Ignoró el ardor en sus codos y rodillas, y las punzadas en su estómago y pecho para ponerse en pie y caminar hacia el grupo de gente que se había reunido alrededor de un muchacho rubio, lleno de tatuajes y perforaciones.
Para variar, no puso atención a lo que decía el hombre. De su largo discruso concluyó que era uno de los líderes, que era arrogante y un completo imbécil con delirios de grandeza. Y que básicamente, para entrar a los complejos de Osadía debían saltar al vacío, sin saber si era una muerte segura o una entrada legítima.
—¿Quién será el primero?
Uriah le golpeó las costillas, llamando su atención, le dio una mirada, o mejor dicho esa mirada. Fingió no entender al muchacho, manteniendo su mirada en Eric. Uriah insistió.
—No te estoy entendiendo—, susurró en tono enojada.
Uriah volteó los ojos y sonrió triunfante. Algo en él le decía que ella era del tipo competitivo... Una corazonada tal vez. Y tenía razón.
Ella miraba las caras de los otros iniciados, se fijó en la estirada. Tenía intenciones de saltar primero, así que se adelantó, fue, más que nada, un impulso. Sí, era competitiva.
—Yo lo haré.
—Adelante—, Eric se alejó del borde con una sonrisa egocéntrica. Casi como si hubiera ganado una batalla que ni siquiera había empezado.
Trepó con suma facilidad al borde y miró abajo, viendo únicamente un vacío en penumbra. Se regañó a sí misma por haber abierto la boca. Sin embargo pensó casi al instante que si había escogido Osadía era porque buscaba ser ella completamente, ser libre, no se iba a reprimir nunca más. La niña de Cordialidad nunca existió, no más "Reds", solo era ella, la chica nacida en la facción incorrecta que finalmente hallaba su hogar.
—Vamos, Hippie, no tengo todo el día—, presionó Max, uno de los líderes de facción.
"Igual de mediocre. De tal palo, tal astilla. Vete de aquí, no me hagas perder el tiempo como lo hizo la zorra de tu madre".
La rabia la llenó con el solo recuerdo de su voz. No dudó un segundo más y saltó.
El ruido del viento chocando contra su cuerpo a gran velocidad, era ensordecedor, el vacío en su estómago causado por la caída le causaba un cosquilleo casi placentero... y el choque de su cuerpo contra una red al final de la caída fue... impresionante. El aire abandonó sus pulmones por un momento.
Se quedó recostada allí, mirando hacia el cielo. Una red, había una maldita red. Rió para sus adentros, llena de gozo.
Una figura tiró la red, haciendo que su cuerpo rodara por ella hasta ésta. Allí unos brazos fuertes y unas manos ásperas y firmes la rodearon por la cintura, ayudándola a bajar de la red.
Cuando sus pies tocaron el suelo, levantó la vista, hallando un par de ojos azules, calculadores y cálidos; mirándola fijamente. Era un hombre, tal vez dos años mayor que ella, de pelo castaño, piel un poco bronceada, y, a pesar de que una gran chaqueta de color n***o cubriera sus hombros, notaba sus brazos marcados.
Las emociones dignas de una muchacha de dieciséis años, despertaban finalmente.
Notó que las manos del muchacho seguían alrededor de su cintura y antes de siquiera sentir vergüenza o los típicos nervios de una adolescente; sintió miedo. Miedo de que pudiera tocar alguna cicatriz.
—¿Qué? ¿Alguien te empujó?—, dijo él con un tono juguetón y una sonrisa surcando sus labios.
—No.
El chico pareció notar la incomodidad de la muchacha y apartó sus manos de su cintura.
—Tu nombre.
"—Dicentra Spectabilis. Mejor conocida como Valentine. Sus flores tienen forma de corazón.
—¿Qué con eso?
—Son para ti, hija. Para que siempre que las veas, me recuerdes. No solo te doy flores, te regalo mi corazón.
—Gracias, mami."
—Valentine.
El muchacho sonrió y miró a los Osados que observaban el espectáculo.
—¡Primera saltadora: Valentine!—, gritó y los aplausos y silbidos no se hicieron esperar. Esta vez se dirigió a ella: —Bienvenida a Osadía.
