Conflictos

1254 Palabras
Revisaba la cocina buscando algo para la ramita. Menos mal que no me vio desnudo ayer, porque ahí si digo trágame tierra. Mis manos se movían inquietas entre frascos y cajas, hasta que escuché la voz de la abuela detrás de mí. —Ay, mi niño… mi nieta se lastimó su pie. Me quedé quieto, apretando la mandíbula. —Lo siento… ella se va a sanar, revise su pie. Con reposo estar bien. Me encarguare de eso. Lo juro La abuela suspiró, con tristeza. —Sí, eso espero. Pero sabes lo que significa para una bailarina. Es como que te quitaran a tu lobo. Bajé la mirada, sintiendo un peso en el pecho. —Lo sé. Lo vi en sus ojos… y me dolió. Ella me miró, luego asintió. —Iré a dar una vuelta. Así ustedes tienen tiempo a solas. La vi salir, poco a poco y el silencio volvió a la cabaña. Mis ojos se posaron en una caja de cereal. La tomé feliz —Preparé cereal. Luck rió dentro de mí, burlón. —Oh, qué shef eres. —Gracias— respondí con ironía. —No sabes nada de ironía— replicó él —Te pasaste con mi luna. —No fue mi culpa— gruñí, apretando los dientes. Entré a la habitación de ramita. Ella estaba sentada, todavía molesta, con los ojos rojos. —Harica…— empecé. —¿Qué quieres ahora?— me cortó, dura. Me acerqué, dejando el cereal en la cama. Horita y le da una patada y lo vuela lejos. Bueno con el pie que le queda bueno. Suspire y me acerque. Hablamos por un rato, hasta que le dije la verdad. Que ella es mi mate, mi otra mitad. Luck gruñó dentro de mí. —No estamos solos. —Lo sé— respondí bajo. De pronto, escuché pasos fuertes en la sala. El suelo vibró. Harica no reaccionó, no escuchaba nada. —Voy a salir un momento— le dije, serio. Abrí la puerta y lo vi. Abel estaba sentado, las manos en su rostro, los hombros subiendo y bajando con fuerza. —¿Escuchaste?— le pregunté, con la voz baja. Se levantó despacio. —Escuché lo suficiente. —¿Qué vas a hacer?— lo enfrenté —No la dejaré. Abel asintió, mirando hacia otro lado. Se tocó el puente de la nariz, respirando hondo. —Sé que ella no es tuya— le dije, con dureza —Lo hiciste para lastimarme a mí, ¿verdad? Tú me viste esa noche en el club de tu madre. Y cuando fui tras ella en el auto. Si fuera tuya, me hubieras seguido. Además, jamás le dijiste la verdad sobre ti. Abel se giró me apunto con su arma en la frente. —¡Hazlo!— le dije Pero se giro y me lanzó un puñetazo directo al rostro. Caí contra la pared, la sangre bajando por mi boca. El se limpio el sudor con el ante brazo. Me apunto con el arma otra vez. —Tienes razón— escupió —Te dije que era mía para hacerte sufrir. Pensé que no tenías sentimientos. Si fuera mía, hasta mi lobo la quisiera. Pero no. Además… ella no es mi tipo. Si fuera mía, estuviera conmigo ya. La puerta se abrió. Ramita salió cojeando, con el pie vendado. —¿De qué hablas, Abel? Él la miró, tragando saliva. Sus ojos se cerraron fuerte, respiró profundo al ver su pie. Luego me vio serio. —¡¿TU LO HICISTE?!— gruño Abel —¡Baja el arma Abel!— gritó ramita Ella me miró y caminó hacia mí. —No afincas el pie— le advertí, sujetándola —Te vas a lastimar más. Abel nos observó, sus ojos oscuros, la puse tras de mi. —¿Es verdad que eres un lobo también?– le preguntó, seria, salió detrás de mi.. Él apartó la mirada. —No importa. —¿Por qué no me das la cara?— insistió ella. Abel se giró, su mandíbula estaba marcada, su nariz abombada —¡Porque no debo darte explicaciones!— gritó —¡No le hables así!— gruñí, mi voz salio fuerte provocando que me ardiera la garganta. Lo golpeé con fuerza en el rostro, haciéndolo retroceder. Se limpió la sangre con la mano, sonriendo con rabia. —Ahora agárrate… porque conozco tu debilidad. Se giró y salió, dejando la puerta abierta, el aire pesado detrás de él. Harica: Me senté en el sillón, el pie aún me dolía, —Abel no es así… mírate cómo te dejó. ¿Por que actuó así? Zarp bajó la mirada, su voz grave. —Él no es así. Lo observé y negué —¿Te golpeó y aún dices que no es así? —Yo lo golpeé primero hace años— murmuró —Jamás lo vi actuar de esa manera. Rodé los ojos, señalando el desastre en la sala. —Es un idiota. Mira cómo dejó todo. Zarp se levantó, empezó a ordenar los muebles caídos. —No sigas— le dije, seria —Además, ve que tu esposa debe estar preocupada. Él se detuvo, me miró fijo. —No es mi esposa. Me acomodé, cruzando los brazos. Cambie de tema —¿Por qué Abel y tú se pelean tanto? Zarp terminó de arreglar todo y se sentó frente a mí. —Yo odio a los humanos. En este lugar no aceptamos a los humanos Lo miré, —¿Todos me odian? Asintió despacio. —Es por un problema que sucedió hace años. Abel y yo éramos como hermanos, hasta que se fue con la mitad de la manada… y los humanos y lobos que lo siguieron. Menos tu abuela. Ella es muy buena persona —Aunque casi muere de soledad— murmuré, Zarp bajó la mirada. —Estaba ajeno a eso. Alia era la encargada. Pero me ocuparé de todo desde hoy. —¿Por qué? ¿Por qué ahora?— pregunté Él me miró, acomodo un cojín y lo coloco tras de mi —Porque gracias a ti vi que no todos los humanos son malos. Negué —No me conoces, Zarp. Sonrió apenas. —Eres como un Chihuahua. —Qué malo eres… y yo que quería parecerme a un dóberman. Él soltó una risa baja. —Bueno, si hablamos de flacidez y delgada… —¡No empieces, Zarp!— lo interrumpí —Mira que tú tienes defectos también. Se inclinó hacia mí, con una sonrisa desafiante. —Vamos, dime cuál. Lo miré de arriba abajo. —Tienes un ojo más grande que otro. Zarp se levantó, mirándose en el espejo. —No tengo un ojo más grande que el otro. Me reí fuerte, cubriéndome la boca. —Ese es tu problema, eres muy egocéntrico. Él suspiró, —Es que soy perfecto… y tengo una humana perfecta. Lo empujé con fuerza. —Cuidado si te caes, vas corriendo. Mejor vete, Zarp, que el golpe que te dio Abel te dejó mal. Se acercó, serio, su voz firme. —¿Y dejarte sola? Jamás. —Quiero estar sola, por favor— le pedí, bajando la voz. Zarp asintió, aunque sus ojos no se apartaron de mí. —Estaré aquí apenas me llames. —¿Con señales de humo?— respondí, irónica. Él rió bajo. —Si me llamas Zarp, estaré en cinco minutos aquí. Y si me llamas mi alfa… jamás me iré de tu lado. Bajé la mirada, el corazón latiendo fuerte. —Vete, Zarp… es tarde.
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