El campamento estaba vivo de una manera que Nyra nunca imaginó posible. No era como en las películas, con vampiros y hombres lobo mostrándose como aliados de ópera gótica. Era crudo. Visceral. Peligroso.
Dorian la llevaba de la mano a través de las tiendas de campaña, su agarre era posesivo, inamovible. Los guerreros se apartaban a su paso, inclinando la cabeza en reverencia, pero sus ojos—esos ojos que brillaban en la oscuridad—se clavaban en ella como si pudieran ver exactamente lo que había ocurrido entre ella y su líder.
—Las reglas del clan son simples —comenzó Dorian, su voz resonaba con una autoridad que hizo que otros vampiros cercanos se tensaran—. Primera: nunca saldrás sola. Jamás. Alistair aún anda de cacería.
Ella quiso protestar. Quiso decir que no era una prisionera. Pero un vistazo a su rostro le indicó que cualquier argumento sería inútil.
—Segunda regla —continuó—: confiarás en mí sobre cualquier otro. Alistair es astuto. Puede ofrecerte cosas. Promesas. Salvación. Nada de eso es real.
—¿Y si no confío? —preguntó ella, provocadora.
Dorian se detuvo en seco. Sus ojos se oscurecieron hasta volverse completamente negros excepto por las dos circunferencias verdes de su iris. Ella sintió el cambio en el aire, el peligro emanando de él como una onda de choque.
—Entonces tendré que hacerte confiar —respondió con una suavidad que era mucho más aterradora que cualquier grito—. Lentamente. Noche tras noche. Hasta que mi nombre sea lo único en tu mente.
El calor trepó por su cuello. Él sonrió, sabiendo exactamente el efecto que causaba.
—Tercera regla —prosiguió, como si no hubiera sucedido nada—: tu poder está dormido, pero despertará. Cuando lo haga, debes aprender a controlarlo. O destruirá todo lo que toque. Incluyéndome a mí.
Eso la detuvo.
—¿Mi poder? Dorian, yo no tengo...
—Tienes. Simplemente que aún no comprendes lo que eres.
Llegaron al centro del campamento, donde una hoguera de llamas verdes crepitaba bajo la noche. Varios hombres lobo estaban acuclillados alrededor de ella, pero se levantaron cuando Nyra se aproximó, como si la reconocieran.
Una siluetea se separó del fuego. Keira.
La loba líder estaba en su forma humana, vistiendo ropas de cuero ajustadas. Su cabello rojo sangre caía como cascadas sobre sus hombros musculosos.
—Has tenido a nuestro amigo vampiro completamente perdido —dijo, aproximándose con una sonrisa peligrosa—. Debo admitir que no eres lo que esperaba. Pensé que serías un desastre de humano patético. Pero hay algo en ti... Poder.
Nyra sintió el escrutinio. Era diferente al de Dorian. Donde él era fuego y posesión, Keira era acero y evaluación.
—Necesitamos entrenarla —continuó Keira, mirando a Dorian—. Sí, sé que quieres mantenerla cerca, pero si su poder despierta sin control, ambos estaremos en peligro. Especialmente cuando Alistair intente activarlo.
—¿Activarlo cómo? —preguntó Nyra.
—Con dolor —respondió Keira sin rodeos—. Tu padre experimentó contigo. Eso significa que hay cosas en tu cuerpo que responden a traumas específicos. Alistair lo sabe. Lo usará.
La habitación dio vueltas. Todo esto era demasiado. Demasiado rápido. Demasiado imposible.
—Empezamos ahora —ordenó Keira, extendiéndole la mano—. Ven.
Dorian gruñó, un sonido que viajó por el pecho de Nyra como un terremoto.
—Una hora. No más. Ella está agotada.
—Está asustada —corrigió Keira—. Entrenar la hará sentir poderosa en lugar de víctima.
Hubo un momento tenso entre los dos líderes. Un pulso silencioso de negociación que Nyra no comprendía completamente, pero al final, Dorian soltó su mano.
—Si la lastimas...
—No la lastimaré —interrumpió Keira—. Vamos, pequeña nexo.
Lo que sucedió en la siguiente hora fue el descubrimiento más aterrador y embriagador de la vida de Nyra.
Keira la llevó a un claro apartado del campamento. Las antorchas de fuego verde iluminaban un espacio de tierra compactada.
—Ponte en guardia —ordenó la loba.
Nyra pestañeó.
—¿Qué?
Keira no esperó. Se movió con una velocidad que hizo que el aire chasqueara. Nyra apenas logró levantar los brazos cuando el puño de la loba llegó—no a su rostro, sino desviado al último momento.
—Demasiado lenta —gruñó Keira—. Intenta de nuevo.
Pasaron los siguientes treinta minutos con Nyra siendo golpeada y derribada una y otra vez, pero entonces sucedió algo extraño.
Cuando Keira la embistió nuevamente, Nyra sintió algo en su pecho. Un calor que comenzó en el corazón y se propagó como fuego a través de sus venas. Su visión cambió. De repente podía ver las líneas de energía en el cuerpo de Keira, las fracturas microscópicas en la tierra, el movimiento del aire antes de que ocurriera.
Esquivó el golpe.
No solo lo esquivó. Se movió con una agilidad que no conocía, contra golpeando de una forma que hizo que Keira retrocediera, sorprendida.
—Ah —suspiró la loba con una sonrisa salvaje en su rostro—. Ahí está. Eso es lo que buscábamos.
El calor se desvaneció. Nyra respiraba con dificultad, su cuerpo temblaba.
—¿Qué... qué era eso?
—Tu poder. Una fracción de él. Apenas un destello. Pero lo sentiste, ¿verdad? No es miedo. Es liberación.
Nyra miraba sus propias manos como si pertenecieran a alguien más. Su visión aún vibraba. Sus sentidos estaban amplificados: podía escuchar a los vampiros a medio kilómetro de distancia, oler la sangre del aire, sentir los latidos del corazón de Keira palpitando en sincronía con el suyo.
—Es demasiado —susurró.
—Lo sé. Se calmará. Con práctica. Con tiempo. —Keira le pasó una mano por el hombro—. Por ahora, simplemente acepta que eres mucho más de lo que creías.
Cuando Dorian fue a recogerla, Nyra estaba sudada, exhausta, viva de una forma que nunca lo había estado.
Sus labios suavemente subieron en las comisuras formando una pequeña sonrisa cuando vio el cambio en ella.
—Te ves diferente.
—Me siento diferente.
—Sé exactamente lo que sientes. —se aproximó, acariciando su mejilla—. Es adictivo, ¿verdad? El poder. Pero cuidado, pequeña. Es fácil perderse en él.
Ella estaba a punto de responder cuando un grito atravesó el campamento.
No era un grito humano. Era algo antiguo. Algo que desgarraba el aire.
Dorian se tensó. Sus ojos se volvieron completamente negros.
—Quédate aquí.
—¿Qué es...?
Pero él ya estaba corriendo, moviéndose como una sombra.
Nyra lo siguió, ignorando su orden. Nunca aprendería, pero necesitaba saber qué causaba ese sonido de pura angustia.
Cuando llegó al centro del campamento, el mundo se congeló.
Lucien estaba de rodillas. Alrededor de él había símbolos de poder antiguo—brujería, presumiblemente. Y en el centro, encadenado a un poste de hierro oscuro, estaba un hombre.
Su padre.
Cyrus Kael estaba vivo. Pero apenas.
Su cuerpo era un tapiz de cicatrices frescas. La sangre corría por sus costillas donde símbolos rituales habían sido tallados profundamente. Sus ojos—ojos que Nyra reconocía porque eran similares a los suyos—se levantaron para encontrarse con los de ella.
—Nyra —susurró, su voz era apenas un susurro—. Mi hija. Qué... qué has hecho.
El mundo se dividió.
En un lado estaba el Cyrus que la había criado. El padre que la negligió. El hombre que experimentó con su cuerpo, su sangre, su naturaleza.
En el otro lado estaba un prisionero torturado. Una víctima.
Dorian la agarró antes de que pudiera avanzar.
—No —gruñó contra su oído—. No te acerques.
—Es mi padre.
—Es un monstruo que hizo un monstruo de sí mismo.
Las lágrimas cayeron sin que Nyra pudiera evitarlo. ¿Por qué lloraba? ¿Por el hombre que la había hecho o por el prisionero que ahora era?
Cyrus volvió a hablar, sus ojos se encontraron con los de su hija por encima del hombro de Dorian.
—Nyra, por favor. Dile que le daré lo que quiere. Cualquier cosa. Secretos. Fórmulas. Lo que sea.
Dorian gruñó.
—Ya lo sabemos, pero hay algo que quieres más que eso, ¿verdad Cyrus? Querías que ella fuera como tú. Querías que fuera perfecta. Querías que fuera tuya.
El silencio fue la respuesta.
Y en ese silencio, Nyra entendió.
Su padre la había visto como un proyecto. Un experimento. Una extensión de su sed de poder, no un hija.
El dolor de esa comprensión fue más devastador que cualquier ataque físico.
Se recostó contra Dorian, quien la envolvió completamente, protegiéndola de la vista de su padre.
—¿Qué le van a hacer? —preguntó ella en un susurro.
—Lo que él hizo a otros —respondió Dorian—. Justicia.
Pero cuando ella lo miró, Nyra vio algo diferente en sus ojos. No era satisfacción. Era dolor. Era el peso de siglos de venganza que finalmente llegaba, pero que no sanaba absolutamente nada.
Eso, de alguna manera, era lo más aterrador de todo.