Salió del baño y su esposo la miró. No importaba la mentira que Elena tuviese pensada para justificar sus ojos tan inflamados, su esposo bien sabía que ella había estado llorando, dudaba que fuese a raíz de la caída que ella había sufrido. «Si es que en realidad se cayó», pensó él, dudando de la palabra de su mujer. Jaime se acercó por la espalda a su mujer, la abrazó, aquel contacto tomó por sorpresa a Elena, pues muy pocas veces su esposo le demostraba amor, y ahí estaba el dilema: su esposo no era malo, pero tampoco bueno, una parte de ella se sentía culpable al serle infiel, y otra se sentía a gusto, pues sentía que se lo merecía. —No llores, cariño —le dijo, dejándole un dulce beso en el cuello—. Es por el bien de ella que lo hacemos. —Lo dices porque no estabas aquí —replicó

