Después de ducharme y vestirme, tomé a mi gatita en brazos. La llamé Panterita; su suave pelaje n***o y sus ronroneos constantes eran mi único consuelo. Ella y Marina se habían convertido en mi única compañía en estos días interminables de encierro y tristeza. Bajé las escaleras y el aroma cálido de la sopa me golpeó de inmediato. Marina me esperaba en la cocina con una sonrisa suave, intentando transmitir calma. —He preparado tu favorita, cariño —dijo, dejando el plato humeante frente a mí. Me senté a la mesa, acariciando a Panterita que se enroscaba en mi regazo, y aunque intenté concentrarme en la sopa, mi mente no dejaba de divagar. Extrañaba la libertad, mis estudios, incluso las simples charlas con gente de mi edad. Todo lo que tenía ahora era este encierro y la montaña rusa que e

