Mateo Santoro. Me encontraba en el carro con Giana. Ella apenas me miraba, perdida en la ventana, con esa expresión de perrito que lo llevan a vacunar. Me daban ganas de zarandearla, de obligarla a mirarme, pero no lo hice. Sabía que ese era mi momento de control, y no iba a ceder. Llegamos a una de las joyerías más costosas de la ciudad. Todo era lujo y luces que reflejaban en las vitrinas como si quisieran burlarse de mí. Tenía tantas cosas en la cabeza que jamás se me pasó por la mente que tenía que comprarle un anillo. Todo este tiempo ella en la calle, con los tipos mirándole el culo, y yo… ni una puta idea de que debía marcar el territorio de otra manera. Subimos al edificio y nos recibió un hombre de traje impecable, con una sonrisa calculada, como si supiera que yo era alguien q

