Cuando todo parecía volver a la calma, el caos retomó su curso y el grito que escapó de los labios de Nyra fue sofocado cuando Dorian pareció nuevamente y la estrelló contra la pared. El impacto arrancó todo el aire de sus pulmones. Sus muñecas quedaron apresadas por una mano de hierro, sostenidas sobre su cabeza.
—Tu padre —gruñó él, respirando contra su cuello— ha destruido todo lo que me importa.
Nyra intentó forcejear. Era inútil. Su cuerpo temblaba, no solo de miedo, sino de algo que la asustaba más que la muerte misma.
—¿Quién... quién eres? —jadeo con los ojos abiertos de pánico.
Dorian la giró bruscamente, presionando su espalda contra la pared fría. Su cuerpo la envolvió completamente, músculo y poder absoluto.
Pasó su nariz por su cuello, inhalando profundamente, como si memorizara su aroma—. Eres más cómplice por ignorancia que por maldad. Y eso, pequeña, no te salva.
Sus colmillos rozaron esa vena pulsante en su cuello. Nyra sintió el miedo trepar por su garganta.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó, su voz era pequeña, rota.
—Que entiendas —susurró él—. Que vivas sabiendo lo que tu padre ha hecho. Que me supliques cuando llegue el momento.
La mano libre de Dorian bajó por su cuerpo, trazando la curva de su pecho, su cintura, el arco de su cadera. No era cruel. Era posesivo. Era como si estuviera marcando territorio sobre su piel con cada toque.
Nyra cerró los ojos.
—Mírame —ordenó.
Ella se negó.
—Mírame. Ahora.
Su voz fue un látigo de seda. Irresistible. Los ojos de Nyra se abrieron encontrándose con los verdes oscuros de él, y en ese instante, algo cruzó entre ellos. Una corriente que no tenía nombre, que desafiaba toda lógica.
El depredador que la acorralaba parpadeó. Algo cambió en su rostro.
—No eres exactamente lo que esperaba —murmuró, como si confesara una debilidad.
Nyra levantó la barbilla a pesar del terror que helaba su sangre.
—¿Y qué esperabas?
—Una cómplice sin alma. Una muñeca de porcelana rota. —soltó sus muñecas lentamente, pero su cuerpo siguió formando una jaula a su alrededor—. Alguien sin valor. Sin... esto.
—¿Esto qué? —preguntó ella, sin saber si quería la respuesta.
Dorian bajó su boca hacia su cuello de nuevo, pero no para morder. Para respirar. Para sentir.
—Lealtad —respondió contra su piel—. Acabas de defender a un maldito perro en lugar de escapar. ¿Sabes cuánto hace que no veo eso?
Nyra no sabía qué decir. Su cuerpo respondía a él de maneras que su mente rechazaba ferozmente.
—Mi padre... —comenzó.
—Tu padre es un monstruo. —la giró nuevamente, sosteniéndola por la barbilla, obligándola a mirarlo—. Y tú eres exactamente como imaginé. Solo que mucho más peligrosa de lo que pensé.
—Yo no soy peligrosa para nadie —susurró ella.
Dorian rió, un sonido profundo que viajó por su columna vertebral como fuego.
—Eso es lo que te hace letal, pequeña. No sabes lo que eres. Aún no.
Presionó su cuerpo contra el de ella nuevamente. Nyra sintió su dureza inegable, la evidencia de su deseo sin disfrazar.
—¿Qué soy entonces? —preguntó, en apenas un aliento de voz.
—Mi perdición —respondió él, y había verdad cruda en esas palabras—. Y quizás mi redención, pero aún no es tu momento de saberlo.
Se separó abruptamente, dejándola temblando contra la pared, desorientada, consumida por una necesidad que no comprendía.
Nyra esperó que volviera una vez más a atraparla. Que continuara torturándola, volviéndola loca. Que terminara de una vez lo que había comenzado. Pero Dorian solo la observó. Sus ojos verde oscuro escanearon cada centímetro de su cuerpo desnudo, cada gota de sudor, cada temblor involuntario.
—Te protegeré de tu padre —dijo finalmente—. De todos. De ti misma si es necesario. Pero tienes que confiar en mí.
—¿Por qué haría eso? —preguntó ella.
Dorian sonrió, feroz y posesivo.
—Porque aunque no lo sepas aún, ya me perteneces.
Se adentró en la oscuridad del pasillo como si nunca hubiera estado allí, dejándola en la penumbra, sola, desconcertada y electrizada.
Nyra se deslizó lentamente al piso, sus piernas era incapaces de seguir sostenerla. Su camiseta desgarrada colgaba de sus hombros. Su cuerpo ardía. Su corazón golpeaba acelerado contra sus costillas golpeaba como si quisiera escapar.
En las sombras del corredor, Dorian permanecía inmóvil. Ella lo había desafiado. Se había resistido. Debería estar furioso.
Y lo estaba, pero bajo esa rabia ardía algo que lo aterraba mucho más y era la certeza absoluta de que ya era demasiado tarde para salvarla de él. O salvarlo a él de ella.
Porque bajo esa lealtad irracional hacia un perro, bajo esas lágrimas de una inocencia que no era completamente pura, había algo que lo reclamaba de manera primitiva y ancestral.
Nyra Kael era su venganza. Pero empezaba a sospechar que sería mucho más que eso...