CAPÍTULO 2 — La forma en que alguien se queda en tu mente

1336 Palabras
Brandon no supo en qué momento dejó de ser solo una idea y se convirtió en una presencia constante dentro de su cabeza. Lo supo, en realidad, cuando intentó concentrarse en clase y no pudo. Cuando el profesor hablaba de ecuaciones o fechas o cualquier cosa que normalmente habría pasado desapercibida, él seguía viendo el columpio. Seguía viendo a Isabela. Seguía escuchando su voz, como si no hubiera sido una conversación breve en un parque vacío, sino algo que se había quedado incrustado en su memoria con demasiada facilidad. Era absurdo. Ni siquiera la conocía. Y aun así... estaba ahí. Como una idea que no pediste pero tampoco puedes soltar. El timbre lo sacó de sus pensamientos con violencia. Los alumnos salieron del salón como si hubieran estado encerrados demasiado tiempo, y Brandon simplemente los siguió, sin prisa, con esa sensación extraña de estar caminando dentro de algo que no era del todo real. No planeaba ir al parque. De verdad no lo planeaba. Pero sus pasos tomaron otra dirección. El Parque Morelos estaba igual que la noche anterior. Demasiado quieto para ser solo un parque, demasiado silencioso para ser solo un lugar público. Las farolas comenzaban a encenderse una por una, como si alguien las activara desde lejos con una paciencia deliberada. Brandon se detuvo antes de llegar a los columpios. Porque ya estaba ahí. Isabela. No estaba sentada esta vez. Estaba de pie junto al columpio, con las manos detrás de la espalda, mirando algo que no era exactamente el parque, sino más bien el espacio entre las cosas, como si pudiera ver capas que él no. Cuando lo vio, no sonrió de inmediato. Solo lo observó, como si lo hubiera estado esperando desde mucho antes de que él decidiera llegar. —Llegaste más rápido —dijo ella finalmente. Brandon soltó una exhalación corta, como si no quisiera admitir que esa frase lo había afectado más de lo que debería. —No planeaba venir. —Pero viniste. No había juicio en su voz. Solo una certeza tranquila. Brandon se acercó lentamente, deteniéndose a una distancia prudente. —¿Siempre estás aquí a esta hora? —preguntó, aunque ya sabía que esa no era realmente la pregunta que quería hacer. Isabela inclinó un poco la cabeza. —Siempre estoy aquí. El mismo tipo de respuesta que la noche anterior. El mismo tipo de imposibilidad. Brandon bajó la mirada al columpio. —No entiendo cómo nadie más te ve. —Porque no todos miran igual. Eso lo hizo fruncir el ceño. —Eso suena a excusa. Isabela dio un paso hacia el columpio y pasó los dedos por la cadena oxidada, como si la estuviera reconociendo. —No es una excusa —dijo en voz baja—. Es una forma de existir. Brandon la observó en silencio. Había algo en ella que no era solo misterio. Era calma. Una calma extraña, casi peligrosa, como si no necesitara pertenecer a nada para seguir estando ahí. —¿Por qué yo sí puedo verte? —preguntó él finalmente. Isabela tardó un segundo en responder. No porque no supiera, sino porque parecía elegir con cuidado lo que iba a decir. —Porque tú ya estás acostumbrado a ver cosas que nadie más quiere mirar. Eso lo dejó quieto. No era una respuesta lógica. Pero tampoco sonaba falsa. Brandon tragó saliva, sintiendo esa incomodidad familiar de cuando alguien te describe mejor de lo que tú mismo podrías hacerlo. —No me conoces —dijo él. Isabela lo miró entonces directamente, y en ese instante Brandon tuvo la sensación de que lo estaba viendo completo, no solo la superficie, sino algo más profundo, algo que él mismo evitaba mirar. —Te conozco más de lo que crees —respondió ella suavemente. El viento se levantó de nuevo, pero esta vez no fue frío. Fue... distinto. Como si el aire se ajustara