La guió hasta el pequeño grupo de osados que la esperaban ansiosos, con una mano en su espalda baja. Él se alejó, nuevamente acercándose a la red, listo para ayudar a bajar al siguiente iniciado.
—Nacidos en Osadía con Lauren. Trasladados conmigo. Andando.
Tuvo que despedirse de Uriah.
—Normalmente trabajo en Inteligencia, pero durante la iniciación seré su entrenador—, empezó decir el muchacho, caminando por los poco iluminados pasillos de Osadía—. Mi nombre es Cuatro.
Se detuvo y miró al grupo, paseando su mirada por todos los transferidos, deteniéndose unos segundos en Valentine.
—¿Cuatro? ¿Cuatro, como el número?
—Cuatro como el número—, afirmó serio.
—¿No estaban disponibles del uno al tres?
El muchacho rió irónico, acercándose intimidante a la muchacha que había hablado. Es de Verdad, qué sorpresa; pensó sarcástica.
—Tu nombre.
—Christina.
—Muy bien, Christina. La primera lección que vas a aprender de mi es a mantener la boca cerrada.
La muchacha morena se quedó callada, casi temblando pues el tono de voz empleado por él había sido fuerte sin llegar a ser un grito.
Un escalofrío la recorrió completa.
—Andando.
Cuatro les dio un tour por los complejos de Osadía. Les mostró el Pozo y el Abismo, terminó mostrándoles los dormitorios.
—Dormirán aquí lo que dure la iniciación. A las ocho de la mañana inicia el entrenamiento, sean puntuales. Los baños están allá, les encantarán—, señaló una zona completamente abierta—, notarán que es difícil guardar secretos aquí.
Dijo burlón. Todos los transferidos soltaron muecas y quejas de inconformidad.
—Hay ropa sobre sus camas. Vístanse.
Todos se quedaron estáticos en sus lugares. Ella aprovechó para tomar la cama más cercana a la puerta. Segundos después todos se dispersaron y empezaron a escoger sus camas, unos cambiando su ropa al instante.
—Lindas piernas, estirada—, le gritó un chico de Verdad a la chica rubia que había ayudado antes; quien ya le empezaba a caer mal.
Él y su séquito de idiotas rieron ante su comentario, y otro chico les siguió el juego, esta vez gritando en su dirección alguna obscenidad, pues ella estaba a punto de desnudarse.
—Vamos, Hippie, muestra más piel.
Ella tenía una duda en su interior: ¿Cómo desnudarse, sin mostrar las cicatrices y los golpes en su cuerpo?
—Cállate, Peter—, un chico castaño de pelo ondulado salió a defenderlas. Él ya estaba vestido con la ropa que les habían suministrado y miraba a la muchacha con algo de pena.
El chico se acercó a ella.
—No te preocupes—, intentó sonreír amablemente.
—No hay problema, no me molesta—, el muchacho tomó la cobija que yacía sobre la cama de la chica y la sostuvo estirada para cubrir el cuerpo de la muchacha, a modo de cortina—, por cierto, soy Will.
—Valentine.
Se quitó la ropa de Cordialidad y se puso la de Osadía. No le quedaba perfecta, la camisa le apretaba un poco en el pecho y el pantalón le apretaba en los muslos. La chaqueta le quedaba enorme, tanto, que sus manos quedaban escondidas en las mangas.
Y no. No es que ella fuera pequeña, al contrario, es que la chaqueta era muy grande.
—Ya. Gracias.
Will bajó la cobija y la dejó sobre la cama. Le dedicó una sonrisa algo cálida y miró a sus otras dos "amigas".
Ella se fue sin decir palabra alguna, fue una de las primeras en salir del dormitorio, tras ella iban los tres chicos, Will, Christina y... ¿Tris? Bueno, la estirada.
El bullicio proveniente del comedor era increíble. Le encantaba.
Muy a su pesar, podía decir que ya se había encariñado con su nueva facción. Y, no se atrevería a decirlo en voz alta, pero, tal vez, también se estaba empezando a encariñar con las personas de ésta.
-V