Giana Marina prácticamente me arrastró al baño. Me lavó el cabello con esa delicadeza que solo ella tiene, pero yo apenas podía mantenerme de pie del mareo. Después me ayudó a ponerme lo primero que encontré: un vestido sencillo, de tirantes, que en cualquier otro día habría odiado ponerme… pero hoy no tenía fuerzas ni para protestar. Bajé las escaleras apoyándome del barandal y ahí estaba él… ese miserable, impecable, oliendo a colonia cara, mirándome como si yo fuera una molestia. Yo sentía el estómago revuelto, la garganta apretada, y una debilidad que me daba miedo. Nos subimos a la camioneta. El chofer conducía, atento a todo, y Mateo se sentó a mi lado como si fuera un maldito rey. Ni siquiera intentó tocarme, pero podía sentir su enojo, su fastidio… y su orgullo herido. Me apret

