fiebre y fuego

1414 Palabras
Tres días después, Aleksander estaba en su despacho impecable como siempre, revisando documentos cuando el sonido de unos pasos lo hizo levantar la vista, era Ana, con un pantalón jean, una sudadera con capucha y recogido su cabello en un moño despeinado, con una pequeña herida en el labio, pero con los ojos ardiendo. —No me voy a ir —dijo con firmeza. Aleksander se quedó helado. —No entiendo qué parte no has comprendido. —La parte donde tú crees que puedes destruirme y que yo simplemente voy a desaparecer —replicó ella—. No lo haré Aleksander, si tú y yo tenemos algo en común es que tú tampoco sabes nada sobre mi, tu no me conoces, no sabes de lo que soy capaz de hacer o tolerar, ya he vivido en el infierno y tú no me asustas, Aleksander. Él la miró por unos segundos, luego cerró los documentos con lentitud. —Estás jugando un juego peligroso, Ana. —Lo sé. —Puedo destruirte —dijo con calma. —Entonces hazlo, pero si no vas a hacerlo, déjame quedar, porque si en algún rincón de tu ser todavía queda algo humano... sabes que yo ya no estoy aquí por dinero, estoy aquí por ti. Un silencio pesado se extendió entre ellos. Finalmente, Aleksander se levantó, caminó hacia ella... y por primera vez en semanas, le tocó el rostro con una delicadeza que no parecía posible en él. —Eres una maldita necia —susurró. —Lo sé —respondió Ana— pero quiero ser tu necia quiero ser todo par ti Y aunque Aleksander no lo dijo en voz alta, por primera vez en su mirada hubo algo distinto, algo que ni el dinero, ni el poder, ni la violencia podían comprar, era miedo, miedo de necesitarla. ____ Pasaron tres días sin noticias de Aleksander. No había mensajes, llamadas, choferes ni señales, sus asistentes personales no contestaban, su número estaba fuera de servicio, Ana intentó mantenerse serena, repitiendose una y otra vez que todo debe estar bien que un homrbre como el debe tener sus razones para desaparecer nuevamente… pero el silencio comenzaba a enloquecerla. El cuarto día, a las seis de la tarde, con la ciudad congelada bajo una tormenta de nieve, Ana tomó un taxi hacia el único lugar que no había revisado: una mansión en las afueras de San Petersburgo, una propiedad que Aleksander había mencionado una sola vez, de forma casual, como “el único lugar que le trae paz" Llegó empapada, con las botas llenas de lodo congelado y las manos entumecidas tocó la puerta varias veces sin recibir respuesta, cuando el viento arreció, y las lágrimas le quemaban los ojos, se armó de valor y empujó la pesada puerta de madera. Estaba abierta. El interior era oscuro y estaba helado a pesar de ser una propiedad hermosa era inevitable no sentir escalofríos, olía a encierro y abandono, avanzó con el corazón latiendo salvajemente, subió las escaleras despacio, cada crujido bajo sus pies se le clavaba en los nervios como una amenaza. En el segundo piso, empujó una puerta entreabierta. Y allí estaba. Aleksander, semiconsciente, tirado en una cama deshecha, con el torso desnudo, la frente cubierta de sudor, la piel pálida, los labios partidos, el hombre imponente que dominaba cada espacio al que entraba… se veía roto. Ana corrió a su lado, el la miró con ojos febriles, turbios, sin reconocerla al principio balbuceó algo en ruso, y luego se desmayó. Ana lo sacudió intentando que recobre la conciencia, nada estaba bien, Aleksander no estaba solo enfermo algo malo ocurría con el, sin pensarlo Ana con las manos temblorosas por el frío y la angustia buscaba frenéticamente la tarjeta que Many le había confiado - vamos contesta contesta- susurraba mientras no le quitaba la mirada a Aleksander y rogaba para que se mantenga con vida - si - Many gracias al cielo ayudame- rogo con desesperación- Aleksander no se encuentra bien no se que le ocurre pero está inconsciente y arde en fiebre - -Dónde están- - En una mansión a las afueras de San Petersburgo - la conozco voy enseguida- hace una pequeña pausa- y señorita Ana cuidé al señor por