Él se acercó a mí con un vaso de jugo y con un tazón con algo de comer.
—Supongo que después de un día largo de clases necesitas comer algo, perdón por no llevarte a un restaurant, no me gustan mucho, prefiero que los chefs cocinen para mí. —mencionó mirándome fijamente mientras comía un poco de tarta de yogurt.
—¿Por qué me lo dijiste? —pregunté ignorando su comentario de hace un segundo, él se me quedó viendo porque no ha entendido mi pregunta—. Tu nombre, por qué me lo has dicho. —mencioné nuevamente.
—Porque, por alguna razón, confío en que no se lo dirás a nadie. —agregó acercándose para morder la tarta que tenía entre mis manos. Sonreí por su leve intento de que se mantuviese en su boca, parte de la galleta terminó resbalando por su labio—. Creo que no han preparado bien esto, no fue lo que pedí.
—¿Y qué pediste? —pregunté sonriendo y mirándolo.
—Lo tengo enfrente de mí. —susurró mirándome y acercándose lentamente para besarme, ¿Qué haría? Sentía su respiración cada vez más cerca, pero no estaba segura, terminé quedándome quieta, pero había entendido mal, no quería mis labios, sino un cupcake que estaba detrás de mí. Sonreí tímida. —No es tan dulce cómo lo pensé.
—¿Deseas algo dulce? —pregunté, parecía un niño chiquito—. Conozco una cafetería donde hacen unos postres riquísimos. —agregué. Ambos terminamos bajando de nuevo, claro que esta vez nos subimos a un carro, el mismo de la primera vez que nos vimos, creo que me daba más frío de lo esperado andando en moto.
Greco Morelli
Horas antes.
Mi plan se había puesto en marcha esa noche, ahora solo tenía acercarme lo suficiente a esa mujer para que me dijese la ubicación exacta de su casa, necesitaba encontrar al hombre que acabó con mi infancia.
—¿Dónde vas amor? —preguntó Gianna. La verdad no sé qué le pasaba, sabe perfectamente que lo nuestro no es nada, exceptuando el sexo, es lo único bueno de nuestra relación, por lo demás, ambos nos casamos por conveniencia.
—No tengo que darte explicaciones, así como tú tampoco a mí. Lo sabes. —mencioné y salí de la habitación que compartíamos de vez en cuando, ella venía recién llegando, anoche se quedó a dormir con uno de sus amantes y la verdad no me importaba.
—Que humor. —dijo ella refutando. Me devolví y tomé su rostro en mis manos, sus labios se encontraban hinchados, por lo menos uno de los dos la había pasado bien anoche, las pesadillas me destruyeron más de una vez.
—El que te encanta, preciosa. —dije pasando mi lengua por encima de sus labios y ella sacó la suya para que las uniéramos—. Dúchate, te llevaré a la universidad. —agregué separándome de ella, cuando se volteó le propiné una nalgada y luego salió corriendo al baño a darse una ducha, dejó la puerta abierta, tal vez deba quedarme un poco más…
Ingresé a la ducha con ella quitándome la ropa y jalando de su cabello, tuvimos sexo pasional y netamente carnal, sin sentimientos de por medio, dispuestos a satisfacernos de mil maneras, cómo siempre que lo hacíamos.
Sus manos comenzaron a trazar caricias en mi abdomen desnudo mientras buscaba una camisa en mi closet, esta casa era por mucho menos mi favorita y no veía la hora para comprar una que estuviera a mi altura, mi apartamento de soltero no estaba nada mal, iba allí de vez en cuando cada que tenía que trabajar o que quería pasar tiempo solo, constantemente lo usaba, a Gianna no le importaba en absoluto.
La llevé en la moto, mi esposa es muy hermosa, pero así cómo le gusta vestir fino, elegante y llena de joyas es una de las personas más sádicas que he conocido en mi vida, no tanto como yo, pero tiene lo suyo y eso hace que tengamos de que hablar cuando nos aburrimos del sexo.