alrededor de ellos. Brandon se sentó en el columpio sin pensarlo demasiado. El metal crujió bajo su peso y por un momento todo volvió a ser normal, o al menos lo suficientemente normal como para fingirlo. Isabela se sentó en el columpio de al lado. No empujó el suyo. Solo se quedó ahí. Cerca. Demasiado cerca para ser casualidad. —¿Por qué vuelves aquí? —preguntó ella. Brandon soltó una risa corta, sin humor. —No lo sé. Supongo que... no tengo muchos lugares a los que ir. Isabela no respondió de inmediato. En lugar de eso, lo observó con una calma que incomodaba más que cualquier juicio. —Eso no es verdad —dijo finalmente. Brandon la miró de reojo. —¿Qué parte? —La de que no tienes lugares. El silencio que siguió no fue incómodo. Fue pesado. Como si algo importante acabara de ser dicho sin ser completamente explicado. Brandon bajó la vista a sus manos. —Mi papá está en casa —murmuró—. Pero no es como si eso contara como compañía. Isabela no apartó la mirada. —La compañía no siempre se siente como algo que llena el espacio —dijo ella—. A veces solo evita que te rompas más. Brandon levantó la vista lentamente. —Hablas como si supieras mucho de eso. Isabela sonrió apenas. —Sé lo suficiente. El columpio se movió suavemente. Sin que nadie lo empujara. Brandon lo notó otra vez. Y esta vez no lo ignoró. —Eso no debería estar pasando —dijo en voz baja. Isabela miró el movimiento del columpio, como si fuera algo completamente normal. —¿Qué cosa? —Eso. Señaló el columpio. Isabela ladeó la cabeza. —Se mueve. —Solo. Ella lo miró. —Tal vez siempre lo hace. Brandon negó lentamente. —No. Isabela no discutió. Solo lo observó con una suavidad extraña. —¿Te asusta? —preguntó. Brandon dudó. La respuesta honesta era sí. Pero no era el tipo de miedo que esperaba sentir. No era peligro. Era algo más cercano a la incertidumbre. A no entender algo que de alguna forma lo estaba llamando. —No sé qué es —respondió al fin. Isabela asintió, como si esa fuera la mejor respuesta posible. —Eso es lo más honesto que has dicho hoy. Brandon soltó una pequeña exhalación, casi una risa. —No te burles. —No me estoy burlando. El silencio volvió, pero esta vez era distinto. Menos pesado. Más... cercano. Brandon giró un poco el cuerpo hacia ella. —¿Por qué eres tan tranquila? —preguntó sin pensar demasiado. Isabela lo miró de reojo. —Porque si no lo fuera, no podría estar aquí. —¿Aquí dónde? Isabela tardó un segundo. —Contigo. Eso lo detuvo. No de forma dramática. Sino silenciosa. Como si algo dentro de él hubiera entendido una palabra que no esperaba escuchar. Brandon bajó la mirada al suelo. —No dices cosas normales. Isabela sonrió apenas. —Tú tampoco las piensas. El viento volvió a moverse, pero esta vez no cambió nada. Solo acompañó el silencio. Brandon no sabía cuánto tiempo estuvieron ahí. Solo sabía que, cuando por fin miró el reloj en su celular, ya era tarde. Demasiado tarde para estar en un parque. Demasiado tarde para seguir sentado junto a alguien que no debería estar ahí. Se levantó primero. Isabela lo imitó un segundo después. —Vas a volver —dijo ella antes de que él pudiera irse. Brandon la miró. —No lo sé. Isabela inclinó la cabeza ligeramente. —Sí lo sabes. No había presión en su voz. Solo certeza. Brandon apretó la correa de su mochila. —¿Siempre eres así de segura? Isabela sonrió, esta vez un poco más visible. —Solo contigo. El silencio se estiró un segundo más. Y luego Brandon se fue. Pero mientras caminaba lejos del parque, algo lo seguía acompañando. No su voz. No su imagen. Sino la sensación de que, por primera vez en mucho tiempo... alguien lo había visto sin esfuerzo. Y eso era mucho más peligroso que cualquier otra cosa.
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