Su ingle presionaba contra la cadera de Nyra con una frialdad que quemaba. Las manos de Dorian la aprisionaban contra la pared como cadenas de acero, su cuerpo dominaba cada rincón del espacio que ella respiraba. Nyra sintió el calor arder en su vientre—miedo, sí, pero también algo más oscuro que la asustaba aún más.
Su primer error fue estar aquí. Su segundo error fue respirar.
Cada fibra de su cuerpo gritaba que luchara, pero la realidad era brutal: ella era nada contra eso.
En una fracción de segundo que la bestia dentro de Dorian no anticipó, Nyra reunió todo su valor en un último acto de desesperación. Su rodilla subió con toda la fuerza que le quedaba, conectando directamente entre sus piernas.
Dorian siseó. Un sonido animal que retumbó en el pecho de Nyra como un terremoto.
Ella no esperó. Con los instintos de supervivencia ardiendo, se lanzó hacia la cama, tomó a Bruma sin pensarlo dos veces, y corrió. Sus pies descalzos apenas tocaban el suelo del pasillo mientras apretaba al perro contra su pecho.
Libertad. Cerca. Tan cerca.
Entonces escuchó el rugido.
No era humano. Era pura furia.
Dorian emergió del cuarto como una sombra hecha de colmillos y venganza, cerrando la distancia en un instante que no era posible. Aterrizó frente a ella en el pasillo, bloqueando la salida del ascensor.
Nyra gritó. Un sonido desnudo de pánico.
—¿A dónde crees que vas? —gruñó él, su voz bajó a un tono que ningún mortal debería poseer.
Su rostro había cambiado. Sus ojos brillaban verdes oscuros en la penumbra, tan intensos que parecían succionar la luz. Los colmillos le enmarcaban la boca, enormes, imposibles, definitivamente no humanos.
—¡Suéltame!
Dorian avanzó un paso.
—Te dare esa oportunidad exactamente una vez. Espera en la pared. Ahora.
No fue una petición. Era una orden que vibraba en el aire como una amenaza. Sus palabras tenían un peso hipnótico que hizo que los pies de Nyra se paralizaran antes de que su mente pudiera procesarlo.
Ella parpadeó. La confusión le nubló la visión.
Fue suficiente.
Dorian la atrapó por la cintura y la estrelló contra la pared más cercana con una violencia controlada que arrancó un jadeo de ella. ¿Era dolor? ¿Era placer? La línea se había desvanecido hacía minutos. Bruma cayó suavemente al suelo, completamente indiferente al caos a su alrededor, y Nyra observó cómo su perro se acurrucaba, como si supiera que estaba seguro.
Ese acto de cuidado maternal mientras el mundo se colapsaba la sorprendió.
A Dorian también.
Sus manos soltaron las muñecas de Nyra por apenas un segundo, pero en sus ojos verde oscuro vio algo cruzar. Una pregunta. Una g****a en la furia del depredador.
—¿Por qué? —susurró ella, sus verdes oscuros se mantuvieron fijos en los suyos—. ¿Por qué tu perro es más importante que escapar?
Nyra no respondió. No sabía cómo explicar que el amor no era una decisión racional. Que Bruma era lo único puro que le quedaba en este mundo de mierda.
Dorian volvió a atraparla, esta vez con una mano, sus dedos envolvieron las dos muñecas de ella por encima de su cabeza. Con la otra, comenzó a recorrer su cuerpo desnudo. Desde sus pechos hasta su vientre, cada toque era una pregunta sin respuesta.
—Mírame —ordenó.
Ella giró el rostro, avergonzada.
—Mírame.
Su voz fue como un látigo de seda. Hipnótica. Irresistible.
Los ojos de Nyra se encontraron con los suyos y en ese contacto sucedió algo que ninguno de los dos esperaba. Una corriente eléctrica recorrió el aire entre ellos, tangible, palpable. Por un momento infinitesimal, la bestia que acorralaba a Nyra se pareció menos a un depredador y más a algo perdido.
—¿Qué eres? —susurró ella con los labios temblando.
La mano de Dorian dejó de moverse. Pero no la soltó. Nunca la soltaría.
—Lo que está a punto de devorarte, pequeña.
Él bajó su boca hacia su cuello, sus colmillos rozaron esa vena que pulsaba con vida, con poder, con una promesa de sangre que lo volvía loco.
