Giana. Subí a la habitación, con el corazón golpeándome el pecho, y al abrir la puerta me quedé sin aire. Alessandro estaba allí, de pie junto a la ventana, con su cabello oscuro cayéndole en ondas sobre la frente y sus ojos negros clavándose en mí como dos abismos familiares. —Alessandro… —susurré apenas. Solté la manija, cerré la puerta a mis espaldas y corrí hacia él. Alessandro abrió los brazos y me recibió con un suspiro profundo, envolviéndome. Me alzó con facilidad, levantándome del suelo como si pesara nada, y yo rodeé su cuello con desesperación. —Te extrañé… —le dije con la voz temblorosa mientras lo miraba a los ojos—. Alex, no sé cómo agradecerte… de verdad. Él apoyó la frente contra la mía, su respiración rozándome los labios, y me acarició la espalda con una mano firme y