Una de las cosas buenas, Alexandra también estudia aquí, razón por la cual traje a Gianna hoy y le recomendé esta universidad, que es la mejor de la ciudad.
Una entraba y la otra venía de salida, la vida por fin intentaba sonreírme, en el sentido más retorcido de la palabra.
La traje a mi apartamento, por un instante pasó por mi cabeza la idea de seducirla, pero ya se encontraba sufriendo por culpa de un mal de amor, me deshice de aquella idea rápidamente y decidí no hacerla pasar por uno nuevo, solo necesitaba ganar su confianza y que me diera la dirección de su hogar, pero se encontraba empeñada en negármela, no iba a mandar a mis hombres a hacerle guardia porque de seguro se percatarían de ellos, es mejor que el chico misterioso siga llevando a la dulce niña al barrio y así nadie preguntará nada.
—¿Y bien? ¿Qué te parece? —dijo ella cuando le di un mordisco a una de las tartas que tiernamente había escogido para mí.
—Está muy buena. —mentí. No me gustaban las cosas dulces, pero seguramente a ella sí, solo deseaba tener algo de qué hablar con ella y ahora me encontraba en una cafetería cómo un chico despreocupado de la vida y sin ningún trauma que, evidentemente, yo si tenía.
—En lo personal prefiero uno más amargo. —mencionó sorprendiéndome—. ¿Sabes por qué te traje aquí? —preguntó y me encogí de hombros—. Porque aquí tienen el mejor pie de limón del mundo, el más agrio con el mejor merengue que he probado y es la combinación perfecta de dulzura y amargura en el paladar. Podría comerme uno entero yo sola. —agregó.
—Hazlo. —respondí sin más—. Anda, si lo quieres todo, comételo. No diré nada al respecto y quizás también pruebe un poco, si lo recomiendas debe ser bueno en verdad. —mencioné sonriendo de lado.
—Estás loco. —dijo ella en medio de una sonrisa, su rostro tierno y sus ojos color azul cómo el cielo, eran hermosos, las pecas que tenía eran capaces de enloquecer a cualquiera, ¿Cómo es que su exnovio cometió el error de dejarla? ¿Qué ocultas, Alexandra? Detrás de ese dulce rostro tiene que haber algún secreto—. ¿En qué piensas cuando me ves? —preguntó sacándome de mis pensamientos.
—En nada tan difícil de explicar, pero sí de entender. —mencioné aún con mi vista fija en la suya, de pronto sus mejillas se enrojecieron y sonreí, me encantaba ese efecto que tenía mi mirada sobre ella—. Tengo curiosidad de saber por qué tu ex te dejó. —mencioné de pronto.
—Creo que no es un buen momento para hablar sobre eso, pero algún día te lo contaré. —mencionó ella—. Y tú, ¿Estás con alguien? ¿Te has enamorado alguna vez? —preguntó de aquella forma tan tierna que tenía de ser, de existir.
—No hay lugar para el amor en mi vida, Alexandra. Mi familia sufrió demasiado cuando era apenas un niño y todas esas heridas siguen abiertas en mí, amar a alguien ahora mismo sería cómo entregarle todo mi sufrimiento. Soy incapaz de poner a alguien por encima de mí, solo soy yo. —mencioné mirando a la ventana detrás de ella.
—Qué profundo y sincero. —mencionó ella escondiendo sus labios en el té que pidió hace unos minutos.
—No tengo necesidad de ocultarte una pregunta tan sencilla. —mencioné sonando algo distante. Estaba casado, sí, pero nunca me he enamorado y no usar mi anillo de matrimonio era la prueba de ello.
Su expresión cambió, de pronto su mirada pasó a una llena de alegría a una cargada en tristeza y sentí una punzada que nunca había sentido. ¿Qué significaba? ¿Qué había pasado con ella? ¿Dije algo? No, no dije nada.
