Han pasado unas semanas desde mi primera vez con Franco, y desde aquella mágica y hermosa noche no hemos podido vernos. Estudio durante el día y él sale tarde de la oficina. No tengo ninguna excusa para salir tarde de casa. Tampoco tengo una amiga que me cubra las espaldas para poder escaparme, y con Alex no cuento porque tendría que decirle a donde y con quien voy, y no, definitivamente Alex no puede enterarse que tengo una relación amorosa con el socio de mi padre que es varios años mayor que yo. Ni siquiera quiero imaginar como reaccionaría si se llega a enterar. Probablemente les contaría a mis padres para que me hicieran entrar en razón. Tal vez está mal lo que estoy haciendo y más si es a escondidas de mis padres, pero ¿cómo hago para que mi corazón no sienta? Papá no lo entendería, después de todas las veces que me ha prohibido tener una relación con un hombre mayor pensaría que es una burla. Lo cierto es que estoy enamorada de Franco y no puedo hacer nada para evitarlo. Este sentimiento me gobierna y desde aquella vez que estuve por primera vez en sus brazos siento que estoy más unida a él. Franco me llama cada mañana para darme los buenos días y cada noche antes de acostarme. Precisamente estoy esperando su llamada de cada mañana antes de bajar a desayunar, la que no tarda en llegar.
—Sí, buenos días.
—Buenos días, cariño. Como estás hoy ¿lista para un nuevo día de estudio?
—Lista y preparada ¿y tú?
—Ya estoy en la oficina. Hoy necesitaba llegar más temprano para poder preparar unos documentos para varias entrevistas que tengo concertadas.
—Franco ¿no estarás trabajando mucho? Llegas temprano y te vas tarde ¿cuando descansas?
—Lo sé, cariño. Pero si quiero cumplir las metas que me he propuesto es necesario que trabaje duro. Te aseguro que será temporal.
—Está bien.
—No he dejado de pensar en ti y en nuestra primera noche juntos.
—Yo tampoco he dejado de pensar en ti, amor —respondo con timidez. Todavía no me acostumbro a hablarle de manera romántica.
—Dime si podré verte este fin de semana.
—Voy a ver si puedo.
—Amanda, por favor —me ruega—. Inventa una excusa, no quiero que seas mi novia por teléfono. Yo necesito verte, estar contigo.
—Yo también necesito verte. Te prometo que el sábado nos vemos.
—Bueno, estaré ansioso esperando el fin de semana.
Después de despedirnos con palabras tiernas, comienzo mi día el que transcurre sin contratiempos. Por la tarde, cuando termina mi jornada en el preuniversitario, llego a casa y al abrir la puerta escucho una voz masculina bromeando con mamá. ¿Papá a esta hora...? No, esa no es la voz de papá. Salgo de dudas entrando en la cocina.
—Alex.
Mi amigo deja de reír y mamá se queda observándonos en silencio. De algo estuvieron hablando este par.
—Hola, Amanda.
—¿Que haces aquí? —pregunto desconcertada y me acerco a mamá para saludarla con un beso.
—Como últimamente casi no te veo, vine hasta tu casa para que no te escapes de mí.
—Alex, yo no me escapo de ti —le corrigo amablemente. Cuelgo mi bolso en el respaldo de la silla y me siento frente a él. Sigue serio, señal de que está sentido conmigo—. Te dije que estaba estudiando para las pruebas de admisión. Son tres las que debo rendir y aún no me siento segura en matemáticas.
—Sí, tienes razón. Yo estoy en las mismas. —Cambia su expresión por una de cansancio, sabe muy bien de lo que estoy hablando—. Aparte de las pruebas obligatorias debo rendir otras adicionales para poder ingresar a medicina, ¡estoy estresado!
—De verdad que te compadezco.
—Estoy segura que te irá muy bien, Alex —le anima mamá que hasta ahora había guardado silencio.
—Sí, me siento seguro con las materias, pero el proceso es estresante.
—MUY estresante.
—Por lo mismo les haría bien distraerse un momento. Amanda ha estado de cabeza estudiando este año.
Alex sonríe entusiasmado ante la idea. Yo no mucho... mi cabeza divaga en la imagen de cierto ingeniero comercial que no he podido ver últimamente.
