El aire golpeaba como puñales congelados. Nyra cerró los ojos mientras Dorian la llevaba volando sobre los tejados de Eclipria, sus brazos la envolvían como cadenas.
—¿A dónde vamos? —su voz se perdía en el viento, pero él la escuchó.
—Donde estarás segura —respondió Dorian, sin girar la mirada del horizonte oscuro. Ella podía sentir cada músculo bajo su piel, la fuerza absoluta que la mantenía pegada a él como si fuera imposible que cayera.
Como si no fuera a permitirle nunca alejarse.
Bruma dormía profundamente en el pecho del vampiro, sedado por magia oscura. Nyra había protestado violentamente, pero Dorian fue inflexible: su perro necesitaba descanso; él no podía vigilar a un animal mientras buscaban a un traidor.
Aterrizaron en un claro rodeado de pinos enormes. Las antorchas de fuego verde iluminaban un campamento que parecía sacado de otra era. Criaturas de aspecto inhumano se movían entre las sombras, sus ojos brillaban en la oscuridad, sus colmillos destellaban cuando susurraban entre ellos.
Verdaderos hombres lobo.
Dorian la depositó con cuidado, pero su mano permaneció en su cintura—posesiva, ardiente, abrumadora.
—¿Qué son? —susurró Nyra.
—Mi clan de ancianos —giró su rostro hacia el suyo—. Guerreros que han esperado diecisiete años. Desde que mataron a Vlad.
Un hombre enorme emergió de las sombras. Su pelaje oscuro cubría su cuerpo de forma parcial, sus ojos amarillos—predadores, inteligentes, hambrientos—la estudiaron como si fuera carne fresca.
—Así que esto es lo que nos traes, vampiro —gruñó, su voz resonaba en el pecho de ella como un terremoto.
Dorian gruñó. Una advertencia animal que hizo retroceder al lobo de inmediato.
—Nyra Kael es mía —cada palabra destilaba veneno—. La sangre que corre por sus venas la protege. ¿Entendido?
Ella lo miró confundida.
—¿Sangre? ¿De qué hablas?
Sin responder, Dorian la arrastró hacia una tienda de lona negra apartada del campamento. La luz dorada que escapaba de su interior parecía fantasmal, casi irreal. Nyra se sintió como una víctima siendo llevada al matadero.
Y lo peor fue que no estaba completamente segura de que le importara.
Se sentó en la cama de campaña, su mente giraba caóticamente. Dorian se posicionó frente a ella, sus ojos verdes oscuros brillaban con una intensidad que la hizo arder por dentro.
—Tu padre no es humano —comenzó—. Cyrus tiene sangre de hombre lobo antiguo. Fue rechazado por su clan hace décadas porque no podía controlar su obsesión: crear seres perfectos. Más fuertes. Más útiles para la guerra.
Las palabras cayeron como piedras.
—¿Estás diciendo que mi padre es...?
—Un traidor —concluyó Dorian, arrodillándose frente a ella—. Experimentó contigo también. ¿Crees que es coincidencia que Amy y Diego huelan la magia en tu sangre?
De pronto, todos esos análisis constantes, esos exámenes médicos, esa forma en que su padre la observaba como si estuviera resolviendo un puzzle biológico... todo encajaba de forma horrorosa.
—¿Qué hay en mí? —preguntó, temblando.
Dorian extendió la mano y acarició su mejilla con un dedo. El gesto fue sorprendentemente tierno, dado lo que era.
—Poder —respondió—. sangre antigua dormida. Tienes el potencial de ser un nexo entre razas. Eso es lo que tu padre ha buscado toda su vida crear.
—¿Para qué?
Una voz femenina interrumpió desde la entrada:
—Para una guerra.
Una mujer lobo entró. Su cabello era del color de la sangre seca, sus ojos verdes como los bosques escoceses. Emanaba tal autoridad que incluso Dorian se tensó.
—Soy Keira. Lideresa de los Berserkers. Tu padre fue uno de nuestros, hace mucho tiempo.
Nyra aceptó su mano con cautela. El contacto fue explosivo—fuego e hielo simultáneamente.
—¿Uno de ustedes? —preguntó lentamente.
—Lo exiliamos hace treinta años —Keira tomó asiento junto a ella—. Intentó crear un ritual de transformación forzada. Veinte personas murieron. El Consejo fue implacable.
Dorian observaba a Nyra con los puños cerrados, anticipando un colapso que nunca llegó, porque Nyra no se derrumbó. Algo en su interior se endureció, mutó.
—¿Dónde está ahora? —su voz era sorprendentemente firme—. ¿Dónde está Cyrus?
—En las Catacumbas, bajo tu empresa —respondió Dorian—. Alistair lo tiene. Experimenta en las minas donde torturaron a nuestros hermanos.
Nyra se levantó. Sus manos temblaban, pero de rabia, no de miedo.
—Entonces vamos. Ahora.
—No —Dorian también se levantó—. Es demasiado peligroso.
—¿Peligroso para quién? —desafió ella—. ¿Para ti o para mí?
El silencio fue absoluto. Opresivo. Dorian se movió como el viento. La atrapó contra su cuerpo, su mano se deslizó por su cuello, exponiendo su garganta. Sus colmillos rozaron su piel, peligrosos, adictivos.
—Me estás volviendo loco, pequeña —susurró contra su oído—. Aquí, donde te tengo, lejos del mundo, es donde quiero que estés.
Ella sintió su erección presionando contra su cadera. Su propio cuerpo respondió de formas que su mente rechazaba.
—Prometiste que vendría contigo —respondió ella—. Que sería de tu clan.
Dorian mordió suavemente su lóbulo.
—Eres mi obsesión —corrigió, su acento extranjero se escuchó más fuerte—. Mi perdición. No es lo mismo.
—¿No lo es?
El desafío en su voz lo hizo gruñir. Su mano bajó por su cuerpo, trazando curvas con dedicación posesiva.
Keira se aclaró la garganta desde la entrada, ofreciendo una disculpa silenciosa.
—Necesitamos estrategia. Si queremos recuperar a Cyrus antes de que Alistair complete los rituales...
Dorian se separó bruscamente, aunque sus dedos permanecieron entrelazo con los de Nyra.
—¿Qué tan fuerte eres realmente? —preguntó.
Ella no sabía cómo responder. Nunca había sido fuerte. Siempre fue la chica frágil, la hija culpable, la empleada sumisa.
—No lo sé.
—Entonces lo descubriremos —sus ojos brillaron con hambre, pero también con algo más: protección. Obsesión. Quizás hasta amor—. Porque si Alistair te reclama, si tu poder despierta en sus manos...
—No lo permitiré —interrumpió Keira—. He esperado demasiado para encontrar un nexo verdadero. Nyra, eres nuestra esperanza, lo quieras o no.
Nyra miró entre el vampiro que la poseía y la loba que la reclamaba. Su vida anterior había muerto en tan solo horas. Ahora existía en un mundo de colmillos, magia y verdades devastadoras.
Y extrañamente, no quería regresar.
Levantó el mentón.
—Entonces enséñenme. Enséñenme a ser lo que supuestamente soy.
Dorian sonrió. Feroz. Hambriento.
—Con placer.
Afuera, los hombres lobo rugían bajo las estrellas. El eclipse se acercaba. La guerra llegaba y en el centro de todo, una chica que hace días solo se preocupaba por su cumpleaños y sus amigos, pero que ahora se levantaba como algo imposible de controlar.
Algo que ni siquiera su padre—ese monstruo que la había creado—podría jamás dominar.