Mateo Santoro. Me encontraba en un bar con Raúl, uno de mis mejores amigos. Él es primo de Sonia y m*****o de los Ouffits, y nos conocimos hace años, entre reuniones y negocios de la familia. La última semana había sido un caos de reuniones, llamadas y compromisos; no había tenido un solo momento de tranquilidad. Mi teléfono vibró sobre la mesa. Era un mensaje de Giana: "¿Vendrás a casa?" Suspiré y respondí sin levantar la vista del vaso: "Estoy ocupado, pelirroja. Dile a Alessandro que te lleve a pasear." Raúl me miró curioso, notando el nombre en la pantalla, y arqueó una ceja: —¿Otra vez la Lombardi? —preguntó, con esa mezcla de burla y complicidad que siempre tenía con él. Negué con la cabeza, divertido y un poco resignado: —Sí… parece que no entiende que estoy atrapado en reu

