—¿Por qué dices esas cosas? —pregunté apenas, sintiendo mis mejillas arder. Él rió bajo, esa risa rota que siempre me estremecía. —Porque es verdad —sus dedos rozaron mi mandíbula, apenas, como si no pudiera evitarlo—. Te juro que lo único… lo único de lo que me arrepiento… —acercó sus labios a mi oído, su respiración cálida recorriéndome el cuello— …es de no haberte hecho el amor esa noche de tormenta. Un escalofrío me recorrió entera. —De no saber cómo se siente tu piel… —sus dedos descendieron por mi brazo, rozando la tela, lento, como si quemara— …ni el sabor de tus labios cuando tiembla el mundo afuera. Mi pecho subió y bajó con fuerza. —Alex… —susurré, sin aire. Él sonrió, esa sonrisa peligrosa y herida. —Dios, Giana… —sus ojos viajaron a mi boca, luego volvieron a los míos—.