—Podemos jugar video juegos... si quieres —propone y su voz va perdiendo fuerza al ver que arrugo la nariz—. Sí, sabía que no te gustaría la idea y no traje la consola.
—¿Por qué no salimos mejor?
—¡Eso! Es una estupenda idea. Así se desconectan de los estudios cambiando de ambiente. —Mientras mamá nos señala la ventaja de salir, Alex se levanta de golpe y nos quedamos curiosas mirándolo. Extiende los brazos y a voz en cuello canta como si fuera la soprano de un coro polifónico.
—¡AAALELUYA, AAALELUYA! ¡Al fin, Amanda! —exclama entre divertido y complacido. Con mamá no hemos parado de reír a carcajadas de su ridícula ocurrencia.
Luego de subir a cambiarme, bajo nuevamente a buscar a Alex que se quedó esperando en la cocina.
—¡Lista! ¿Y mamá?
—Está en el jardín.
—Claro, no sé para qué pregunto. Llega primavera y ese es su lugar predilecto. —Voy hasta la puerta que lleva al jardín y le grito desde ahí—. ¡Ya nos vamos, madre!
—Bueno, hija. Que la pasen bien.
—¡Adiós, Sra Carmen, gracias por el sándwich!
—De nada querido. Vuelve pronto, te extrañamos por aquí.
Miro a Alex burlona y con voz chillona le digo:
—¿Nos vamos, querido?
—¡En-can-ta-dísimo, querida!
Salimos de casa riéndonos, con dirección a Happyland. Un centro de entretención con juegos mecánicos. Comenzamos en los autos chocadores. Escapo por toda la pista y Alex viene detrás de mí gritando que los autos chocadores son para chocar. Probamos suerte en el DanceRevolution pero damos lástima y preferimos irnos a los simuladores de autos y motos. Continúa una larga lista de juegos que nos dejan agotados. Nos vamos a la entrada a comprar un jugo de frutas para mí y un helado de chocolate para Alex. Después de recibir nuestro pedido, caminamos tranquilamente por una plaza cercana.
—¿Y cómo va tu trabajo de astronauta?
Confundida, busco en mis archivos mentales algún trabajo sobre astronautas que deba presentar para el preuniversitario. No hay ninguno, yo creo que se equivocó.
—¿Astronauta? ¿Que trabajo de astronauta? No te entiendo.
Alex sonríe con malicia al responder.
—Claro, como vives metida en tu espacio.
—Alex, no me digas que eso fue un chiste, porque no me causó gracia.
Se echa a reír de su fallido intento de broma.
—Sí, fue harto fome. Entiendeme, me caí de pequeño.
Esta vez yo suelto una risotada y Alex me mira complacido de que al fin me hizo reír. Bebo otro sorbo de mi jugo de frutillas para refrescar mi garganta seca de tanto reír. La plaza muestra los primeros signos de la primavera. Los inmensos árboles están llenos de rebrotes de un verde intenso, otros mas impacientes han llenado su follaje de pequeñas flores blancas, son algunos de los cerezos y el viento arranca varios de sus pétalos para juguetear con ellos y crear una hermosa alfombra perfumada, dándole un hermoso atractivo al lugar. Las magnolias siguen dormidas, a ellas les gusta despertar con el cálido sol de verano.
—¿Cómo van los preparativos para la fiesta de aniversario de tus padres? —Alex, interrumpe mi momento de abstracción.
—Bien, mamá ya tiene todo organizado. Supongo que tú ya tienes todo listo para ir con tus padres.
—¡Pero por favor! —exclama excitado—. Tengo lista mi tenida y mis zapatos especiales de baile.
—¡Muy bien! será divertido.
—¿Y tú que te pondrás?
—¡Uf! Ni me preguntes. Aún no me he comprado nada.
—Pero como ¿no dijiste que comprarías un vestido hace unas semanas atrás?
—Sí, pero como fui sola no me decidí por ninguno. Necesito una segunda opinión.
—¡Pues yo te acompaño!
—¡NO! Ni creas que te voy a desfilar vestidos, Alex —Lo corto en seco, mientras él se soba las mas manos de gusto.
—¡Oh! Directo en mi corazón de pervertido. —Hace un puchero y me mira con cara de finguida tristeza para que cambie de opinión.
