CAPÍTULO 3 — Lo que empieza a llamarte por tu nombre

1241 Palabras
Brandon comenzó a notar que había cosas que ya no podía controlar. No de forma evidente. No como en las historias donde todo se rompe de golpe y alguien grita o huye o toma una decisión drástica. Lo suyo era más sutil, más peligroso. Era darse cuenta de que, sin proponérselo, sus pensamientos ya no empezaban en él, sino en ella. Isabela. El nombre aparecía solo, en medio de cualquier cosa. En clase, mientras el profesor hablaba de temas que antes lograban mantenerlo a flote. En su casa, cuando el silencio con su padre se volvía demasiado largo. Incluso cuando intentaba dibujar, el trazo ya no salía igual; había una especie de interferencia invisible, como si su mente no pudiera sostenerse en un solo lugar sin desviarse hacia el mismo punto. El parque. Y ella. Esa tarde, salió de la preparatoria sin pensar demasiado. No había una decisión clara, ni una intención consciente. Solo la sensación de que quedarse era inútil, como si una parte de él ya hubiera salido antes que su cuerpo. El camino fue más rápido de lo normal. O al menos eso le pareció. Las calles de Ecatepec se sentían menos sólidas, menos importantes, como si fueran solo un tránsito obligado hacia algo que lo esperaba desde siempre. Cuando llegó al Parque Morelos, el cielo ya estaba empezando a oscurecer. Y ella ya estaba ahí. Isabela no se sorprendió al verlo. Tampoco sonrió de inmediato. Solo lo observó como si su llegada confirmara algo que ya había sido aceptado mucho antes de ocurrir. —Tardaste menos hoy —dijo finalmente. Brandon soltó una exhalación corta mientras se acercaba. —No estaba planeado. —Nada de esto lo está —respondió ella con suavidad. Esa frase se quedó suspendida entre ambos un segundo más de lo normal. Brandon no respondió de inmediato. En lugar de eso, miró el columpio. Estaba quieto esta vez, pero aun así tenía esa misma sensación extraña, como si estuviera a punto de moverse sin permiso del mundo. —Empiezo a pensar que esto no es normal —dijo al fin. Isabela ladeó un poco la cabeza. —¿Qué cosa? —Esto. Tú. Este lugar. Isabela no pareció ofenderse. Al contrario, su expresión se suavizó como si la palabra “normal” fuera algo que no le interesara en absoluto. —Tal vez lo normal es solo lo que la gente repite lo suficiente como para creerlo —dijo. Brandon la miró. —Eso suena a excusa otra vez. —No es una excusa —respondió ella—. Es una forma distinta de mirar lo que siempre ha estado ahí. El viento se levantó con más fuerza de la habitual, moviendo las hojas del jacaranda como si el árbol respirara. Brandon lo notó, pero ya no reaccionó con sorpresa inmediata. Empezaba a acostumbrarse a esa sensación incómoda de que el entorno no se comportaba del todo como debería. Isabela caminó hasta el columpio y lo tocó apenas con los dedos. —¿Sabes por qué te gusta este lugar? —preguntó. Brandon dudó. —No me gusta. Ella no discutió. Solo lo miró. —Entonces dime por qué sigues viniendo. Brandon se quedó callado. Esa era la parte difícil. No porque no tuviera respuesta, sino porque la respuesta no tenía forma de palabra. Finalmente, se encogió de hombros. —No lo sé. Isabela asintió lentamente, como si eso fuera suficiente. —Eso también es una respuesta. Se sentaron otra vez, como si ya hubiera una costumbre silenciosa entre ellos. El columpio crujió bajo el peso de Brandon, y por un instante el mundo volvió a reducirse a ese pequeño espacio entre los dos. —¿Siempre fuiste así? —preguntó él de pronto. Isabela lo miró de reojo. —¿Así cómo? —Como... tranquila. Ella tardó un segundo. —No siempre —respondió—. Solo aprendí. Brandon frunció el ceño. —¿A qué? Isabela no respondió de inmediato. Su mirada se perdió un segundo en el árbol, como si estuviera escuchando algo que él no podía oír. —A no hacer ruido cuando el mundo ya está demasiado lleno —dijo al fin. Brandon sintió un ligero peso en el pecho, aunque no supo por qué. —Eso suena triste —murmuró. Isabela giró el rostro hacia él. —No lo es. —¿Entonces qué es? Ella lo observó con una calma extraña, como si la respuesta fuera demasiado simple o demasiado compleja para decirla en voz alta. —Es necesario. El silencio que siguió no fue incómodo, pero sí profundo. De esos silencios que no piden ser llenados porque ya están diciendo algo por sí mismos. Brandon bajó la mirada al cuaderno que llevaba consigo. Lo abrió sin pensarlo demasiado. Las páginas estaban llenas de sombras, líneas torcidas, figuras incompletas. No eran dibujos bonitos. Eran pensamientos atrapados en papel. Isabela los miró sin invadir. —Siempre dibujas así —dijo. —¿Así cómo? —Como si estuvieras tratando de sacar algo de adentro que no cabe. Brandon apretó ligeramente el lápiz entre los dedos. —No lo hago a propósito. Isabela sonrió apenas. —Nadie lo hace. El viento volvió a cambiar. Esta vez, el columpio se movió solo. Lento. Suave. Brandon lo vio de inmediato, pero no se levantó. Solo lo observó. —Eso no es normal —dijo otra vez, pero ahora su voz sonó menos firme. Isabela miró el movimiento con naturalidad. —Tal vez no lo necesitas entender ahora. Brandon la miró. —Eso no me ayuda. Isabela giró el rostro hacia él. —No estoy intentando ayudarte. Esa frase lo tomó por sorpresa. No por lo que significaba, sino por la forma en que lo dijo. No había dureza, ni rechazo. Solo honestidad. Brandon tragó saliva. —Entonces... ¿qué estás haciendo? Isabela se inclinó ligeramente hacia él. No demasiado. Solo lo suficiente para romper el espacio seguro sin invadirlo. —Estoy aquí —dijo—. Eso es todo. El silencio que siguió fue distinto a los anteriores. Más cercano. Más consciente. Brandon no supo en qué momento dejó de mirar el columpio y empezó a mirarla a ella. —No te entiendo —admitió. Isabela no se apartó. —No tienes que hacerlo todavía. El aire alrededor pareció volverse más lento. Como si el mundo estuviera prestando atención. Brandon sintió algo incómodo en el pecho. No era miedo. No era confusión. Era algo más parecido a la conciencia de que estaba empezando a depender de algo que apenas conocía. Se levantó primero. Isabela lo imitó sin prisa. —Vas a volver mañana —dijo ella antes de que él diera el primer paso. Brandon la miró. —No debería. Isabela sonrió suavemente. —Pero lo harás. No había desafío en su voz. Solo certeza. Brandon apretó la correa de su mochila. —¿Por qué estás tan segura? Isabela lo miró por última vez. Y por primera vez, su sonrisa no fue solo suave. Fue íntima. —Porque ya te quedaste un poco —dijo. Brandon no respondió. No porque no tuviera qué decir. Sino porque no estaba seguro de querer escuchar la respuesta dentro de sí mismo. Y mientras se alejaba del parque, con el ruido de la ciudad regresando poco a poco, entendió algo que no supo nombrar. No era él quien estaba buscando el parque. Era el parque el que había empezado a encontrarlo a él.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR