que venía del comedor, era dulce.
Maldito Uriah. Tenías razón.
Entró al gran salón, éste estaba casi vacío de no ser por los pocos miembros de la facción que rondaban el lugar. Algunos solo pasaban el rato, otros hablaban con sus amigos, algunos cuantos tomaban el desayuno. Al fondo de la sala vio a Eric comiendo, acompañado de varios líderes de Osadía.
Caminó y se sirvió algo decente para comer, acompañado de un vaso con agua y un generoso pedazo de pastel. Se sentó en la misma mesa de siempre y empezó a comer. Miró el reloj en su muñeca, vio que ya casi marcaba las cinco de la mañana.
Estaba concentrada en su comida, no tenía mente para nada más aparte de sí misma. Por lo menos no hoy.
Por el rabillo del ojo vio ingresar al lugar a Cuatro. Este caminaba decidido y firme, lo vio tomar una bandeja de comida y girarse para encarar las mesas. Vio cómo dudó para sentarse con los líderes de Osadía. Su mirada bailó en ella unos segundos, la miró jugar un poco con la comida para luego meter un pedazo de pastel a su boca y bajarlo con agua.
Quiso sentarse con ella ya que estaba sola pero al final sólo se sentó en una mesa vacía e hizo todo lo humanamente posible para acabar de comer rápido y poder irse.
( . . . )
Hoy debía luchar nuevamente.
Vaya forma de pasar un cumpleaños. Pensó.
Esta vez tenía que luchar contra Edward. Uno de los mejores iniciados. La iba a destrozar seguramente, pero no era nada nuevo para ella.
Ella peleaba después de Christina. Y por lo que veía no tardaría mucho en subir al cuadrilátero. Eric era el único que miraba la acción en el cuadrilátero, los demás practicaban para sus propias peleas.
Acomodó su cabello en un coleta alta de modo que este no le molestara durante la pelea, quitó sus botas y la chaqueta de Uriah, dejándolas a un lado. Hizo unos estiramientos y empezó a correr por todo el lugar, calentando.
Después de dar alrededor de quince vueltas a todo el lugar, se acercó al saco de boxeo que prácticamente ya tenía su nombre escrito. Tomó agua de la botella que había llevado y la tiró junto a sus botas.
Y empezó a golpearlo. Estaba haciendo lo mismo que la primera vez que tuvo que practicar para una pelea. Desahogarse hasta sentir que sus muñecas y nudillos dolían. Se tomó unos segundos mirando las zonas lastimadas.
Pero la verdad es que ni siquiera le importaban los moretones y rasguños en su cuerpo, ya no. Este día no pensaba en nada realmente. Desde que tenía memoria, este día era una tortura.
Y no, no era su cumpleaños, era el cumpleaños de su madre.
Por el rabillo del ojo vio a Cuatro hablando con Tris, muy cerca para su gusto; pero la verdad es que nada le gustaba, entonces no era de qué sorprenderse.
Y la verdad era que no pudo evitar sentirse mal al verlos hablar tan cerca. Cuatro le interesaba, sí, y sabía que a Tris también. Pero la verdad no le importaba "quién se quedara con él", era una inmadurez y una completa estupidez.
Claramente él iría por la rubia delgada y delicada. No escogería a la chica basta que había destrozado a su contrincante en su primera pelea. Porque así funcionaba, ¿verdad?
Siguió golpeando en saco, esta vez más enojada y ni siquiera sabía la razón de su furia. Muy en el fondo se negaba a creer que esa razón tenía nombre. Y que el dueño de ese nombre se acercaba lentamente a ella, detallándola.
—Eres débil—, escuchó a sus espaldas, sobre su hombro. Cuatro hablaba cerca de ella con los brazos cruzados.
—No crees eso—, afirmó, esta vez soltándole una patada al saco—. Tu mirada cuando me separaste de esa chica. Parecía que tenías miedo.
—No tenía miedo—, respondió el mayor mirándola fijamente descargarse contra el saco.
—No, pero parecía que sí—, contraatacó, por fin deteniendo sus golpes. Giró sobre sus talones para recoger la botella y beber un poco de agua, aún sintiendo la mirada de Cuatro sobre ella. Giró nuevamente para encarar al chico, con la botella aún bailando en sus labios.
Él se fijó en sus nudillos y lo lastimados que se encontraban.
—Deberías dejarlo ir—, se acercó la chica y dijo en voz baja—. Si te deja así las manos, es un mal recuerdo. Déjalo ir.
—¡Cuatro!—, Eric lo llamó.
Él acaba de... oh, sí lo hizo. Mal movimiento, amigo.
—Muy observador, Cuatro. Pero creo que mis recuerdos no deberían importarle a nadie en esta etapa de entrenamiento. ¿O sí?—, el fastidio y enojo se filtraron en su voz.
Hoy no estaba de humor para nada. No quería hablar, mucho menos que le hablaran. Era uno de esos días en los que sólo quería desaparecer un rato y olvidarlo todo y a todos.
Cuatro la dejó sola, notando su estado de ánimo. Fue con Eric pues él lo necesitaba, al parecer un chico debía ir a la enfermería porque se había lastimado.
—¡Pueden descansar!—, la voz de Eric resonó en todo el lugar.
( . . . )
—Te dije que habría pastel, niña de poca fe—, rió Uriah acabando con su tercer pedazo de pastel.
—Lo noté—, dijo y se sentó junto a su amigo—, y efectivamente es delicioso.
—¿Delicioso? ¡¿Delicioso?!—, dijo escandalizado—. Es más que delicioso, es divino, es majestuoso, es superior, es... perfecto.
—Muy bien, hermanito, entendimos—, Zeke calmó a su hermano—. Cállate y come.
—Será un honor—, y el moreno empezó a comer su cuarto pedazo de pastel.
Ella sólo le robó un poco a su amigo, porque, la verdad, no tenía hambre y dudaba poder acabarse un pedazo ella sola. Aprovechando ese pequeño descanso que Eric les había dado, comió algo, descansó un rato e intentó ver si hablar con Uriah le alegraba el día.
—Oh, vamos. Quita esa cara de tragedia. Desde que te vi esta mañana la tienes y no la has cambiado—, Uriah empezó a alegar. Poniendo su dedo índice justo en el entrecejo de la castaña, donde una pequeña arruga se formaba cuando ella fruncía el ceño -arruga la cual se había instalado allí desde la mañana—. Te pueden salir arrugas por eso, sabes.
—Lo sé, Uriah—, suspiró, le dio una palmada a la mano de su amigo, alejándola de su rostro. Metió sus manos en los bolsillos de la chaqueta.
—¿Y?
—¿Y, qué?
—Por lo menos una sonrisa—, negoció su moreno amigo, moviendo sus cejas perforadas. Hizo una cara extraña y ella no pudo evitar sonreír, haciendo que Uriah pusiera una expresión de triunfo—. Ah, gané. Soy el mejor. Adúlenme, simples mortales.
-V