—¡Olvídalo! Y dile a tu corazón de pervertido que se busque una novia.
Pone cara burlona, orgulloso de haberme tomado el pelo. Nos sentamos en unos de los bancos para descansar y disfrutar del paisaje.
—¿Qué tal está tu jugo de frutilla.
—Rico ¿quieres?
Inclina su cabeza en aprobación y yo extiendo mi vaso frente a él después de limpiar la bombilla con la servilleta. Bebe un sorbo y hace un gesto de que la frutilla no es de su gusto y luego me ofrece de su helado. Lo miro dudosa, con Alex nunca se sabe.
—No, gracias.
—¡Pruébalo! está rico. Tiene trocitos de chocolate suizo.
Mi paladar me hace el baile del vientre, implorando que le permita probar esos deliciosos trocitos de chocolate suizo.
—Está bien. —Me acerco y cuando estoy a punto de probarlo, Alex lo acerca y me embarra la nariz—. ¡Alex! debí imaginarlo, ¡era tan obvio!
Está doblado de risa, como disfruta burlándose de mi.
—¡Eso! anda, ¡ríete! Para eso buscas mi compañía, ¿verdad? ¡Para poder burlarte de mí!
Mi actitud le causa más gracia, se ahoga con su propia risa. Ofendida, me quito el helado de la nariz con los dedos y en cuanto se descuida, los paso por su cara. Ahora soy yo quien se burla de él. Sus ojos se vuelven desafiantes. Conociendo lo competitivo que es, me levanto de un saltito del banco y salgo corriendo para evitar que me alcance. Soy ingenua si pienso que puedo escapar de sus piernas largas. No tarda en llegar a mi lado y de manera inesperada me toma por la cintura para hacerme girar. El contacto me resulta tan incómodo, como si fuera un intruso adueñandose de algo que no le pertenece. Alex, no tiene intención alguna de soltarme. Irritada me deshago de su agarre.
—¡Suéltame, Alex! —Mi voz suena más agresiva de lo que hubiera querido. Me libera enseguida y en un arranque de rabia, tira su helado en uno de los botes de basura. Alex, no aguanta más y decide ir directo al grano.
—¿Qué te pasa, Amanda? Desde que llegué de vacaciones estas muy cambiada.
—Son ideas tuyas...
—¡No son ideas mías! Lo sabes.
—Simplemente me incomodé que te acerques tanto, eso es todo.
—No es solo eso, Amanda. Ya no juegas conmigo. Nunca quieres salir y me evitas todo el tiempo. No respondes a mis llamadas ni a mis mensajes... Ya ni siquiera te puedo tocar porque reaccionas de mala manera...
Me observa molesto esperando mi respuesta. Rehuyo su mirada, no sé como decirle que Franco se adueñó de todo; de mi tiempo, mis pensamientos, de mi cuerpo y mi corazón. Puede que estos sean los efectos por ser la primera vez que me enamoro y que es el primer hombre de mi vida. Estoy totalmente enceguecida con él y no sé como evitar reaccionar así. Únicamente deseo estar en los brazos de Franco.
—¿Ya no quieres ser mi amiga?
—No, Alex. No es eso... —incómoda, me paso una mano por el rostro, como queriendo borrar cualquier gesto que me delate.
—Entonces que es, Amanda.
—Cambié. —Lo miro directamente a los ojos, haciendo una pequeña pausa—. Las personas cambian, Alex. Optan por prioridades para tener un buen futuro. Eso no significa que ya no quiera ser tu amiga. ¿O quieres que nos comportemos como niños toda la vida...?
Avergonzado, mueve la cabeza negativamente.
—Ya no soy una niña, Alex.
Guardo silencio y desvío los ojos hacía el prado verde con pequeños pétalos blancos que han caído de los árboles. Esas palabras tienen un significado mucho más profundo que el aparente. Alex, me examina en silencio como tratando de descifrar mis palabras.
—Está bien, comprendo. Pero eso no justifica que me evites y no respondas mis llamadas. ¿Qué podía pensar? Lo primero que se me pasó por la cabeza es que ya no querías ser más mi amiga.
—Alex, nos conocemos desde niños y hemos crecido juntos. Sabes que hay un cariño especial. Es imposible que deje de ser tu amiga de la noche a la mañana. Creí que habías entendido cuando te dije a principio de año que estaba dedicada a mis estudios.
