Cap. 2

1358 Palabras
Subió al tren sin problema, casi parecía una Osada más, de no ser por los tonos rojos y amarillos que salían de debajo de la gran sudadera negra que usaba. Casi. Se sentó en la puerta del tren, dejando que sus piernas colgaran por el borde. Esta será la última vez que suba al tren como una... Hippie. Pensó casi con gracia. Si llego a la Ceremonia viva, iré a Osadía, estoy segura. Ya es hora de...- de buscar un hogar. Pensó que en el fondo de su ser, tal vez, se sentiría mal por irse de su facción de origen. Sin embargo no halló ese sentimiento por ningún lado. Solo podía sentir el alivio liberador de poder alejarse de aquellos cordiales que, a fin de cuentas, no eran tan cordiales. Alivio y adrenalina. Una extraña combinación, pero excelente. Rió a carcajadas. Así como lo hacían los Osados cuando sentían una alegría desmesurada en su interior. ¡Lo dejaría atrás! ¡Por fin, maldita sea! Rió. Rió tanto que su estómago dolió aún más y tuvo que recostarse en el suelo del vagón. Sentía las vibraciones de los poco uniformes rieles chocar contra las ruedas del tren, sentía la brisa chocar contra su cuerpo, sentía un torbellino de emociones. Y por primera vez en mucho tiempo se atrevió a decir que estaba feliz. El tren disminuyó su velocidad un poco, tomó esto como señal de que estaba cerca de los complejos de Erudición. Escabullirse en la noche para ir literalmente a la casa de los líderes era considerado s*****a. Pero no podía negar que la adrenalina golpeando su cabeza y el corazón latiendo tras sus orejas, se sentía increíble . Eso, sin contar que, si tenía suerte, a veces llegaba a escuchar conversaciones interesantes. Este no era uno de esos casos. La noche pasó aburrida a su parecer. Caminaba lentamente por las calles oscuras, alejándose ya de la ciudad, si sus cálculos no fallaban, estaría en los campos de Cordialidad en siete minutos. Era ya ese momento de la noche en que los recuerdos empezaban a atormentar y los miedos junto al odio a dominar. ¿Por qué le es tan difícil a los otros ver? Ver que no todos tienen una vida perfecta, ver lo que él ha hecho todos estos años. ¿Por qué no pueden ver? ( . . . ) Ingresó a la gran sala repleta de gente de todas las facciones. Todos separados los unos de los otros. Verdad, de blanco y n***o, la seriedad abundaba. Erudición, de azul, arrogantes como siempre -los detestaba. Abnegación, de gris, callados y retraídos. Osadía, de n***o, ruidosos y evidentemente alegres. Luego estaba Cordialidad -pensó casi con asco-, de rojo y amarillo, repartiendo alegría y amabilidad que ni siquiera ellos mismos tenían. Hipócritas. Empezaron a llamar a los jóvenes en orden alfabético invertido, empezando por la Z para acabar con la A, tomando como referencia los apellidos. Y siendo Reds uno de los primero, decidió que tenía tiempo suficiente para analizar a cada uno que subiera a la tarima. Porque no necesitaba pensar en la Facción que escogería, lo tenía claro. Osadía, retumbó en su mente. Miró la tarima en la cual había una mesa y en ella se encontraban ubicados cinco tazones, cada uno con algo representativo de cada fracción: Abnegación, piedras grises; Erudición, agua; Verdad, vidrios transparentes; Osadía, brasas ardiendo; y luego nuevamente su facción: Cordialidad... tierra. —Haz buena cara o de lo contrario no me molestará darte una buena dosis... Susurró brusco su padre, sentado curiosamente detrás de ella. Y ambos sabían que no hablaba específicamente del suero. No. Pensaba golpearla, otra vez. Se tensó inmediatamente, apretó los puños y la mandíbula. Y su estómago dolió otra vez, su espalda también. Su labio roto dio una punzada de dolor. Recordó la paliza de la noche anterior, los golpes, seguramente uno de estos había dejado su labio así. Vaya cobarde. Pensó con rabia. Pues en su casa no habían espejos