favor- Ana pudo sentir la preocupación de Many en sus palabras y hasta que llegue con ayuda Ana empezó a actuar, encendió la chimenea, encontró un balde con agua helada y trapos limpios, buscó en la cocina un botiquín de primeros auxilios, encontró un termómetro antiguo y un frasco con antibióticos vencidos, nada servía, pero no se detuvo. En el lapso de una hora Many llegó con un hombre extraño que rondaba los 40 años y que no había visto jamás, tenía cicatrices en su rostro y manos, una mirada ambigua y un aire algo siniestro - Dónde está Vasiliev- pregunto con voz profunda y gruesa Ana lo miraba con desconfianza pero su preocupación y desesperación era mayor así que los guío hasta donde el - quien es el- le pregunto a Many susurrando - Es Iván, es nuestro doctor de confianza- respondió en el mismo tono de Ana Ana lo veía confundida jamás en su vida pensaría que un hombre con esa apariencia y esa aura tétrica fuese un doctor, Ana le abría apostando a que era un mercenario El doctor lo revisaba minuciosamente sacaba varios aparatos de su maletín tomo muestras de sangre y de sudor de Aleksander y lo mezclo con reactivos, Ana estaba esceptica de lo que veía nunca en su vida había visto que un doctor haga algo así, si en verdad era un doctor era uno muy poco ortodoxo, exentrico y peculiar - está envenenado- comento- no puedo creer lo idiota que se volvió Aleksander de un tiempo acá, y haya caído en la trampa del envenenamiento - y ahora que podemos hacer, debemos llevarlo al hospital de inmediato- suplico Ana - No hace falta, tengo el antídoto, este veneno lo usa la mafia rusas, es casi imposible de detectar y suele ser letal, talvez Aleksander es más fuerte o más necio de lo que pensé y es por eso que aún esta con vida el médico inyectó varias cápsulas en el brazo de Aleksander y después simplemente se levanto y camino hacia la puerta - hey a dónde cree que va- grito Ana impidiendo que cruce la puerta - ya hice lo que tenía que hacer- - y que, eso es todo, no se va a quedar hasta que mejore, que pasa si empeora o si el antídoto no funciona- - ahora depende de usted y de Aleksander, cuidelo bien, no lo deje solo y el simplemente no debe de darse por vencido, dele una razón para que luche Ana apretó su mandíbula - Señorita Ana cuidelo, mañana en la mañana le traeré lo que necesite - Que?... tu también Many... por favor no me dejes sola- suplicaba mientras veía como cruzaban el umbral de la puerta y se marchaban Ana pasó toda la noche cambiándole los paños, mojando sus labios con agua, acomodando su cuerpo para bajarle la fiebre, Aleksander deliraba, a veces hablaba en ruso, a veces murmuraba nombres que ella no reconocía, en un momento dijo “mamá” en un tono tan frágil que el alma se le quebró. Cuando amaneció, Ana estaba agotada, pero él respiraba mejor, la fiebre había cedido un poco, le limpió el sudor, acarició su rostro, lo cubrió bien con las mantas, esa mañana, por primera vez desde que lo conoció, no le temió, solo sintió compasión y cariño, real, profundo. --- Durante los dos días siguientes, Ana no se movió de su lado, lo alimentaba con cucharas pequeñas, lo ayudaba a sentarse, lo abrigaba, Aleksander apenas hablaba, pero sus ojos ya volvían a ser los de siempre: intensos, analíticos, profundos. Al tercer día ya muy avanzada la noche recuperó la fuerza para levantarse, caminó hasta el baño apoyado en la pared, se duchó durante media hora, y cuando salió, era otra vez el Aleksander Vasiliev que todos conocían: frío, elegante, impecable. Pero sus ojos... estaban distintos. Esa noche, la tormenta afuera era feroz, Ana vestía una camisa de él, demasiado grande, que le llegaba a medio muslo. Llevaba el cabello recogido y la piel aún enrojecida por el vapor de la chimenea. Aleksander entró en la habitación sin hacer ruido, se detuvo a observarla mientras ella doblaba una manta junto al fuego. —¿Por qué viniste? —preguntó, con voz ronca pero firme.
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