—¿Eso quiere decir que seguimos siendo tan amigos como siempre?
—Por supuesto que sí, siempre seremos amigos.
Llego a casa con los pies en la mano ¡estoy agotada! Mamá está en la cocina preparando la cena. Voy directo a atacar el jugo de la nevera, sigo sedienta.
—¿Cómo te fue? —pregunta apenas me ve entrar en la cocina.
—¡Super! Me divertí mucho.
—Me alegro, hija.
—¿Y papá? —Saco un vaso para beber un gran trago de jugo de naranja y me siento a la mesa a descansar un momento. Pronto mamá querrá que aliste la mesa para cenar.
—Viene en camino. —Abre el horno y añade los ultimos vegetales para la cena, luego, suspira cansada y se pasa el dorso de la mano por la frente. La cocina es invadida por el exquisito aroma de la comida—. Amanda, ¿ya te compraste un vestido para la celebración?
—Todavía no, mamá. —Me llevo las manos a la cabeza y la miro culpable. Es misión imposible para doña Amanda-nada-me-gusta—. Lo intenté hace unas semanas pero no supe cual escoger. Necesito ayuda.
—Me lo imaginaba. —En estos momentos sus ojos dicen: lo sospeché desde un principio—. Vamos este fin de semana, yo también necesito uno. Mira que ya queda poco para el gran día.
—¡Sí, que gran idea!
Mamá se quita el delantal y se sienta a mi lado para observarme en silencio. Esos ojos calculadores yo los conozco...
—¿Qué pasa? —Me anticipo adivinando sus pensamientos.
—Hija... —Duda. Y si duda es porque esta conversación no me va a gustar—. Hace varios meses que estas actuando diferente. Estas distraída y más solitaria que de costumbre. Dime ¿hay algo por lo que deba preocuparme?
—No, mamá. Tranquila, no pasa nada. —Algo me dice que Alex metió su cuchara para revolver la sopa. Bebo otro sorbo de mi vaso para disimular mi incomodidad.
—Alex también se ha dado cuenta y me lo comentó antes de que llegaras del preuniversitario.
Ya sabía yo que el par estuvo hablando antes de mi llegada.
—Te está metiendo ideas en la cabeza, mamá. No me pasa nada.
—Amanda, Alex solo confirmó mis sospechas. Obviamente no se lo dije a él. Le comenté que estabas estudiando mucho, y que estabas más madura. Que no se preocupara si te notaba distinta porque las mujeres maduran antes que los hombres. ¿Es eso?, o es que...
¿Hay alguien en tu vida?
Me quedo con la mirada atónita. Estoy a un nanosegundo de contarle todo lo que me está pasando con Franco. Pero no me atrevo, me sentiría muy avergonzada con ella. Siempre han esperado lo mejor de su hija... su ÚNICA hija.
—Mamá, ¿por qué me preguntas eso? —Sonrío nerviosa.
—Por la manera en que te comportas con Alex ahora, y porque andas sonriendo por los rincones de esta casa cada vez que miras tu celular. Tienes la típica expresión de mujer enamorada por primera vez.
—¡Mamá! —exclamo avergonzada y suelto otra risa nerviosa. Es imposible esconderle algo. Cuando yo voy, ella viene de vuelta.
—Entonces es verdad.
Se me escapa un suspiro de frustración y me dejo caer sobre el respaldo de mi silla. Esto de mantener mentiras es mentalmente agotador, pero no tengo otra alternativa. Trataré de ser lo mas sincera posible con ella.
—No sé que me pasa, mamá. Ya no me divierten los juegos con Alex, los encuentro tontos e inmaduros. Y por otro lado, estoy preocupada por las pruebas de ingreso a la universidad. Si no me va bien, tendré que esperar todo un año para rendirlas otra vez. Por eso me he dedicado a estudiar, y me tiene estresada.
—No te pasa nada malo, cariño. El simple hecho de que tengas que prever para tu futuro te obliga a madurar, es lo que le decía a Alex, pero él piensa que ya no quieres ser su amiga.
—Sí, hablamos de lo mismo hoy y le dije que siempre seremos amigos.