y no es que siguieran los ideales Abnegados, solo que cada espejo que tenían en esa casa terminaba roto en pedazos o trozos de este enterrados en su cuerpo. —Reds. Una imponente voz llamó desde la tarima. Marcus Eaton observaba a la chica caminar desde su asiento hasta posicionarse frente a sí, entonces él le tendió una daga. Ella la tomó con el odio creciendo en su interior. Había escuchado rumores de Marcus, y claramente eran ciertos. Ella lo sabía. Lo veía en él. Así se veían los monstruos. Apretó el filo de la hoja contra su piel, creando un corte del cual empezó a salir sangre inmediatamente y extendió su mano hacia los tazones. No lo tuvo que pensar. No dudó. Derramó su sangre en aquel que contenía las brasas. —¡Osadía! Volvió a gritar Marcus a la vez que ella bajaba de la tarima y caminaba hacia su nueva facción. Hacia su libertad. El bullicio causado por los Osados era tremendo, en comparación con las otras facciones que sólo aplaudían secamente. Silbidos, aplausos, vítores e incluso algunos gritos. —¡Bienvenida!—. Le decían varios a la vez que ella caminaba a una silla que, muy amablemente le había cedido un Osado. Otros varios le palmeaban la espalda fuertemente y otros le extendían los puños cerrados para que ella los chocara en un gesto amistoso. Incluso hubo algunos que la tomaron de los hombros y la sacudieron, demostrando su emoción. Una buena bienvenida. Cuando todos escogieron la facción a la que querían pertenecer, los Osados fueron los primeros en ponerse en pie y salir por la puerta como alma que lleva el diablo. Bajaron corriendo por las escaleras gritando, aullando, riendo, hablando. Corrieron hacia el tren que se aproximaba a gran velocidad. Treparon por la plataforma y en cuestión de segundos el tren apareció. Le tomó unos segundos recobrar el aire en sus pulmones pues no estaba acostumbrada a tanta actividad física. —¿Qué pasó, Hippie? ¡Nos va a dejar el tren! Dijo un muchacho moreno obviamente nacido en Osadía. Ni siquiera le importó el apodo, porque ella ya no era de Cordialidad... ahora era de Osadía. El muchacho la tomó del brazo y tiró de ella en dirección a un vagón del tren. Subieron a la vez, tomando aire una vez dentro, llenando sus pulmones de aire. Ella no pudo evitar reír. Asomó su cabeza por la puerta y vio a una Abnegada correr tan rápido como podía, hacia el tren. Tuvo un pequeño debate interno en si ayudarla o no; finalmente ganó su parte bondadosa. Estiró su brazo y la ayudó a subir. —Gracias—, dijo la estirada una vez dentro. —Olvídalo. Se mantenía en silencio, aislada como de costumbre. No le importaban las conversaciones que se desarrollaban en el tren. La estirada ya había entablado una conversación con una chica llamada Christina y un chico llamado Will. Se fijaba en los detalles, era meticulosa aunque no lo pareciera. El chico moreno con el que había hablado hacía un rato, hablaba con sus amigos osados. Cuando menos lo notó el chico se acercó nuevamente a ella, estiró su mano en un gesto extrañamente muy formal para su gusto. —Uriah. —Reds. O como sea, da igual—, estrechó su mano, extrañada alzando una ceja en señal de desconfianza.  Si odiaba su apellido solo por ser el de su padre, su nombre lo odiaba aún más, por el simple hecho de que había sido él quien lo había escogido. El moreno sonrió y le hizo un gesto a sus amigos para que se acercaran. Así lo hicieron. Ellos seguían hablando pero a ella poco le importaba. Había dejado de poner atención hacía un rato. —Creo que tal vez no te guste esto pero, hay que saltar otra vez. Ella miró al chico notando que no bromeaba por su expresión facial. Los amigos de él  ya habían saltado y dentro solo quedaban unos pocos. —¿Juntos?—, dijo cortésmente Uriah, tendiéndole una mano la cual aceptó. —Seguro. Saltaron. -V
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