Me desperté lentamente, sintiendo un dolor sordo en todo el cuerpo, y lo primero que percibí fueron las paredes blancas y frías de la clínica. Un cosquilleo suave recorrió mi rostro y abrí los ojos con esfuerzo. Ahí estaba él: Mateo, con su cabello oscuro desordenado por la preocupación y esos ojos grises que podían derretirme de un solo vistazo. —Pelirroja… —susurró, su voz temblando apenas entre el alivio y la tensión—. Despierta… Mi voz salió ronca y débil: —¿Dónde estoy…? —pregunté, aún mareada, sintiendo cómo mi corazón se aceleraba al verlo tan cerca. Él se inclinó un poco, apoyando una mano firme sobre la cama junto a mi cabeza, como si temiera que me fuera a escapar. Su otra mano rozó mi mejilla con suavidad, recorriendo mi piel con un cuidado casi reverente. —Estás en la clíni