—¿Y qué hay de las sonrisas bobas mirando tu celular?
—Se podría decir que hay alguien... especial. Pero nos estamos conociendo, no hay nada aún. Te contaré si las cosas cambian.
—Sabía que algo de eso había, tú no me engañas.
Bueno, para ser sincera, sí la engaño un poquito... está bien, ¡bastante!, pero ese secreto lo guardo sólo para mí.
Terminamos nuestra conversación y me levanto para ayudarle a poner la mesa. Pronto escuchamos a papá entrando por la puerta principal y que viene acompañado de otra persona, reconozco inmediatamente la voz de Franco. Mi corazón es el primero en salir corriendo a recibirle. Es la primera vez que nos vemos después de nuestra primera noche juntos y eso aumenta mi deseo y mi ansiedad por verlo pronto. Los segundos que tardan en llegar a la cocina se me hacen eternos y en cuanto lo veo aparecer en el umbral de la puerta, el flechazo que siento es instantáneo, traspasa mi corazón. Mi cuerpo también reacciona, vibra de alegría y de emoción con la presencia de este hombre que me tiene hechizada. Estoy a punto de saltar a horcajadas sobre él y llenarlo de besos, pero me acuerdo que están mis padres presentes y debo conformarme con esperar paciente que se acerque a mí. Saluda a mamá con cariño y luego viene hasta mí. Me mira y sus ojos risueños brillan con más intensidad de lo habitual. Con suavidad y ternura posa su mano en una de mis mejillas, y aprovechando que mis padres se están saludando, deposita un beso apasionado en la mitad de mi boca. El placer me recorre por cada rincón y despierta mis sentidos y los deja a flor de piel. Debo hacer un gran esfuerzo por contenerme. Durante la cena, procuramos disimular y gobernar nuestros ojos, pero es cada vez más difícil. Siento que mi interior arde con cada mirada suya. Trato de concentrarme en lo que dice papá, ha contratado un nuevo contador, lo que significa que se les alivianara la carga laboral y tendrán más tiempo libre. Con Franco nos miramos cómplices, en nuestro lenguaje silencioso ya hemos hecho un millón de planes juntos. Papá también me pregunta sobre el preuniversitario y cuando debo matrícularme para la universidad. Siempre está pendiente de mis estudios. Le cuento que lo primero es rendir las pruebas de admisión, que serán a fin de año, y que según los resultados viene el proceso de postulación, selección y matrícula. Mamá les ha contado todos los detalles de la organización de su fiesta de aniversario y que este fin de semana iremos de compras para la ocasión. Franco me mira decepcionado, teníamos planes juntos que no se podrán concretar.
Terminada la cena, mi padre sugiere pasar a la sala de estar para poder estar más cómodos, yo me quedo en la cocina lavando los platos. Esta vez avanzo con lentitud calculada, sé que Franco pronto se marchará y vendrá a mi lado a despedirse. Quiero estar a solas con él, aunque sólo sea un breve momento, y parece que ha leído mis pensamientos porque se despide de mis padres y escucho sus pasos acercándose a la cocina. Llega a mi lado, y me cuelgo de su cuello deseosa de probar sus besos. Ansioso, me rodea con sus brazos y me aferra fuertemente contra su cuerpo. Nos fundimos en un abrazo, olvidándonos por un segundo, de todo lo que nos rodea. Yo pensaba que después de estar juntos por primera vez, se calmaría el fuego que enciende dentro de mí. Pero ha sido todo lo contrario, se ha vuelto más arrebatador y difícil de contener. Y sé, por la forma en que me besa, que él siente lo mismo que yo.
Con sus manos expertas me acaricia, soy melodía bajo sus dedos. Él, el único músico que logra hacer de mí, una sinfonía.
El momento es breve pero intenso, evitar las sospechas se ha convertido en una tortura obligada para los dos. Nos miramos con una sonrisa perpetua y no hacen falta las palabras, todas ellas están demás. Luego, se despide en voz alta para disimular:
—Adiós, Amanda. Cuídate.
Me besa tiernamente por última vez, da mieda vuelta y se va. El calor me abandona y se lleva mi corazón con él. Cierro mis ojos para calmar mi agitación.
¿Qué me ha hecho este hombre? Está aquí, tan dentro de mí que es mposible de arrancar.