—Ya sabes lo que soy —respiró contra su piel—. Tú y tu padre... nos cazan. Nos torturan.
—No... no sé de qué hablas.
—¿Mentiras? —su sonrisa fue devastadora—. Perfecto. Me encanta que mientas.
Ella forcejeó, aunque sabía que era inútil. Sus fuerzas se desvanecían bajo la intensidad de su mirada, la proximidad de su cuerpo, el calor imposible que emanaba de ese ser que no debería existir.
—¿Qué quieres de mí?
—Que entiendas.
Dorian la giró bruscamente, pegando su espalda contra su pecho. Su mano subió hacia el cuello de Nyra, inclinando su cabeza hacia un lado, exponiendo esa vena pulsante como una invitación. Sus colmillos rozaron delicadamente su piel.
—Mi amigo Vlad fue descuartizado en los laboratorios de tu padre —su voz era un susurro cerca de su oído—. Veinte vampiros. Veinte. Experimentados como si fueran animales. Eso fue obra de tu padre, Nyra. Ese era su trabajo sucio.
—No... yo no sabía...
—¿De verdad?
Él la giró nuevamente y sus manos atraparon sus mejillas, obligándola a mirarlo. Sus ojos eran pozos verdes infinitos que la consumían.
—¿Cómo no sabías? —continuó—. ¿Cómo una chica tan... leal, tan dispuesta a morir por un perro, nunca se preguntó a dónde iba su padre cada noche? ¿Qué hacía en esos laboratorios?
Nyra sintió las lágrimas corriendo por sus mejillas, porque tenía razón. Ella no se había preguntado. O peor aún, había elegido no preguntar.
—Creo que estás equivocado—murmuró, pero su voz no era convincente—. Yo no... yo nunca te haría daño.
Dorian sonrió entonces. Feroz. Hambriento.
—Aún no —respondió—. Pero vivirás cada momento sabiendo lo que tu padre hizo. Vivirás con esa culpa. Y cuando hayas sufrido lo suficiente, cuando me hayas suplicado, quizás considere dejarte vivir.
La presionó contra la pared nuevamente, su cuerpo formó una jaula de músculo y poder. Ella podía sentir su excitación presionando contra ella, inegable, imposible de ignorar.
El deseo entrelazado con el terror.
—No te perdonaré por esto —susurró ella, aunque sus caderas inconscientemente se presionaban contra él.
Dorian rió. Un sonido profundo que hizo vibrar su pecho.
—Aún no —respondió—. Pero lo harás.
Se separó abruptamente, dejándola temblando contra la pared. Ella esperaba que la atacara nuevamente, que la presionara, que terminara lo que había comenzado.
Pero no lo hizo.
En su lugar, solo la observó. Sus ojos verdes escanearon cada curva de su cuerpo desnudo, cada gota de sudor, cada lágrima que caía por sus mejillas.
—Aún no es tu momento —murmuró, más para sí mismo que para ella—. Cuando llegue, querrás que sea yo quien lo haga. Será la única forma en que podrás vivir con lo que viene.
Y entonces se alejó, desapareciendo en la oscuridad del pasillo como si nunca hubiera estado allí.
Nyra se deslizó lentamente hacia el suelo, sus piernas eran incapaces de sostenerla. Bruma saltó de inmediato a su regazo, lamiendo sus mejillas, confundido por su angustia.
Ella lo abrazó, intentando procesar lo que acababa de suceder.
Un vampiro. Existían realmente. Y de alguna manera confusa y aterradora, su cuerpo había respondido a él como a nada antes.
En la sombra del pasillo, Dorian permanecía inmóvil, con los puños cerrados tan fuerte que dibujaban sangre en sus palmas.
Ella lo había pateado. Se había atrevido a resistirse.
Debería estar furioso. Y lo estaba.
Pero también estaba perdido.
Porque bajo esa dulce fachada de lealtad hacia un maldito perro, bajo esas lágrimas de inocencia, había algo que lo llamaba. Algo que lo reclamaba de una manera que desafiaba toda lógica, toda razón.
Nyra Kael era su venganza.
Pero empezaba a sospechar que también era su perdición.
Y eso lo aterraba mucho más que cualquier otra cosa en este mundo.