—Creo que es mejor que nos vayamos, ya se hace tarde y tengo que llegar a mi casa. —mencionó ella de pronto dejándome en la incertidumbre de si yo había sido el causante de su repentino cambio de humor.
—¿Dónde te dejo? —pregunté mirándola y tratando de entender que había pasado, afuera las gotas de lluvia comenzaban a hacer ruido—. Mierda, no traes chaqueta. —mencioné nuevamente.
—Dónde siempre, y estaré bien. —mencionó levantándose de la mesa y yendo a pagar, pero me interpuse y pagué primero que ella—. No era necesario, yo te invité aquí. —dijo ella.
—Técnicamente yo te traje en mi coche. —dije tratando de apaciguar su estado de ánimo, pero no resultó mucho. Me quité la chaqueta cuando llegamos a la puerta y la puse sobre nuestras cabezas, si bien no nos cubriría por completo ayudaría algo. Ella sonrió al mirarme y luego tomó un extremo de la prenda, parecíamos dos adolescentes pubertos.
—No era necesario que lo hicieras. —comentó cuando la dejé con la chaqueta y abrí la puerta del carro para que ella se subiera, sonreí o más bien solo gestioné una mueca, no sé qué pasaba conmigo hoy, es cómo si no recordase lo que estaba haciendo y estar a su lado apaciguase la llama de la venganza encendida en mi oscuro corazón—. Quedaste empapado. —mencionó de pronto.
—Tranquila, estoy bien, se hace falta más que unas gotas de lluvia para enfermarme, solo importa que tú estés bien. —mencioné mirando directamente la carretera, nos encontrábamos en camino a su casa, al menos al lugar que ella me indicaba siempre.
—Ya tengo una de tus chaquetas en mi hogar, no quiero quedarme con una segunda. Además, ¿Por qué te interesa tanto mi bienestar? —preguntó. Me quedé pensando en una respuesta que ni siquiera yo tenía. ¿Era simple caballerosidad? Ni idea.
—Supongo que es porque me recuerdas a alguien a quien perdí hace mucho. —dije en apenas un susurro, ella inclinó su cabeza para poder ver mis ojos, le eché una simple ojeada y luego dirigí mi mirada a la carretera, creo que esto no está tomando el rumbo que debería tomar. Siguió mirándome, provocando que me sintiese extraño—. ¿Sucede algo?
—La verdad, te iba a preguntar lo mismo, te noto más distante que ayer. —dijo tímida, cómo si tuviese miedo a mi respuesta y claro, la última vez que preguntó, me exalté demasiado.
—Tengo días buenos y malos cómo todo el mundo, pero créeme, a tu lado la paso más que bien, eres muy agradable. —dije sin pensar mucho en la respuesta, pero a la vez, dando a entender.
—Agradable. —susurró ella mirando a la ventana, creo que ahora no quería fijar su vista en la mía. La miré sintiendo algo de tensión en el ambiente y puse una de mis manos en su muslo, ella se estremeció y luego me miró—. ¿Qué haces? —preguntó mirándome de una manera distinta.
—La quito si te molesta, solo sentí que era lo apropiado para evitar cierta incomodidad entre nosotros. Después de todo ya nos conocemos desnudos, no le veo el problema. —agregué sabiendo perfectamente que no era del todo cierto.
—No me lo recuerdes. —mencionó—. No soy capaz de recordar absolutamente nada. —dijo nuevamente, obviamente no, estaba muy tomada.
—Creo que tendrás que dejar de tomar hasta agonizar, no es una manera sana de vivir. —mencioné seriamente. No sabía si sentirme bien con esto o no.
—Fue la primera vez que excedí tanto mis límites, nunca lo había hecho y mucho menos acostarme con un desconocido y terminar teniendo relaciones con él. —mencionó mirando fijamente mis ojos.